Conflicto social y pandemia

En el mejor de los casos, allí donde la correlación de fuerzas lo permita, el trabajo conseguirá obligar al capital a desmontar algunas de las formas más groseras y antisociales del modelo neoliberal, o lo que viene a ser lo mismo, retornar a una versión cercana al Estado del Bienestar, al pacto capital-trabajo

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La crisis económica que ya se anunciaba a finales del año pasado se manifiesta ahora con toda su crudeza intensificada por la pandemia del coronavirus; y las perspectivas inmediatas de la evolución de la crisis no pueden ser más pesimistas. Casi todos los analistas prevén que en el mejor de los casos la situación mejoraría algo a finales de este año pero que una recuperación a los niveles previos necesitará dos años o más.

El impacto en el empleo y por ende en los ingresos de la población ya es evidente. Y en armonía con la lógica misma del sistema esta disminución afecta de manera muy desigual al trabajo y al capital; inclusive hay empresas que están obteniendo ganancias cuando la mayoría tiene pérdidas. Y el conflicto social se produce ya en torno precisamente a la manera como se va a pagar esta crisis, a la forma en que cada sector de la población asumirá los sacrificios. Será entonces la correlación de fuerzas la que determine los resultados. En los países centrales del sistema, en las llamadas democracias consolidadas se puede esperar que los gobiernos busquen fórmulas de equilibrio que repartan los sacrificios de manera que el sistema no se vea sometido a tensiones sociales de imprevisibles consecuencias; pero en los países de la periferia en los cuales las crisis impactan de manera más aguda lo normal es descargar todo el peso de la crisis en los sectores más vulnerables, empezando por los asalariados y extendiendo luego las medidas gubernamentales al resto de los sectores. Las amplias capas marginadas de estos países –el llamado pobrerío- llevará siempre la peor parte, tal como sucede ahora mismo con la pandemia pues ni los servicios sanitarios consideran prioritarias sus demandas (en la mayoría de los casos esos sectores ni siquiera tienen esos servicios) ni el empleo que se genere irá en primer lugar a estos grupos marginales de la población.

La dimensión de la crisis en estos momentos es tal que permite hasta la aparición de profetas que anuncian el fin del capitalismo y el surgimiento de una nueva civilización sobre las ruinas que deje el coronavirus; pero ante la falta de argumentos sólidos que sustenten tales pronósticos apocalípticos se puede afirmar que éstos no pasen de ser inocentes deseos de quienes los realizan; y ante la evidente desigualdad en la correlación de fuerzas entre capital y trabajo (en favor de éste último) lo más probable es que el sistema encuentre salidas que mantengan los fundamentos de su existencia y funcionamiento. No debe descartarse sin embargo que en la periferia del sistema capitalista, en los denominados países atrasados se produzcan movimientos muy radicales, es decir que busquen desmantelar el capitalismo. Pero dada la actual correlación de fuerzas lo más probable es que una fuerte reacción de quienes allí sustentan el poder termine en represión extrema, en baños de sangre que salven al capitalismo de su caída.

El caso de Chile es bastante significativo. El país que hasta hace poco era presentado como el ejemplo de la aplicación feliz del modelo neoliberal y del Acuerdo de Washington enfrenta un movimiento de protesta sumamente radical (es decir, que intenta ir a la raíz de los problemas) que dura ya varios meses y no presenta signos de debilitamiento. Protesta la población precisamente porque ese modelo ha traído más pobreza y más miseria para las mayorías y solo beneficia a minorías muy señaladas. Ni el confinamiento obligatorio ha conseguido desanimar a quienes se manifiestan masiva y diariamente en las calles. Exigen poner fin al modelo neoliberal sustentado por la constitución que dejó Pinochet y en su lugar piden la elaboración de una nueva carta magna de fundamentos esencialmente diferentes en salud, educación, pensiones, inversión extranjera, justicia, condiciones de trabajo, etc., objetivos imposibles de satisfacer con el modelo actual.

No es menor la crisis en Argentina ni menor el reto para las nuevas autoridades que el electorado eligió precisamente para buscar salidas razonables a los graves problemas estructurales que deja el anterior gobernante, Macri, no solo un desaforado neoliberal sino un inepto e irresponsable. Tampoco es mejor el panorama en Brasil, gobernado por un personaje que raya en lo grotesco al frente de la presidencia del país más grande y poderosos de Latinoamérica. Tampoco se salva Colombia que continúa en guerra y con su proyecto de paz estancado en el mejor de los casos o “hecho trizas” como suele festejar ya la derecha más extrema en el gobierno. La pandemia allí no ha hecho más que agudizar una profunda crisis de todo el orden social que viene de lejos y que como en Chile ha movilizado a cientos de miles exigiendo cambios. Algún ministro ya ha anunciado que la salida a la actual coyuntura de amplio desempleo y pobreza generalizada pasa por reducir la participación del trabajo en la riqueza, en beneficio del capital. No por azar las ayudas importantes van dirigidas a las grandes empresas, incluyendo algunas que ni siquiera son colombianas.

La pandemia en Colombia no ha hecho más que agudizar una profunda crisis de todo el orden social que viene de lejos

En Estados Unidos que sigue siendo en tantos aspectos el centro principal del sistema capitalista mundial no se anuncian medidas de búsqueda de equilibrios sociales que impidan al menos la profundización de los actuales problemas agudizados por la pandemia tal como si se ha hecho en la Unión Europea, intentado paliar los efectos más duros de la crisis. La caída del empleo y del PIB es en el mundo rico de dimensiones catastróficas y superar esta coyuntura exigirá enormes sacrificios sobre todo a las fuerzas del trabajo; descargar al menos alguna parte de esos sacrificios en las clases dominantes serás sin duda más fácil en Europa que en Estados Unidos por las mejores condiciones de organización y derechos de las clases laboriosas y por los restos de Estado de Bienestar que aún funcionan en el Viejo Continente.

Por supuesto que los gobiernos intentarán que el modelo neoliberal permanezca, aun admitiendo ciertos cambios. Pero parece inevitable que algunas de las políticas tendrán que revisarse aunque afecten los fundamentos neoliberales aún predominantes. Para comenzar (y esto es decisivo) habrá que devolver al Estado muchas de las funciones que el mercado le ha arrebatado en las décadas anteriores y que la pandemia muestra como absolutamente indispensables; dar por ejemplo un impulso decisivo a la salud pública, tan escasa en Estados Unidos y apenas existente en los países periféricos; poner fin al monopolio privado en la industria farmacéutica; reformar la legislación laboral y hasta redefinir las normas de la globalización, áreas éstas en las cuales el mercado se ha mostrado absolutamente superado por la pandemia, para solo citar algunos ejemplos.

Pero la crisis general del sistema (que la pandemia solo agudiza) no va a desaparecer ni menos aún el sistema, tal como pronostican algunos seguramente con las mejores intenciones. En el mejor de los casos, allí donde la correlación de fuerzas lo permita, el trabajo conseguirá obligar al capital a desmontar algunas de las formas más groseras y antisociales del modelo neoliberal, o lo que viene a ser lo mismo, retornar a una versión cercana al Estado del Bienestar, al pacto capital-trabajo; probablemente en Europa, con menos perspectivas en Estados Unidos y en medida mucho menor en los países de la periferia, a no ser que un cambio substancial en la correlación de fuerzas venga allí a perturbar los sueños de quienes aún confían en la eternidad de sus privilegios.

Juan Diego García para La Pluma, 5 de agosto de 2020

Editado por María Piedad