Volvimos a la Doctrina Monroe, a la colonia, a la tierra plana y a los cavernícolas

La justicia británica se queda con las reservas de oro de Venezuela.

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Treinta años de capitalismo neoliberal hegemónico, sin barreras de contención más allá de las excepciones simbólicas, han conducido al mundo a un retroceso histórico, un viaje de vuelta a diversas etapas del pasado que en algún momento se consideraron superadas.

Solo en un mundo en plena regresión histórica pueden ocurrir, de manera cotidiana e impunemente, los actos de supremacismo racial, los genocidios perpetrados por potencias económicas, la violencia institucional contra los más débiles (niños, ancianos, personas con discapacidad, enfermos). Aclaro: tales hechos siempre han ocurrido, pero en los últimos años ya ni siquiera generan reacciones o apenas si producen unos escándalos eventuales y muy efímeros.

Solo en un mundo que ha retrocedido al menos cien años, pueden estar los trabajadores en tal estado de indefensión, con salarios miserables, sin seguridad social, sin estabilidad, en la mayoría de los casos sin contrato, con horarios extenuantes, muchos en condiciones de semiesclavitud, incluyendo criaturas de 10 años o menos. Un panorama que nos envía a los tiempos de la Revolución Industrial, previos a las organizaciones sindicales, muy anteriores al crimen contra los Mártires de Chicago y, desde luego, previos al estado de bienestar que los países del norte dieron a sus poblaciones durante algunas décadas del siglo XX.

La justicia británica se queda con las reservas de oro de Venezuela

Solo en un mundo en plena regresión histórica puede ocurrir que un juez ordinario en un país autorice a un banco privado para que le robe 31 toneladas de oro a una República y se las asigne a un particular que se autonombró presidente en una plaza. El imperio decadente donde esto ocurre se atreve a hacerlo porque hemos retrocedido a los siglos de las colonias expoliadas y los corsarios que alimentaban las arcas de los reinos que les habían otorgado patente.  

Quienes, tanto en el país agraviado como en terceras naciones, respaldan ese acto filibustero, lo hacen porque la retrogradación nos ha llevado a los tiempos de las repúblicas bananeras, en las que los países, supuestamente independientes pero  neocolonizados, no elegían a sus gobernantes, sino que estos eran impuestos por las potencias dominantes. Hablamos de buena parte del siglo XIX y todo el XX, salvo las excepciones ya mencionadas.

Solo en un mundo que va para atrás a paso acelerado puede ser válido el socorrido recurso de las medidas coercitivas unilaterales aplicadas por naciones o bloques de ellas, con vocación imperial, para cambiar gobiernos incómodos en países proveedores de materias primas o para evitar que determinadas corporaciones trasnacionales pierdan sus mercados. Esa aplicación extraterritorial de leyes internas para imponer su voluntad por encima de la autodeterminación de los pueblos y de la libertad de comercio, nos retrotrae hasta los tiempos anteriores a las estructuras jurídicas globales que se edificaron después de la Segunda Guerra Mundial, justamente con el objetivo de evitar la tercera.

¿En qué época histórica calzaría un señor como Donald Trump? Pues, en la de James Monroe, en los años 20 del siglo antepasado, tiempo del deliro imperial de Estados Unidos, cuando se decretó a Nuestra América como su patio trasero.

¿En qué tiempo cabría mejor la figura de un Jair Bolsonaro? Seguramente en el Brasil monárquico o, como mucho, en la oscura etapa de una dictadura no tan denunciada como la argentina o chilena, pero igualmente bárbara.

Viendo hacia lo interno, habría que analizar qué tan lejos en el pasado nos lleva el pensamiento o el proceder político (valga la distinción porque algunos piensan por su cuenta, pero otros solo ejecutan la ideas ajenas) de la camarilla que ha secuestrado a la oposición nacional. Pues, creo que es necesario remontarse a la época colonial, y equipararlos con la casta que gobernaba -o creía hacerlo- en nombre de un rey que, por cierto, sentía por ellos un profundo desdén.

También es muy válido ubicarlos entre los secesionistas de Colombia la Grande, cosiateros mezquinos que destruyeron la unidad, lo único que nos pudo salvar de la opresión del norte.

El síntoma más grave de esta involución es que muchos de los líderes y figuras que la encabezan no son impopulares, como tampoco lo son sus ideas. De no ser por su catastrófico manejo de la pandemia de Covid-19, Trump estaría galopando la carrera hacia la reelección, incluso si incluimos en la ecuación los disturbios raciales, pues el supremacismo blanco que aflora en la sociedad estadounidense también ha adquirido una nueva fuerza, que remite a los tiempos del auge del nazismo alemán.

 

Bolsonaro es un ídolo entre sectores de la colectividad brasileña que hasta se declaran terraplanistas, con lo que el retroceso nos lleva hasta los años de Copérnico y Galileo y aún más atrás.

En Venezuela, igualmente, hasta las ideas más retrógradas tienen su público dispuesto a aplaudir. Por eso un «experto» se atrevió a presentar un estudio econométrico de cuánto costaría (en dinero y en vidas humanas) que fuerzas extranjeras invadieran al país, lo despedazaran, se lo repartieran y se quedaran gobernándolo un tiempo prudencial. Nadie -al menos no de manera pública- había planteado nunca algo así. ¿Y saben por qué lo hace? Aparte del egocentrismo de buscar «likes» y el empeño de ser tendencia en Twitter, porque vivimos en un mundo que retrocedió tanto que hasta un cavernícola puede ponerse de moda.

Clodovaldo Hernández

Editado por María Piedad Ossaba

Fuente:  LaIguana.TV, 5 de julio de 2020