La pandilla y su lenguaje

Tal vez la pandilla que aquí campea se propone que el miedo, la pobreza, las inequidades —y aun las masacres— sean vistos como conquistas de la democracia. ¡No pasarán!

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Lo advirtió George Orwell en 1946, cuando aún no había escrito su distopía 1984, que el lenguaje político está pensado para que las mentiras suenen como verdades y los actos criminales parezcan respetables. El poder, en particular cuando es ejercido por pandillas o por minorías con presunciones mesiánicas, se vale de la adulteración de las palabras, de la tergiversación de significados y significantes, para mantener el dominio mental sobre los que ya, por efectos de diversos mecanismos de alienación, están bajo la férula de quienes los manejan como un “rebaño desconcertado”.

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Ya lo había dicho el filólogo Victor Kemplerer en su libro La lengua del Tercer Reich: “El nazismo se introducía más bien en la carne y en la sangre de las masas a través de palabras aisladas” y anotaba que las palabras pueden actuar “como dosis ínfimas de arsénico”. ¿No han escuchado por estos lares la vacuidad en que quedó la palabra “patria”? ¿No han sentido por estas geografías cómo se vació de contenido la palabra héroe, que puede ser, de acuerdo con lo mandones, tanto un soldado violador como un policía que dispara muy bien su pistola contra manifestantes?

El poder también busca la homogenización del lenguaje. Repitiendo embustes, desvirtuando determinados aspectos de la resistencia popular que todavía persevera pese a todas las calumnias, desprecios, tergiversaciones oficiales, el poder busca no solo su perpetuación, sino la negación absoluta del contradictor. Lo señala como enemigo de un presunto sistema que se dice democrático (el juego de las apariencias) y que en esencia es la negación precisamente de derechos como los de expresión, pensamiento, movilización y otros.

El ensayo de Victor Klemperer titulado «LTI. La lengua del Tercer Reich» se puede leer desde el punto de vista del poder de las palabras, en el sentido que da él a esas voces: se respira y se vive según el lenguaje del vencedor, si se habla el lenguaje de los enemigos, la consecuencia es la traición a las propias raíces. Victor Klemperer en 1930, Foto ©WC

El discordante, quien no atiende al canto de sirena de los verdugos, es tildado como un sujeto peligroso, como un agente desequilibrador. Acaso no les suena por estos lares, apreciados lectores, aquello de que el que contradice al régimen es un comunista, un castrochavista, un “guerrillero de civil”, un enemigo de la “patria”. Quien se opone, por ejemplo, al caudillo populista, al patrón, a esa figura que quiere parecerse en su disfraz al “pater familias”, al esperado “mesías”, es un pernicioso conspirador, un socavador de la “democracia”.

Para el populismo fascistoide, ese que hace rato campea en el país, el oponente es alguien que, como sucedió con las votaciones y manipulaciones cuando el “Sí” o “No” al acuerdo de paz, es un “antipatriota”. No quiere a esa “patria” que es la tierra del “salvador”, de quien proporciona seguridad a unos cuántos y una enorme y espantosa inseguridad a los que se han quedado en la casi total inopia, debido a reformas contra trabajadores, contra los más pobres, contra los desheredados.

En el lenguaje del poder, lenguaje populista de ultraderecha, se plantea que el “enemigo” es aquel que critica al “gran señor” (más o menos con ribetes de viejas banderas feudales). ¡Ojo con los rayos homosexualizadores!, se llegó a decir y se dice aún, sin ningún temor al ridículo. Y de acuerdo con los vaivenes, con el auge o reflujo del movimiento popular, se proclaman las necesidades (falsas por lo demás) de referéndums para modificar las cortes o acabarlas, para reformar la justicia de modo que no vaya a poner en su sitio a los pobrecillos corruptos que no son más que “desinteresados servidores de la patria”.

Foto: Fabrit Cruz / BLU Radio

Y entonces el autoritarismo, el mismo que embruja y seduce a sectores guerreristas, proclama que las protestas populares, como la minga, el paro nacional, las demostraciones de desobediencia del magisterio, son criminales, son injustificadas, son parte de una trama y trampa del terrorismo. Y así, y no solo a través del lenguaje sino de otros mecanismos de represión, se criminalizan, satanizan, macartizan los ejercicios de rechazo a las políticas neoliberales del gobierno.

Erosionar el Estado social de derecho y promocionar el “estado de opinión” es otra de las jugarretas empleadas por los arúspices del poder. Su aparataje de propaganda repite hasta la saciedad, con sus bodeguitas en redes sociales, con sus coristas en distintas esferas, que hay que acabar con el sindicato de maestros, con las organizaciones de trabajadores de la salud, con los que presionan la devolución de sus tierras, con los que advierten sobre la necesidad de una reforma agraria… Con los “antipatriotas” que aspiran a la construcción de una sociedad justa y próspera.

Hay que crear fetiches (ídolos populistas) con las características de “intocables”, sujetos de veneración, de dogma inmodificable, presuntos “salvadores”, salvaguardas de la “patria” acosada (no por el imperialismo, ni por los intereses neocolonialistas, qué va, esos que hablan así son “progres” mamertudos) por izquierdistas y neoguerrilleros.

Adulterar el lenguaje es una vieja tetra fascista. Y repetir mentiras en torno a las expresiones de inconformismo y protesta contra las tropelías oficiales, va surtiendo efectos perversos. Tal vez la pandilla que aquí campea se propone que el miedo, la pobreza, las inequidades —y aun las masacres— sean vistos como conquistas de la democracia. ¡No pasarán!

Reinaldo Spitaleta para La Pluma, 27 de octubre de 2020

Editado por María Piedad Ossaba

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