Un desastre tras otro para las trabajadoras de la industria de la confección de Bangladesh

Durante la pandemia de la COVID-19, hemos sido testigos de cómo la patronal textil juega con la vida de miles de trabajadores sin recursos.

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Siguen desempleados el 57 % de supervivientes del siniestro del Rana Plaza. Y la pandemia está causando estragos a Bangladesh, especialmente a la industria de la confección, que es la segunda mayor exportadora de ropa del mundo. Supriti Dhar, periodista y activista por los derechos de las mujeres en Bangladesh, recuerda que se trata de una tragedia con profundas consecuencias a largo plazo.Siguen desempleados el 57 % de supervivientes del siniestro del Rana Plaza. Y la pandemia está causando estragos a Bangladesh, especialmente a la industria de la confección, que es la segunda mayor exportadora de ropa del mundo. Supriti Dhar, periodista y activista por los derechos de las mujeres en Bangladesh, recuerda que se trata de una tragedia con profundas consecuencias a largo plazo.


Ilustración de Sissela Nordling Blanco

Hace siete años se produjo el peor accidente industrial del mundo, el derrumbamiento de la fábrica del Rana Plaza. El 24 de abril de 2013, esta tragedia desoló Bangladesh, mató a unos 1.100 trabajadores e hirió a unos 200, de los cuales la mayoría eran mujeres. Mujeres simplemente.

¿Por qué estoy contando esta historia? Todos vosotros conocéis el nombre de Bangladesh por estar vinculado a la industria textil. ¿Pero cuántos de vosotros sabéis cómo este sector ayuda a las mujeres de un país en vías de desarrollo a empoderarse? ¿Y cómo este sector explota estos obreros sin recursos mediante sueldos precarios?

Un ejemplo: el 57 % de los supervivientes de la tragedia del Rana Plaza siguen desempleados estos últimos años porque la mayoría aún se está recuperando del trauma físico y psicológico que supone el derrumbamiento de la fábrica. Así pues, de entre los supervivientes, aproximadamente 200 tuvieron heridas graves mientras que 60 sufrieron amputaciones.

Las familias de los miles de víctimas esperan que se haga justicia, pero nadie sabría decir cuándo comenzará el juicio. No obstante, el desastre, que acaparó los titulares, puso de relieve la preocupación por la seguridad y las condiciones de trabajo en las fábricas de Bangladesh, lo cual forzó al gobierno y a los dueños de las fábricas a adoptar nuevas medidas que conllevarían mejoras considerables en las condiciones laborales.

¿Pero cuántas de esas medidas se han tomado hasta hoy? ¿Se llevan a cabo inspecciones regulares? ¿Por qué las vidas de los obreros textiles son tan baratas cuando precisamente traen divisas extranjeras al país?

Días infernales

Recuerdo el día perfectamente. Recuerdo cómo me sentía, cómo me apresuré al sitio y respiré el olor de los cuerpos muertos, cómo todos nosotros intentábamos llegar hasta las personas necesitadas enterradas entre los escombros y cómo tratábamos de salvar miles de vidas cuando el sistema estatal fracasaba. Y falló por su voracidad, intrepidez y corrupción ilimitadas e inmensurables.

Por otra parte, no quiero recordar esos días infernales. Algunos de nosotros ni siquiera aguanta esos recuerdos, algunos de nosotros aún están superando el trauma. Es más, el año pasado uno de nuestros compañeros activistas se suicidó en el mismo sitio y lugar. Era uno de los que ayudó a los trabajadores a salir de los escombros, que tuvo que cortarles las manos y las piernas. Todos estos recuerdos espantosos lo horrorizaron hasta su muerte. Por otro lado, no sabemos el número real de personas que se han suicidado.

Todavía recuerdo esos días en que corría de un hospital a otro, en los que vi gente sufriendo, algunos no tenían piernas o manos, o se encontraban paralizados. Yo sollozaba, gritaba, me dolía al ver su dolor. Vi a trabajadoras con heridas que yacían en las camillas y preguntaban constantemente por sus hijos. En este siniestro, también conocí a muchos de los presuntos maridos que volvían hacia sus esposas solo para obtener dinero y luego desaparecían. Eran hombres simplemente.

Más aterrador que el virus

Durante la pandemia de la COVID-19, hemos sido testigos de cómo la patronal textil juega con la vida de miles de trabajadores sin recursos.

Mientras el país entero respetaba el confinamiento, la patronal se lo saltaba. En medio de una oleada de polémicas, ordenó que se cerraran fábricas, pero sin más indicaciones. Por ello, dichos empleados abandonaron las ciudades, que eran su lugar de trabajo. Una vez más, unos días más tarde la patronal ordenó que se abrieran las fábricas y advirtió de que si alguien no se reincorporaba en la fecha requerida, perdería su empleo. Esta gente, condenada a la pobreza, empezó a apresurarse a las ciudades. Por desgracia, dado que no encontraron ningún medio de transporte, comenzaron a caminar bajo un sol abrasador. Todos vimos esta ridícula marcha desde la comodidad de nuestras habitaciones con aire acondicionado.

Una vez más, empezamos a criticar a los líderes, lo cual hicimos muy bien, ya que se sintieron obligados a retractarse de sus decisiones. Es importante darse cuenta de que estos empleados, que se encontraban en medio o al final de sus viajes, se vieron atrapados. Esta vez no pudieron volver a su residencia. Simplemente imaginad la situación en que estos (la mayoría mujeres, algunas jóvenes, otras con niños) se quedaron atrapados en mitad de la nada por la noche en un país de extrema inseguridad para las mujeres.

Para cada uno de nuestros dirigentes, estas personas no son más que conejos de indias. A este respecto, uno de los empleados, forzado a volver a la fábrica a pesar del confinamiento en el ámbito nacional, afirmó: “Perder un trabajo asusta mucho más que el virus. Si no nos reincorporamos, perderemos el trabajo. Si perdemos el trabajo, moriremos de hambre. Somos pobres, no tememos elección”.

No obstante, sabemos que la industria textil de Bangladesh ha sido el principal sector de exportación y la principal fuente de divisas durante los últimos 25 años. Actualmente, cada año el país genera alrededor de 5 000 millones de dólares por su exportación de ropa. Este sector representa aproximadamente el 80 % de los ingresos del sector manufacturero del país, y 4 millones de trabajadores, de los que un 90 % son mujeres, dependen de ello.

Una vana ilusión una vez más

Dada la ausencia de un sistema de inspección efectiva y de mecanismos de cumplimiento apropiados, el trabajo decente y la vida digna están lejos de hacerse realidad para la gran mayoría de los trabajadores de la industria textil y sus familias.

Asimismo, la pandemia está causando estragos a Bangladesh, especialmente a la industria textil, que es la segunda mayor exportadora de ropa del mundo. Está perdiendo pedidos con rapidez, por lo que millones de empleos están en juego. De hecho, unos 4,1 millones de trabajadores pasarán hambre si nadie toma ninguna iniciativa para contribuir a su bienestar.

A pesar del enorme desafío que suponen los contagios, la patronal ha abierto sus fábricas para protegerse de potenciales daños económicos. Sin embargo, el trabajo asegurado ha resultado ser la “opción” más atrayente que la de la amenaza que representa el virus o la muerte.

La situación es, por tanto, desastrosa. De seguir así, creo que ahora es solo es cuestión de tiempo. Miles y miles de trabajadores se quedarán sin empleo, lo que agravará el caos en la sociedad. La vida de las mujeres, sobre todo, corre un gran peligro y el empoderamiento femenino volverá a ser una vana ilusión.

La publicación de este artículo en inglés y sueco fue posible gracias a la cooperación entre el sitio web Feministiskt Perspektiv (Perspectiva Feminista), PEN/Opp y la ciudad de Norrköping.

http://tlaxcala-int.org/upload/gal_21690.jpg

Siguen desempleados el 57 % de supervivientes del siniestro del Rana Plaza. Y la pandemia está causando estragos a Bangladesh, especialmente a la industria de la confección, que es la segunda mayor exportadora de ropa del mundo. Supriti Dhar, periodista y activista por los derechos de las mujeres en Bangladesh, recuerda que se trata de una tragedia con profundas consecuencias a largo plazo.


Ilustración de Sissela Nordling Blanco

Hace siete años se produjo el peor accidente industrial del mundo, el derrumbamiento de la fábrica del Rana Plaza. El 24 de abril de 2013, esta tragedia desoló Bangladesh, mató a unos 1.100 trabajadores e hirió a unos 200, de los cuales la mayoría eran mujeres. Mujeres simplemente.

¿Por qué estoy contando esta historia? Todos vosotros conocéis el nombre de Bangladesh por estar vinculado a la industria textil. ¿Pero cuántos de vosotros sabéis cómo este sector ayuda a las mujeres de un país en vías de desarrollo a empoderarse? ¿Y cómo este sector explota estos obreros sin recursos mediante sueldos precarios?

Un ejemplo: el 57 % de los supervivientes de la tragedia del Rana Plaza siguen desempleados estos últimos años porque la mayoría aún se está recuperando del trauma físico y psicológico que supone el derrumbamiento de la fábrica. Así pues, de entre los supervivientes, aproximadamente 200 tuvieron heridas graves mientras que 60 sufrieron amputaciones.

Las familias de los miles de víctimas esperan que se haga justicia, pero nadie sabría decir cuándo comenzará el juicio. No obstante, el desastre, que acaparó los titulares, puso de relieve la preocupación por la seguridad y las condiciones de trabajo en las fábricas de Bangladesh, lo cual forzó al gobierno y a los dueños de las fábricas a adoptar nuevas medidas que conllevarían mejoras considerables en las condiciones laborales.

¿Pero cuántas de esas medidas se han tomado hasta hoy? ¿Se llevan a cabo inspecciones regulares? ¿Por qué las vidas de los obreros textiles son tan baratas cuando precisamente traen divisas extranjeras al país?

Días infernales

Recuerdo el día perfectamente. Recuerdo cómo me sentía, cómo me apresuré al sitio y respiré el olor de los cuerpos muertos, cómo todos nosotros intentábamos llegar hasta las personas necesitadas enterradas entre los escombros y cómo tratábamos de salvar miles de vidas cuando el sistema estatal fracasaba. Y falló por su voracidad, intrepidez y corrupción ilimitadas e inmensurables.

Por otra parte, no quiero recordar esos días infernales. Algunos de nosotros ni siquiera aguanta esos recuerdos, algunos de nosotros aún están superando el trauma. Es más, el año pasado uno de nuestros compañeros activistas se suicidó en el mismo sitio y lugar. Era uno de los que ayudó a los trabajadores a salir de los escombros, que tuvo que cortarles las manos y las piernas. Todos estos recuerdos espantosos lo horrorizaron hasta su muerte. Por otro lado, no sabemos el número real de personas que se han suicidado.

Todavía recuerdo esos días en que corría de un hospital a otro, en los que vi gente sufriendo, algunos no tenían piernas o manos, o se encontraban paralizados. Yo sollozaba, gritaba, me dolía al ver su dolor. Vi a trabajadoras con heridas que yacían en las camillas y preguntaban constantemente por sus hijos. En este siniestro, también conocí a muchos de los presuntos maridos que volvían hacia sus esposas solo para obtener dinero y luego desaparecían. Eran hombres simplemente.

Más aterrador que el virus

Durante la pandemia de la COVID-19, hemos sido testigos de cómo la patronal textil juega con la vida de miles de trabajadores sin recursos.

Mientras el país entero respetaba el confinamiento, la patronal se lo saltaba. En medio de una oleada de polémicas, ordenó que se cerraran fábricas, pero sin más indicaciones. Por ello, dichos empleados abandonaron las ciudades, que eran su lugar de trabajo. Una vez más, unos días más tarde la patronal ordenó que se abrieran las fábricas y advirtió de que si alguien no se reincorporaba en la fecha requerida, perdería su empleo. Esta gente, condenada a la pobreza, empezó a apresurarse a las ciudades. Por desgracia, dado que no encontraron ningún medio de transporte, comenzaron a caminar bajo un sol abrasador. Todos vimos esta ridícula marcha desde la comodidad de nuestras habitaciones con aire acondicionado.

Una vez más, empezamos a criticar a los líderes, lo cual hicimos muy bien, ya que se sintieron obligados a retractarse de sus decisiones. Es importante darse cuenta de que estos empleados, que se encontraban en medio o al final de sus viajes, se vieron atrapados. Esta vez no pudieron volver a su residencia. Simplemente imaginad la situación en que estos (la mayoría mujeres, algunas jóvenes, otras con niños) se quedaron atrapados en mitad de la nada por la noche en un país de extrema inseguridad para las mujeres.

Para cada uno de nuestros dirigentes, estas personas no son más que conejos de indias. A este respecto, uno de los empleados, forzado a volver a la fábrica a pesar del confinamiento en el ámbito nacional, afirmó: “Perder un trabajo asusta mucho más que el virus. Si no nos reincorporamos, perderemos el trabajo. Si perdemos el trabajo, moriremos de hambre. Somos pobres, no tememos elección”.

No obstante, sabemos que la industria textil de Bangladesh ha sido el principal sector de exportación y la principal fuente de divisas durante los últimos 25 años. Actualmente, cada año el país genera alrededor de 5 000 millones de dólares por su exportación de ropa. Este sector representa aproximadamente el 80 % de los ingresos del sector manufacturero del país, y 4 millones de trabajadores, de los que un 90 % son mujeres, dependen de ello.

Una vana ilusión una vez más

Dada la ausencia de un sistema de inspección efectiva y de mecanismos de cumplimiento apropiados, el trabajo decente y la vida digna están lejos de hacerse realidad para la gran mayoría de los trabajadores de la industria textil y sus familias.

Asimismo, la pandemia está causando estragos a Bangladesh, especialmente a la industria textil, que es la segunda mayor exportadora de ropa del mundo. Está perdiendo pedidos con rapidez, por lo que millones de empleos están en juego. De hecho, unos 4,1 millones de trabajadores pasarán hambre si nadie toma ninguna iniciativa para contribuir a su bienestar.

A pesar del enorme desafío que suponen los contagios, la patronal ha abierto sus fábricas para protegerse de potenciales daños económicos. Sin embargo, el trabajo asegurado ha resultado ser la “opción” más atrayente que la de la amenaza que representa el virus o la muerte.

La situación es, por tanto, desastrosa. De seguir así, creo que ahora es solo es cuestión de tiempo. Miles y miles de trabajadores se quedarán sin empleo, lo que agravará el caos en la sociedad. La vida de las mujeres, sobre todo, corre un gran peligro y el empoderamiento femenino volverá a ser una vana ilusión.

La publicación de este artículo en inglés y sueco fue posible gracias a la cooperación entre el sitio web Feministiskt Perspektiv (Perspectiva Feminista), PEN/Opp y la ciudad de Norrköping.

http://tlaxcala-int.org/upload/gal_21690.jpg

vSiguen desempleados el 57 % de supervivientes del siniestro del Rana Plaza. Y la pandemia está causando estragos a Bangladesh, especialmente a la industria de la confección, que es la segunda mayor exportadora de ropa del mundo. Supriti Dhar, periodista y activista por los derechos de las mujeres en Bangladesh, recuerda que se trata de una tragedia con profundas consecuencias a largo plazo.


Ilustración de Sissela Nordling Blanco

Hace siete años se produjo el peor accidente industrial del mundo, el derrumbamiento de la fábrica del Rana Plaza. El 24 de abril de 2013, esta tragedia desoló Bangladesh, mató a unos 1.100 trabajadores e hirió a unos 200, de los cuales la mayoría eran mujeres. Mujeres simplemente.

¿Por qué estoy contando esta historia? Todos vosotros conocéis el nombre de Bangladesh por estar vinculado a la industria textil. ¿Pero cuántos de vosotros sabéis cómo este sector ayuda a las mujeres de un país en vías de desarrollo a empoderarse? ¿Y cómo este sector explota estos obreros sin recursos mediante sueldos precarios?

Un ejemplo: el 57 % de los supervivientes de la tragedia del Rana Plaza siguen desempleados estos últimos años porque la mayoría aún se está recuperando del trauma físico y psicológico que supone el derrumbamiento de la fábrica. Así pues, de entre los supervivientes, aproximadamente 200 tuvieron heridas graves mientras que 60 sufrieron amputaciones.

Las familias de los miles de víctimas esperan que se haga justicia, pero nadie sabría decir cuándo comenzará el juicio. No obstante, el desastre, que acaparó los titulares, puso de relieve la preocupación por la seguridad y las condiciones de trabajo en las fábricas de Bangladesh, lo cual forzó al gobierno y a los dueños de las fábricas a adoptar nuevas medidas que conllevarían mejoras considerables en las condiciones laborales.

¿Pero cuántas de esas medidas se han tomado hasta hoy? ¿Se llevan a cabo inspecciones regulares? ¿Por qué las vidas de los obreros textiles son tan baratas cuando precisamente traen divisas extranjeras al país?

Días infernales

Recuerdo el día perfectamente. Recuerdo cómo me sentía, cómo me apresuré al sitio y respiré el olor de los cuerpos muertos, cómo todos nosotros intentábamos llegar hasta las personas necesitadas enterradas entre los escombros y cómo tratábamos de salvar miles de vidas cuando el sistema estatal fracasaba. Y falló por su voracidad, intrepidez y corrupción ilimitadas e inmensurables.

Por otra parte, no quiero recordar esos días infernales. Algunos de nosotros ni siquiera aguanta esos recuerdos, algunos de nosotros aún están superando el trauma. Es más, el año pasado uno de nuestros compañeros activistas se suicidó en el mismo sitio y lugar. Era uno de los que ayudó a los trabajadores a salir de los escombros, que tuvo que cortarles las manos y las piernas. Todos estos recuerdos espantosos lo horrorizaron hasta su muerte. Por otro lado, no sabemos el número real de personas que se han suicidado.

Todavía recuerdo esos días en que corría de un hospital a otro, en los que vi gente sufriendo, algunos no tenían piernas o manos, o se encontraban paralizados. Yo sollozaba, gritaba, me dolía al ver su dolor. Vi a trabajadoras con heridas que yacían en las camillas y preguntaban constantemente por sus hijos. En este siniestro, también conocí a muchos de los presuntos maridos que volvían hacia sus esposas solo para obtener dinero y luego desaparecían. Eran hombres simplemente.

Más aterrador que el virus

Durante la pandemia de la COVID-19, hemos sido testigos de cómo la patronal textil juega con la vida de miles de trabajadores sin recursos.

Mientras el país entero respetaba el confinamiento, la patronal se lo saltaba. En medio de una oleada de polémicas, ordenó que se cerraran fábricas, pero sin más indicaciones. Por ello, dichos empleados abandonaron las ciudades, que eran su lugar de trabajo. Una vez más, unos días más tarde la patronal ordenó que se abrieran las fábricas y advirtió de que si alguien no se reincorporaba en la fecha requerida, perdería su empleo. Esta gente, condenada a la pobreza, empezó a apresurarse a las ciudades. Por desgracia, dado que no encontraron ningún medio de transporte, comenzaron a caminar bajo un sol abrasador. Todos vimos esta ridícula marcha desde la comodidad de nuestras habitaciones con aire acondicionado.

Una vez más, empezamos a criticar a los líderes, lo cual hicimos muy bien, ya que se sintieron obligados a retractarse de sus decisiones. Es importante darse cuenta de que estos empleados, que se encontraban en medio o al final de sus viajes, se vieron atrapados. Esta vez no pudieron volver a su residencia. Simplemente imaginad la situación en que estos (la mayoría mujeres, algunas jóvenes, otras con niños) se quedaron atrapados en mitad de la nada por la noche en un país de extrema inseguridad para las mujeres.

Para cada uno de nuestros dirigentes, estas personas no son más que conejos de indias. A este respecto, uno de los empleados, forzado a volver a la fábrica a pesar del confinamiento en el ámbito nacional, afirmó: “Perder un trabajo asusta mucho más que el virus. Si no nos reincorporamos, perderemos el trabajo. Si perdemos el trabajo, moriremos de hambre. Somos pobres, no tememos elección”.

No obstante, sabemos que la industria textil de Bangladesh ha sido el principal sector de exportación y la principal fuente de divisas durante los últimos 25 años. Actualmente, cada año el país genera alrededor de 5 000 millones de dólares por su exportación de ropa. Este sector representa aproximadamente el 80 % de los ingresos del sector manufacturero del país, y 4 millones de trabajadores, de los que un 90 % son mujeres, dependen de ello.

Una vana ilusión una vez más

Dada la ausencia de un sistema de inspección efectiva y de mecanismos de cumplimiento apropiados, el trabajo decente y la vida digna están lejos de hacerse realidad para la gran mayoría de los trabajadores de la industria textil y sus familias.

Asimismo, la pandemia está causando estragos a Bangladesh, especialmente a la industria textil, que es la segunda mayor exportadora de ropa del mundo. Está perdiendo pedidos con rapidez, por lo que millones de empleos están en juego. De hecho, unos 4,1 millones de trabajadores pasarán hambre si nadie toma ninguna iniciativa para contribuir a su bienestar.

A pesar del enorme desafío que suponen los contagios, la patronal ha abierto sus fábricas para protegerse de potenciales daños económicos. Sin embargo, el trabajo asegurado ha resultado ser la “opción” más atrayente que la de la amenaza que representa el virus o la muerte.

La situación es, por tanto, desastrosa. De seguir así, creo que ahora es solo es cuestión de tiempo. Miles y miles de trabajadores se quedarán sin empleo, lo que agravará el caos en la sociedad. La vida de las mujeres, sobre todo, corre un gran peligro y el empoderamiento femenino volverá a ser una vana ilusión.

La publicación de este artículo en inglés y sueco fue posible gracias a la cooperación entre el sitio web Feministiskt Perspektiv (Perspectiva Feminista), PEN/Opp y la ciudad de Norrköping.

http://tlaxcala-int.org/upload/gal_21690.jpg

Siguen desempleados el 57 % de supervivientes del siniestro del Rana Plaza. Y la pandemia está causando estragos a Bangladesh, especialmente a la industria de la confección, que es la segunda mayor exportadora de ropa del mundo. Supriti Dhar, periodista y activista por los derechos de las mujeres en Bangladesh, recuerda que se trata de una tragedia con profundas consecuencias a largo plazo.


Ilustración de Sissela Nordling Blanco

Hace siete años se produjo el peor accidente industrial del mundo, el derrumbamiento de la fábrica del Rana Plaza. El 24 de abril de 2013, esta tragedia desoló Bangladesh, mató a unos 1.100 trabajadores e hirió a unos 200, de los cuales la mayoría eran mujeres. Mujeres simplemente.¿Por qué estoy contando esta historia? Todos vosotros conocéis el nombre de Bangladesh por estar vinculado a la industria textil. ¿Pero cuántos de vosotros sabéis cómo este sector ayuda a las mujeres de un país en vías de desarrollo a empoderarse? ¿Y cómo este sector explota estos obreros sin recursos mediante sueldos precarios?

Un ejemplo: el 57 % de los supervivientes de la tragedia del Rana Plaza siguen desempleados estos últimos años porque la mayoría aún se está recuperando del trauma físico y psicológico que supone el derrumbamiento de la fábrica. Así pues, de entre los supervivientes, aproximadamente 200 tuvieron heridas graves mientras que 60 sufrieron amputaciones.

Las familias de los miles de víctimas esperan que se haga justicia, pero nadie sabría decir cuándo comenzará el juicio. No obstante, el desastre, que acaparó los titulares, puso de relieve la preocupación por la seguridad y las condiciones de trabajo en las fábricas de Bangladesh, lo cual forzó al gobierno y a los dueños de las fábricas a adoptar nuevas medidas que conllevarían mejoras considerables en las condiciones laborales.

¿Pero cuántas de esas medidas se han tomado hasta hoy? ¿Se llevan a cabo inspecciones regulares? ¿Por qué las vidas de los obreros textiles son tan baratas cuando precisamente traen divisas extranjeras al país?

Días infernales

Recuerdo el día perfectamente. Recuerdo cómo me sentía, cómo me apresuré al sitio y respiré el olor de los cuerpos muertos, cómo todos nosotros intentábamos llegar hasta las personas necesitadas enterradas entre los escombros y cómo tratábamos de salvar miles de vidas cuando el sistema estatal fracasaba. Y falló por su voracidad, intrepidez y corrupción ilimitadas e inmensurables.

Por otra parte, no quiero recordar esos días infernales. Algunos de nosotros ni siquiera aguanta esos recuerdos, algunos de nosotros aún están superando el trauma. Es más, el año pasado uno de nuestros compañeros activistas se suicidó en el mismo sitio y lugar. Era uno de los que ayudó a los trabajadores a salir de los escombros, que tuvo que cortarles las manos y las piernas. Todos estos recuerdos espantosos lo horrorizaron hasta su muerte. Por otro lado, no sabemos el número real de personas que se han suicidado.

Todavía recuerdo esos días en que corría de un hospital a otro, en los que vi gente sufriendo, algunos no tenían piernas o manos, o se encontraban paralizados. Yo sollozaba, gritaba, me dolía al ver su dolor. Vi a trabajadoras con heridas que yacían en las camillas y preguntaban constantemente por sus hijos. En este siniestro, también conocí a muchos de los presuntos maridos que volvían hacia sus esposas solo para obtener dinero y luego desaparecían. Eran hombres simplemente.

Más aterrador que el virus

Durante la pandemia de la COVID-19, hemos sido testigos de cómo la patronal textil juega con la vida de miles de trabajadores sin recursos.

Mientras el país entero respetaba el confinamiento, la patronal se lo saltaba. En medio de una oleada de polémicas, ordenó que se cerraran fábricas, pero sin más indicaciones. Por ello, dichos empleados abandonaron las ciudades, que eran su lugar de trabajo. Una vez más, unos días más tarde la patronal ordenó que se abrieran las fábricas y advirtió de que si alguien no se reincorporaba en la fecha requerida, perdería su empleo. Esta gente, condenada a la pobreza, empezó a apresurarse a las ciudades. Por desgracia, dado que no encontraron ningún medio de transporte, comenzaron a caminar bajo un sol abrasador. Todos vimos esta ridícula marcha desde la comodidad de nuestras habitaciones con aire acondicionado.

Una vez más, empezamos a criticar a los líderes, lo cual hicimos muy bien, ya que se sintieron obligados a retractarse de sus decisiones. Es importante darse cuenta de que estos empleados, que se encontraban en medio o al final de sus viajes, se vieron atrapados. Esta vez no pudieron volver a su residencia. Simplemente imaginad la situación en que estos (la mayoría mujeres, algunas jóvenes, otras con niños) se quedaron atrapados en mitad de la nada por la noche en un país de extrema inseguridad para las mujeres.

Para cada uno de nuestros dirigentes, estas personas no son más que conejos de indias. A este respecto, uno de los empleados, forzado a volver a la fábrica a pesar del confinamiento en el ámbito nacional, afirmó: “Perder un trabajo asusta mucho más que el virus. Si no nos reincorporamos, perderemos el trabajo. Si perdemos el trabajo, moriremos de hambre. Somos pobres, no tememos elección”.

No obstante, sabemos que la industria textil de Bangladesh ha sido el principal sector de exportación y la principal fuente de divisas durante los últimos 25 años. Actualmente, cada año el país genera alrededor de 5 000 millones de dólares por su exportación de ropa. Este sector representa aproximadamente el 80 % de los ingresos del sector manufacturero del país, y 4 millones de trabajadores, de los que un 90 % son mujeres, dependen de ello.

Una vana ilusión una vez más

Dada la ausencia de un sistema de inspección efectiva y de mecanismos de cumplimiento apropiados, el trabajo decente y la vida digna están lejos de hacerse realidad para la gran mayoría de los trabajadores de la industria textil y sus familias.

Asimismo, la pandemia está causando estragos a Bangladesh, especialmente a la industria textil, que es la segunda mayor exportadora de ropa del mundo. Está perdiendo pedidos con rapidez, por lo que millones de empleos están en juego. De hecho, unos 4,1 millones de trabajadores pasarán hambre si nadie toma ninguna iniciativa para contribuir a su bienestar.

A pesar del enorme desafío que suponen los contagios, la patronal ha abierto sus fábricas para protegerse de potenciales daños económicos. Sin embargo, el trabajo asegurado ha resultado ser la “opción” más atrayente que la de la amenaza que representa el virus o la muerte.

La situación es, por tanto, desastrosa. De seguir así, creo que ahora es solo es cuestión de tiempo. Miles y miles de trabajadores se quedarán sin empleo, lo que agravará el caos en la sociedad. La vida de las mujeres, sobre todo, corre un gran peligro y el empoderamiento femenino volverá a ser una vana ilusión.

La publicación de este artículo en inglés y sueco fue posible gracias a la cooperación entre el sitio web Feministiskt Perspektiv (Perspectiva Feminista), PEN/Opp y la ciudad de Norrköping.

http://tlaxcala-int.org/upload/gal_21690.jpg

Siguen desempleados el 57 % de supervivientes del siniestro del Rana Plaza. Y la pandemia está causando estragos a Bangladesh, especialmente a la industria de la confección, que es la segunda mayor exportadora de ropa del mundo. Supriti Dhar, periodista y activista por los derechos de las mujeres en Bangladesh, recuerda que se trata de una tragedia con profundas consecuencias a largo plazo.


Ilustración de Sissela Nordling Blanco

Hace siete años se produjo el peor accidente industrial del mundo, el derrumbamiento de la fábrica del Rana Plaza. El 24 de abril de 2013, esta tragedia desoló Bangladesh, mató a unos 1.100 trabajadores e hirió a unos 200, de los cuales la mayoría eran mujeres. Mujeres simplemente.¿Por qué estoy contando esta historia? Todos vosotros conocéis el nombre de Bangladesh por estar vinculado a la industria textil. ¿Pero cuántos de vosotros sabéis cómo este sector ayuda a las mujeres de un país en vías de desarrollo a empoderarse? ¿Y cómo este sector explota estos obreros sin recursos mediante sueldos precarios?

Un ejemplo: el 57 % de los supervivientes de la tragedia del Rana Plaza siguen desempleados estos últimos años porque la mayoría aún se está recuperando del trauma físico y psicológico que supone el derrumbamiento de la fábrica. Así pues, de entre los supervivientes, aproximadamente 200 tuvieron heridas graves mientras que 60 sufrieron amputaciones.

Las familias de los miles de víctimas esperan que se haga justicia, pero nadie sabría decir cuándo comenzará el juicio. No obstante, el desastre, que acaparó los titulares, puso de relieve la preocupación por la seguridad y las condiciones de trabajo en las fábricas de Bangladesh, lo cual forzó al gobierno y a los dueños de las fábricas a adoptar nuevas medidas que conllevarían mejoras considerables en las condiciones laborales.

¿Pero cuántas de esas medidas se han tomado hasta hoy? ¿Se llevan a cabo inspecciones regulares? ¿Por qué las vidas de los obreros textiles son tan baratas cuando precisamente traen divisas extranjeras al país?

Días infernales

Recuerdo el día perfectamente. Recuerdo cómo me sentía, cómo me apresuré al sitio y respiré el olor de los cuerpos muertos, cómo todos nosotros intentábamos llegar hasta las personas necesitadas enterradas entre los escombros y cómo tratábamos de salvar miles de vidas cuando el sistema estatal fracasaba. Y falló por su voracidad, intrepidez y corrupción ilimitadas e inmensurables.

Por otra parte, no quiero recordar esos días infernales. Algunos de nosotros ni siquiera aguanta esos recuerdos, algunos de nosotros aún están superando el trauma. Es más, el año pasado uno de nuestros compañeros activistas se suicidó en el mismo sitio y lugar. Era uno de los que ayudó a los trabajadores a salir de los escombros, que tuvo que cortarles las manos y las piernas. Todos estos recuerdos espantosos lo horrorizaron hasta su muerte. Por otro lado, no sabemos el número real de personas que se han suicidado.

Todavía recuerdo esos días en que corría de un hospital a otro, en los que vi gente sufriendo, algunos no tenían piernas o manos, o se encontraban paralizados. Yo sollozaba, gritaba, me dolía al ver su dolor. Vi a trabajadoras con heridas que yacían en las camillas y preguntaban constantemente por sus hijos. En este siniestro, también conocí a muchos de los presuntos maridos que volvían hacia sus esposas solo para obtener dinero y luego desaparecían. Eran hombres simplemente.

Más aterrador que el virus

Durante la pandemia de la COVID-19, hemos sido testigos de cómo la patronal textil juega con la vida de miles de trabajadores sin recursos.

Mientras el país entero respetaba el confinamiento, la patronal se lo saltaba. En medio de una oleada de polémicas, ordenó que se cerraran fábricas, pero sin más indicaciones. Por ello, dichos empleados abandonaron las ciudades, que eran su lugar de trabajo. Una vez más, unos días más tarde la patronal ordenó que se abrieran las fábricas y advirtió de que si alguien no se reincorporaba en la fecha requerida, perdería su empleo. Esta gente, condenada a la pobreza, empezó a apresurarse a las ciudades. Por desgracia, dado que no encontraron ningún medio de transporte, comenzaron a caminar bajo un sol abrasador. Todos vimos esta ridícula marcha desde la comodidad de nuestras habitaciones con aire acondicionado.

Una vez más, empezamos a criticar a los líderes, lo cual hicimos muy bien, ya que se sintieron obligados a retractarse de sus decisiones. Es importante darse cuenta de que estos empleados, que se encontraban en medio o al final de sus viajes, se vieron atrapados. Esta vez no pudieron volver a su residencia. Simplemente imaginad la situación en que estos (la mayoría mujeres, algunas jóvenes, otras con niños) se quedaron atrapados en mitad de la nada por la noche en un país de extrema inseguridad para las mujeres.

Para cada uno de nuestros dirigentes, estas personas no son más que conejos de indias. A este respecto, uno de los empleados, forzado a volver a la fábrica a pesar del confinamiento en el ámbito nacional, afirmó: “Perder un trabajo asusta mucho más que el virus. Si no nos reincorporamos, perderemos el trabajo. Si perdemos el trabajo, moriremos de hambre. Somos pobres, no tememos elección”.

No obstante, sabemos que la industria textil de Bangladesh ha sido el principal sector de exportación y la principal fuente de divisas durante los últimos 25 años. Actualmente, cada año el país genera alrededor de 5 000 millones de dólares por su exportación de ropa. Este sector representa aproximadamente el 80 % de los ingresos del sector manufacturero del país, y 4 millones de trabajadores, de los que un 90 % son mujeres, dependen de ello.

Una vana ilusión una vez más

Dada la ausencia de un sistema de inspección efectiva y de mecanismos de cumplimiento apropiados, el trabajo decente y la vida digna están lejos de hacerse realidad para la gran mayoría de los trabajadores de la industria textil y sus familias.

Asimismo, la pandemia está causando estragos a Bangladesh, especialmente a la industria textil, que es la segunda mayor exportadora de ropa del mundo. Está perdiendo pedidos con rapidez, por lo que millones de empleos están en juego. De hecho, unos 4,1 millones de trabajadores pasarán hambre si nadie toma ninguna iniciativa para contribuir a su bienestar.

A pesar del enorme desafío que suponen los contagios, la patronal ha abierto sus fábricas para protegerse de potenciales daños económicos. Sin embargo, el trabajo asegurado ha resultado ser la “opción” más atrayente que la de la amenaza que representa el virus o la muerte.

La situación es, por tanto, desastrosa. De seguir así, creo que ahora es solo es cuestión de tiempo. Miles y miles de trabajadores se quedarán sin empleo, lo que agravará el caos en la sociedad. La vida de las mujeres, sobre todo, corre un gran peligro y el empoderamiento femenino volverá a ser una vana ilusión.

La publicación de este artículo en inglés y sueco fue posible gracias a la cooperación entre el sitio web Feministiskt Perspektiv (Perspectiva Feminista), PEN/Opp y la ciudad de Norrköping.

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Siguen desempleados el 57 % de supervivientes del siniestro del Rana Plaza. Y la pandemia está causando estragos a Bangladesh, especialmente a la industria de la confección, que es la segunda mayor exportadora de ropa del mundo. Supriti Dhar, periodista y activista por los derechos de las mujeres en Bangladesh, recuerda que se trata de una tragedia con profundas consecuencias a largo plazo.

Ilustración de Sissela Nordling Blanco

Hace siete años se produjo el peor accidente industrial del mundo, el derrumbamiento de la fábrica del Rana Plaza. El 24 de abril de 2013, esta tragedia desoló Bangladesh, mató a unos 1.100 trabajadores e hirió a unos 200, de los cuales la mayoría eran mujeres. Mujeres simplemente.¿Por qué estoy contando esta historia? Todos vosotros conocéis el nombre de Bangladesh por estar vinculado a la industria textil. ¿Pero cuántos de vosotros sabéis cómo este sector ayuda a las mujeres de un país en vías de desarrollo a empoderarse? ¿Y cómo este sector explota estos obreros sin recursos mediante sueldos precarios?

Un ejemplo: el 57 % de los supervivientes de la tragedia del Rana Plaza siguen desempleados estos últimos años porque la mayoría aún se está recuperando del trauma físico y psicológico que supone el derrumbamiento de la fábrica. Así pues, de entre los supervivientes, aproximadamente 200 tuvieron heridas graves mientras que 60 sufrieron amputaciones.

Las familias de los miles de víctimas esperan que se haga justicia, pero nadie sabría decir cuándo comenzará el juicio. No obstante, el desastre, que acaparó los titulares, puso de relieve la preocupación por la seguridad y las condiciones de trabajo en las fábricas de Bangladesh, lo cual forzó al gobierno y a los dueños de las fábricas a adoptar nuevas medidas que conllevarían mejoras considerables en las condiciones laborales.

¿Pero cuántas de esas medidas se han tomado hasta hoy? ¿Se llevan a cabo inspecciones regulares? ¿Por qué las vidas de los obreros textiles son tan baratas cuando precisamente traen divisas extranjeras al país?

Días infernales

Recuerdo el día perfectamente. Recuerdo cómo me sentía, cómo me apresuré al sitio y respiré el olor de los cuerpos muertos, cómo todos nosotros intentábamos llegar hasta las personas necesitadas enterradas entre los escombros y cómo tratábamos de salvar miles de vidas cuando el sistema estatal fracasaba. Y falló por su voracidad, intrepidez y corrupción ilimitadas e inmensurables.

Por otra parte, no quiero recordar esos días infernales. Algunos de nosotros ni siquiera aguanta esos recuerdos, algunos de nosotros aún están superando el trauma. Es más, el año pasado uno de nuestros compañeros activistas se suicidó en el mismo sitio y lugar. Era uno de los que ayudó a los trabajadores a salir de los escombros, que tuvo que cortarles las manos y las piernas. Todos estos recuerdos espantosos lo horrorizaron hasta su muerte. Por otro lado, no sabemos el número real de personas que se han suicidado.

Todavía recuerdo esos días en que corría de un hospital a otro, en los que vi gente sufriendo, algunos no tenían piernas o manos, o se encontraban paralizados. Yo sollozaba, gritaba, me dolía al ver su dolor. Vi a trabajadoras con heridas que yacían en las camillas y preguntaban constantemente por sus hijos. En este siniestro, también conocí a muchos de los presuntos maridos que volvían hacia sus esposas solo para obtener dinero y luego desaparecían. Eran hombres simplemente.

Más aterrador que el virus

Durante la pandemia de la COVID-19, hemos sido testigos de cómo la patronal textil juega con la vida de miles de trabajadores sin recursos.

Mientras el país entero respetaba el confinamiento, la patronal se lo saltaba. En medio de una oleada de polémicas, ordenó que se cerraran fábricas, pero sin más indicaciones. Por ello, dichos empleados abandonaron las ciudades, que eran su lugar de trabajo. Una vez más, unos días más tarde la patronal ordenó que se abrieran las fábricas y advirtió de que si alguien no se reincorporaba en la fecha requerida, perdería su empleo. Esta gente, condenada a la pobreza, empezó a apresurarse a las ciudades. Por desgracia, dado que no encontraron ningún medio de transporte, comenzaron a caminar bajo un sol abrasador. Todos vimos esta ridícula marcha desde la comodidad de nuestras habitaciones con aire acondicionado.

Una vez más, empezamos a criticar a los líderes, lo cual hicimos muy bien, ya que se sintieron obligados a retractarse de sus decisiones. Es importante darse cuenta de que estos empleados, que se encontraban en medio o al final de sus viajes, se vieron atrapados. Esta vez no pudieron volver a su residencia. Simplemente imaginad la situación en que estos (la mayoría mujeres, algunas jóvenes, otras con niños) se quedaron atrapados en mitad de la nada por la noche en un país de extrema inseguridad para las mujeres.

Para cada uno de nuestros dirigentes, estas personas no son más que conejos de indias. A este respecto, uno de los empleados, forzado a volver a la fábrica a pesar del confinamiento en el ámbito nacional, afirmó: “Perder un trabajo asusta mucho más que el virus. Si no nos reincorporamos, perderemos el trabajo. Si perdemos el trabajo, moriremos de hambre. Somos pobres, no tememos elección”.

No obstante, sabemos que la industria textil de Bangladesh ha sido el principal sector de exportación y la principal fuente de divisas durante los últimos 25 años. Actualmente, cada año el país genera alrededor de 5 000 millones de dólares por su exportación de ropa. Este sector representa aproximadamente el 80 % de los ingresos del sector manufacturero del país, y 4 millones de trabajadores, de los que un 90 % son mujeres, dependen de ello.

Una vana ilusión una vez más

Dada la ausencia de un sistema de inspección efectiva y de mecanismos de cumplimiento apropiados, el trabajo decente y la vida digna están lejos de hacerse realidad para la gran mayoría de los trabajadores de la industria textil y sus familias.

Asimismo, la pandemia está causando estragos a Bangladesh, especialmente a la industria textil, que es la segunda mayor exportadora de ropa del mundo. Está perdiendo pedidos con rapidez, por lo que millones de empleos están en juego. De hecho, unos 4,1 millones de trabajadores pasarán hambre si nadie toma ninguna iniciativa para contribuir a su bienestar.

A pesar del enorme desafío que suponen los contagios, la patronal ha abierto sus fábricas para protegerse de potenciales daños económicos. Sin embargo, el trabajo asegurado ha resultado ser la “opción” más atrayente que la de la amenaza que representa el virus o la muerte.

La situación es, por tanto, desastrosa. De seguir así, creo que ahora es solo es cuestión de tiempo. Miles y miles de trabajadores se quedarán sin empleo, lo que agravará el caos en la sociedad. La vida de las mujeres, sobre todo, corre un gran peligro y el empoderamiento femenino volverá a ser una vana ilusión.

La publicación de este artículo en inglés y sueco fue posible gracias a la cooperación entre el sitio web Feministiskt Perspektiv (Perspectiva Feminista), PEN/Opp y la ciudad de Norrköping.

Supriti Dhar সুপ্রীতি ধর سوپریتی دهر

Original: What disaster means to garment workers in Bangladesh

Traducido por Sofía Vílchez Chaparro

Editado por Fausto Giudice Фаусто Джудиче فاوستو جيوديشي

Traductions disponibles : Svenska/Dansk/Norsk  Français  Deutsch  فارسی 

Fuente: Tlaxcala, 14 de junio de 2020

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