La deuda: “desensillar hasta que aclare”

Lo que hizo la pandemia fue profundizar, vertiginosamente, las contradicciones que se agitaban en el seno del sistema capitalista y corroer las bases de su precario restablecimiento. La hegemonía del capital financiero contaminó a todo el sistema y acentuó la fatal disyunción entre la especulación financiera y la economía real.

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Tengo la impresión que nuestro gobierno al igual que muchos actores no gubernamentales (partidos, movimientos sociales, sindicatos, etcétera) además de amplios sectores de la sociedad civil subestiman la magnitud de la crisis económica actual. Es comprensible que eso lo haga la derecha, y es el mensaje que transmiten sus compinches mediáticos. Para ellos la crisis es un momentáneo traspié producto de la cuarentena a la cual se oponen presuntamente en nombre de la libertad y los derechos individuales. Confunden a sabiendas (porque no pueden ser tan ignorantes) la causa con el remedio y entonces el culpable es éste, no el virus.

La evidencia que ellos optan por desconocer demuestra que el bajón económico venía de antes, de la irresuelta crisis de las “hipotecas subprime” de los años 2007-2008. Esta fue el disparador de la recesión mundial que se extendería hasta finales del 2015 para después dar lugar a una leve e insuficiente recuperación. Lo que hizo la pandemia fue profundizar, vertiginosamente, las contradicciones que se agitaban en el seno del sistema capitalista y corroer las bases de su precario restablecimiento. La hegemonía del capital financiero contaminó a todo el sistema con su proverbial parasitismo y acentuó la fatal disyunción entre la especulación financiera y la economía real. Mientras las ganancias de los tahúres financieros crecían hasta las nubes la producción se desplomaba y la desocupación crecía incontenible.

En Estados Unidos las personas que se acercaron a las oficinas de la seguridad social para tratar de obtener el módico y transitorio seguro de desempleo superó la cifra de cuarenta y siete millones.[1] No muy diferente fue el comportamiento en casi todos los demás países. Los pronósticos (conservadores) del FMI para las economías más desarrolladas prevén para este año una caída entre el 8 y el 13 por ciento del producto, cifras que con ligeras variantes se anticipan para los países de la periferia del sistema. La Argentina caería un 9.9 % mientras que en Brasil la caída sería de un 9.1 y en México el descenso sería del 10,5 , al paso que la economía mundial se contraería en un 5 por ciento. Hay que tener en cuenta que todas estas estimaciones están sujetas a una muy posible revisión a la alza en la medida en que la pandemia continúe su curso y las actividades económicas se reduzcan aún más.

Dados estos antecedentes no sorprende que hayan comenzado a oírse con más fuerza las voces de economistas que proponen una moratoria generalizada de la deuda, tanto la soberana como la de los particulares. En ese sentido, y contrariamente a la opinión prevaleciente, la situación de la Argentina está lejos de ser una escandalosa excepción. Una mirada sobria a los datos oficiales de los distintos gobiernos permite comprender las razones de quienes proponen un jubileo global como necesaria estrategia para salir de la crisis. Estados Unidos tiene una deuda pública que supera los 23 billones de dólares (o sea, 23 millones de millones de dólares, lo que en inglés se cita como 23 “trillones” de dólares), equivalente al 98 % de su PIB. ¿Caso único? ¡Para nada! En el Reino Unido esta proporción asciende al 116 %, al 126 % en Italia, en Francia al 213 %, en Holanda llega a 533 % y en Irlanda al 780 %. Por comparación, en China este guarismo apenas si llega al 13 % y en Rusia al 40 %. La Argentina tiene una relación deuda/PIB que según diversas estimaciones fluctúa en torno al 85%.

James K. Galbraith, hijo del eminente economista John  K. Galbraith, y profesor en la Universidad de Texas/Austin ha sido desde hace tiempo uno de los más ardientes defensores de la tesis del jubileo de la deuda.[2] Según él, una vigorosa recuperación de la pandemia sólo será posible a condición de que se produzca una masiva anulación de la deuda. “La enorme maraña de deudas impagas que no podrán ser cobradas exigirá que el sistema financiero sea refundado desde sus bases” dice en su artículo. Galbraith recuerda algunos episodios cruciales del siglo veinte y observa que, afortunadamente, los gobiernos aprendieron de los desastres ocasionados con posterioridad a la Primera Guerra Mundial cuando Alemania fue obligada a pagar una deuda exorbitante como “reparaciones de guerra.” Apenas pudo hacerlo en mínima parte y a poco andar interrumpió sus pagos al Reino Unido, Francia y Bélgica, los que a su vez dejaron de pagar sus propias deudas con Estados Unidos. Cómo Washington presionaba a Londres, París y Bruselas para que pagaran sus deudas éstos hicieron lo propio con Berlín. El resultado: un círculo vicioso de deudas incobrables que en conjunción con otros factores terminó desatando la Gran Depresión y abriendo las puertas para el auge del Nazismo y, tiempo después, la Segunda Guerra Mundial.

Para Galbraith las traumáticas lecciones de la primera posguerra hicieron que los gobiernos adoptaran una actitud completamente diferente y que las deudas originadas por la Segunda Guerra Mundial fueron canceladas o licuadas, reducidas a una mínima expresión. Washington dejó de presionar a Londres y a sus aliados para que cumplieran con sus obligaciones porque sabía muy bien que aquellos no tenían como hacerlo. Una actitud similar se adoptó en relación a Alemania, ratificada luego plenamente en 1953 a resultas de lo cual ese país pagó una ínfima parte de su deuda externa. Y otro tanto ocurrió, siguiendo un trámite aún más complejo, con Japón, que no sólo debía reparaciones de guerra a Estados Unidos sino también las derivadas de su ocupación de China, Indochina (Vietnam), Corea y las Filipinas. Incidentalmente, el Reino Unido tampoco pudo pagar la cuantiosa deuda que al terminar la Segunda Guerra Mundial tenía con la Argentina, lo que precipitó la nacionalización de varias empresas británicas radicadas en este país, entre ellos los ferrocarriles. Según Galbraith, la actitud dominante en ese entonces fue decisiva para viabilizar la construcción del estado de bienestar keynesiano y el auge de la socialdemocracia que abrió el período más luminoso en la historia del capitalismo. Y agrega que algo similar ocurrió dentro de Estados Unidos cuando, en los años de la Gran Depresión la mayoría de las deudas fueron anuladas y la economía pudo, lentamente recuperarse con la gestión de Franklin D. Roosevelt.

El economista estadounidense James K.Galbraith. Foto: Eric Fougere

Pero Galbraith no está sólo en su prédica. Daron Acemoglu, un economista turco y profesor en el prestigioso Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT, por su sigla en inglés) que escribió hace apenas unos días un artículo llamado “La Gran Limpieza de la Deuda.” [3]  El punto de partida de su análisis es la constatación de que la deuda externa global antes del coronavirus ya ascendía a algo más de 7,5 billones de dólares (un 9 % del PIB mundial) y que la misma podría incrementarse exponencialmente a causa de la pandemia,  desencadenando  una cesación generalizada de pagos que hundiría a la economía mundial en una profunda depresión. En términos muy similares se expresa Bernard Hickey, un analista financiero neozelandés, cuando escribe que: “las deudas están creciendo en espiral mientras los gobiernos, las empresas y las familias pugnan por conseguir préstamos para paliar la caída de los negocios”. Muchos temen, continúa Hickey, que las deudas crezcan tan desorbitadamente como para “hundir a las economías y provocar una parálisis del sistema financiero global.”[4] En la misma línea se encuentra Michael Hudson cuando titula un artículo de reciente aparición que “Un jubileo de la deuda es la única manera de evitar la depresión.”[5]

Acemoglu avanza por el sendero abierto por Galbraith hace años y propone el perdón de las deudas en los casos en que éstas hubieran sido contraídas por gobiernos corruptos o al margen de las reglas del control democrático del proceso de  endeudamiento, rasgos que caracterizan nítidamente lo ocurrido durante el cuatrienio de Mauricio Macri. En su artículo asegura que este jubileo servirá también para propinar un ejemplar castigo a los inversionistas que, al margen de cualquier consideración ética, concedieron los préstamos atraídos por las exorbitantes tasas de interés que los malos gobiernos estaban dispuestos a pagar y las no menos jugosas comisiones percibidas por  la larga cadena de intermediarios (instituciones bancarias, consultoras, agencias calificadoras de riesgo, etcétera) que viabilizaban sus préstamos.

¿Cuál es la conclusión que brota de este análisis? Respuesta: que en momentos en que se comienza a discutir la conveniencia de un jubileo global como prerrequisito para salir de la crisis las autoridades argentinas deberían abrir un paréntesis en la negociación de su deuda externa. La gran incertidumbre que rodea al futuro de la economía mundial una vez conjurada la amenaza de la pandemia unida a la vigorosa irrupción de las grandes tecnológicas (Google, Apple, Amazon y Facebook) en los negocios bancarios y financieros y los elevados niveles de endeudamiento de los principales estados nacionales hacen que cualquier negociación o compromiso de pago para el futuro inmediato se asiente sobre numerosas incógnitas, todo lo cual  conspira contra la posibilidad de elaborar una estrategia realista y sustentable para hacer frente a los compromisos externos. El mundo del mañana, y no sólo el de las finanzas sino toda la vida económica y social, será muy distinto al que hemos conocido. Si se produjera una anulación generalizada de la deuda (o una refinanciación sine die, que en la práctica es lo mismo) como ha ocurrido después de las dos grandes guerras del siglo veinte, cualquier propuesta que hoy elabore el gobierno nacional terminaría girando en el vacío, o forzando al país a asumir gravosos compromisos de largo plazo en un ambiente financiero internacional muy distinto y cuyas nuevas reglas, prácticas e instituciones poco tendrán que ver con las conocidas y en vigor antes del Covid-19. Por eso, la prudencia aconseja archivar el asunto y, como decía un astuto presidente argentino, habrá que “desensillar hasta que aclare.»

Referencias:

[1] Ver https://tradingeconomics.com/united-states/jobless-claims

[2] Cf. “We’ll Need Mass Debt Forgiveness to Recover From the Coronavirus”, en Eric Levitz, New York Magazine, May 28, 2020
https://nymag.com/intelligencer/2020/05/coronavirus-debt-forgiveness-rent-mortgage-recession.html

[3] En https://www.project-syndicate.org/commentary/plan-to-navigate-emerging-market-debts-by-daron-acemoglu-2020-06 . Nota del 23 de Junio de 2020

[4] “The case for a modern debt  jubilee”, en  https://www.newsroom.co.nz/2020/06/22/1240584/the-case-for-a-modern-debt-jubilee

Nota del 20 de Junio del 2020.

[5] Cf.  25 marzo, 2020 Gracus Edición 352 0

Atilio A. Boron, 29 de junio de 2020

Fuente: Atilio Boron Blog

Editado por María Piedad Ossaba