Campo Elias Galindo, Medellín, Colombia: ¿quién lo asesinó y con qué propósito?

Su muerte violenta ha enviado un mensaje claro al movimiento social y las ciudadanías libres que buscan el cambio de raíz y paz con justicia social: la advertencia a quienes como él han tenido el coraje, la conciencia y la voluntad de lucha para poner fin al Estado de terror y el tipo de régimen vigente en Colombia.   

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Mi papá fue un real revolucionario (¡lo escribo con tanto orgullo!), fue un soñador, pero al mismo tiempo un trabajador inagotable, con un compromiso y unas convicciones envidiables. No perdió tiempo de su vida en rencores, liviandades o caprichos del ego. Sabía que para mirar bien al futuro y construirlo digno para todas y todos, había que descifrar muy bien las claves de la historia con un pensamiento agudo y crítico, pero también sabía muy bien que había que actuar y movilizarse con pasión y amor para construir y alcanzar la utopía…”

Oriana Galindo Muñoz
5 de octubre de 2020

Campo Elías Galindo, 69 años, en plena madurez intelectual, producción académica y política, jubilado de la Universidad Nacional de Medellín; dedicó gran parte de su vida a la docencia, a la lucha política, estudiantil y sindical.

Cuando se conoció la terrible noticia del crimen, no podíamos creer que fuera cierta. Un ataque certero y atronador como un rayo lanzado por los verdugos en el poder, nos arrebataba así a Campo Elias.

Asumir la pérdida del amigo y compañero en la distancia geográfica y la soledad, produce un espasmo emocional. No se ha acabado de recibir la funesta noticia y un temporal sacude lo más profundo del ser. E impele a agarrarnos de un hilo que nos saque del abatimiento, para tratar de entender que a Campo Elias lo silenciaron de la manera más infame.

Las preocupaciones del profesor y amigo, tal vez con excepción del gusto por el tango, eran las mismas de una generación de activistas y militantes politicos de izquierda, colectivos de mujeres y jóvenes, y movimientos sociales.

Como revolucionario, hizo parte de la generación que luchó desde los espacios del movimiento político amplio y legal, que al igual que la que asumió la lucha armada y fue militarmente confrontada durante los años que ha durado una guerra que no termina, a pesar de varios intentos por finalizarla través de acuerdos de paz que han fracasado; su generación también fue duramente reprimida por un Estado que no ha vacilado en usar el crimen político, el terrorismo, la tortura, la desaparición forzada, la cárcel, la censura y el exilio para blindar los intereses de una clase.

Su abrupta y violenta muerte ha sacudido tenazmente los cimientos del movimiento social y el tejido organizativo que se ha venido reconstruyendo durante los últimos años, particularmente en la ciudad; movimiento del cuál fue uno de los más dedicados y comprometidos artesanos, donde destacaban su método dialéctico de relojero, desarmando el todo en sus partes – los argumentos de sus adversarios- para luego armar el suyo con la paciencia, conocimiento y precisión de experto relojero.  

Ocurre en Colombia de nuevo, como si estuviera condenada a vivir en el pasado, nunca en un presente digno y el derecho a soñar un futuro de paz y justicia social estuviese secuestrado; se está produciendo el exterminio sistemático y a cuenta gotas de líderes sociales, de los firmantes del acuerdo de paz de las disueltas FARC; masacres diarias de la población civil inerme e indefensa; y una brutalidad policial que es pan de cada día.

Los últimos ocho años, Campito, como familiarmente le decían, se comprometió activamente en las campañas y movimientos sociales que levantaron con fuerza y decisión la consigna en favor de los diálogos de paz de La Habana. Hizo parte del Frente Amplio por la Paz, que buscaba en Medellín y Antioquia una alianza y convergencia de las fuerzas políticas de izquierda y democráticas en favor de los Acuerdos de Paz.

Así mismo, participó en grupos de estudio que discutían temas de ciudad y urbanismo, jugando un importante papel durante la preparación, deliberación y conclusiones del Foro Social Urbano Alternativo y Popular que se llevó a cabo en Medellín, en la Universidad de Antioquia en el 2014.

Últimamente, se había dedicado a ser constructor de movimientos y ciudadanías libres y conscientes, como las llamaba, y en ese proceso se hizo miembro activo del proyecto de la Colombia Humana, la plataforma ciudadana que busca producir un cambio en el modelo de gobierno y en el poder político, impulsando la candidatura a la presidencia de Gustavo Petro.

Sus aportes al debate de ciudad, particularmente sobre el papel del Grupo Empresarial Antioqueño (GEA), sus tentáculos e influencia sobre las Empresas Públicas de Medellín (EPM) y la privatización que la empresa ha sufrido de espaldas a sus legítimos propietarios, la ciudadanía de Medellín, ha sido de gran ayuda para desenmascarar la privatización silenciosa que sufre una empresa pública histórica y central en el desarrollo y urbanismo de la ciudad.

Sus asertivos análisis, han servido para entender la influencia del grupo de empresarios del GEA en las esferas del poder político, cultural, social, educativo, económico e institucional de la ciudad y del departamento; han contribuido a desentrañar los intereses económicos y los poderes ocultos detrás del desastre ambiental y pérdidas billonarias de la mega obra Hidroituango, que ha afectado la vida de miles de familias campesinas de la cuenca del Río Cauca, en Antioquia.

Siempre dio en el blanco en sus análisis y escritos, sus dardos iban dirigidos siempre a esa clase representada por el partido político de extrema derecha, Centro Democrático, que se ha encargado de “hacer trizas” los acuerdos de paz y ha puesto en el gobierno un títere, Ivan Duque, elegido con compra de votos y en alianza con poderosos clanes mafiosos de la costa, narco-gobierno que cuenta con el aval de Alvaro Uribe Vélez, ex presidente acusado de miles de crímenes y delitos en Colombia.

Su muerte violenta ha enviado un mensaje claro al movimiento social y las ciudadanías libres que buscan el cambio de raíz y paz con justicia social: la advertencia a quienes como él han tenido el coraje, la conciencia y la voluntad de lucha para poner fin al Estado de terror y el tipo de régimen vigente en Colombia.   

La torturas a las que fue sometido tienen la impronta de un crimen de Estado. Su muerte se ajusta perfectamente a lo que se conoce como crimen político.

De Campo Elias y su ominoso crimen, no solo tenemos el deber de exigir justicia si no, también, darle continuidad y vida a su obra y pensamiento. El ser y revolucionario ejemplar que fue, es nuestro deber que no se diluya en el olvido.

A la memoria de mi papá Campo Elías Galindo Álvarez

Oriana Galindo Muñoz, 5 de octubre de 2020

“Cuando los hombres se destruyen los unos contra los otros, van dejando en el camino su condición humana y van perdiendo todo sentido de solidaridad y de consideración por el dolor ajeno”.
(…)
“Ni los indiferentes ni los ignorantes paran nunca las guerras”
.

Campo Elías Galindo Álvarez

Con todo el dolor, pero sobre todo con el más inmenso amor estas palabras para decirle ahttp://tlaxcala-int.org/upload/gal_23351.jpgl mundo el regocijo que me produce haber tenido a mi papá lo que lo tuve y haberlo disfrutado todos estos años de mi vida. Estas palabras también para agradecerle a él por su incondicionalidad y cariño, por su ejemplo y su luminosidad, hoy vive en mi corazón y en el de todos los que lo amamos desde donde cuidaremos su legado y su memoria.

Toda la vida quise estar a la altura de mi papá, ser digna de él y de ser reconocida como su hija; siempre anhelé y busqué esa mirada de alegría, aprobación y orgullo de su parte, frente a las elecciones que fui haciendo en mi vida. En el fondo siempre quise parecérmele.

Creo que desde que era muy niña supe que mi papá era extraordinario. La gente se refería a él como un hombre muy inteligente y admirado y respetado, yo hacía eco de esos comentarios y pensaba que yo también quería ser como él. Desde muy pequeña, de sus manos hermosas veía florecer la caligrafía más perfecta con la que escribía como si cada palabra fuera sagrada, empecé en eso tan simple a querer copiarle y siempre he tratado de escribir con muy buena letra y de conservar en orden mis papeles como lo hacía él con una disciplina casi religiosa.

Sabía desde siempre que mi papá era diferente, que sus preocupaciones e intereses eran distintos a los de la mayoría, pero también sabía que por eso era reconocido y que de alguna manera lo que él hacía distinto, lo hacía bueno, excepcionalmente bueno entre todos los muchos hombres y mujeres. Aprecié siempre su mesura y austeridad; la serenidad que siempre transmitía, tranquilo, pero claro y contundente como su voz y sus palabras que creo fueron su mayor don y la expresión de su más maravilloso poder que reposaba en sus pensamientos e ideas.

Mi papá me enseñó que el mundo era un lugar enorme, hermoso, diverso y convulso; me lo enseñó de muchas maneras: me regaló en un cumpleaños un globo terráqueo en el que me mostró países, ríos, desiertos y océanos mientras me narraba la historia de esos parajes lejanos. Me enseñó a montar en bicicleta y a no tener miedo de seguir pedaleando aun después de que él me soltara; me enseñó a jugar ajedrez y nunca pude vencerlo, creo que con el tiempo se volvió un poco aburrido para él, pero seguía intentando enseñarme, porque siempre fue increíblemente paciente. Me enseñó a disfrutar de la música y a cantar canciones con el alma, intentando buena entonación como la suya. Me paseó muchas veces en sus hombros desde donde yo me sentía en la atalaya más alta del mundo y el corazón se me elevaba y me palpitaba de dicha por ser su niña.

Su goce por los placeres simples de la vida, sus libros, sus papeles, sus escritos, marcaron mi crecimiento. Estar metida en medio de conversaciones que sostenía con amigos, a sus pies debajo de algún escritorio (como cuando me llevó a Bogotá mientras él participaba de discusiones y foros a propósito de la Constituyente del 91), estar persiguiendo sus zancadas ágiles con mis pasos cortos bien agarrada de sus manos de gigante, saliendo y entrando por el camino arbolado de la Universidad Nacional, que fue nuestra casa y nuestro hogar durante buena parte de nuestras vidas… hoy todas esas cosas me aparecen en la memoria como postales de una vida y de un amor que increíblemente me arrebató la violencia más vil.

Ya de adolescente entendía muy bien el propósito y sentido de la vida de mi papá, que fue también desde su primera juventud, desde las primeras luces de su razón la emancipación social, la justicia, la libertad y autonomía de la humanidad toda; la defensa de la vida como un don y una promesa que había que hacer cumplir a punta de lucha y perseverancia; siempre dispuesto a dar y darse por los más débiles, por los excluidos y los perdedores de la modernidad y el desarrollo.

Mi papá fue un real revolucionario (¡lo escribo con tanto orgullo!), fue un soñador, pero al mismo tiempo un trabajador inagotable, con un compromiso y unas convicciones envidiables. No perdió tiempo de su vida en rencores, liviandades o caprichos del ego. Sabía que para mirar bien al futuro y construirlo digno para todas y todos, había que descifrar muy bien las claves de la historia con un pensamiento agudo y crítico, pero también sabía muy bien que había que actuar y movilizarse con pasión y amor para construir y alcanzar la utopía; creía en la solidaridad, en la hermandad entre todos los hombres y las mujeres y en tejer siempre con los diferentes, desde la razón en paz y para la paz, tan anhelada por él para este triste país.

Son tantísimas sus enseñanzas, son tantas las vidas que tocó profundamente, que su herencia y su legado son un orgullo y un honor que mi hermano y yo y toda mi familia siempre defenderemos; le contaré a mi hijo del gran hombre que fue, le contaré que se alegró de su llegada y que bromeamos sobre cómo sería de abuelo, le contaré que me dijo siempre que un hijo era un motor de transformación, de lucha, que con los hijos se siembra la esperanza de un mañana mejor, de un mundo más humano, donde nadie nunca tenga que vivir un dolor tan inmenso como el que sufrimos quienes lo amamos hoy.

Buen viaje papá adorado, abrazo tu memoria con toda mi alma.

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Oto Higuita para La Pluma, 8 de octubre de 2020

Editado por Fausto Giudice Фаусто Джудиче فاوستو جيوديشي

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Lea en La Pluma:

La terrible muerte de Campo Elías Galindo en Medellín, Colombia

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