Carta a la crisis (sanitaria): Covid-19, ¿la última lección?

El mayor peligro sería un retorno a lo que llamábamos «normal». Entonces regresaréis, en formas que ni siquiera podemos imaginar. Osemos, pues, el único heroísmo que nos queda : el de exigir un cambio radical. Porque ya es hora.

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Cada mes, Sarah Roubato escribe una carta abierta sobre un tema de actualidad. Y para este mes de abril, ¿qué otra pregunta podría imponerse aparte de la crisis vinculada al coronavirus? Una crisis que revela todo lo que nuestra sociedad puede tener de peor, de mejor y las lecciones que sería prudente aprender de ella?

Un huracán microscópico

¡Bien visto! Tenía que dar un gran golpe. ¿Los incendios de la Amazonia y de Australia? Demasiado lejos. ¿Las inundaciones y las tormentas? No son lo suficientemente espectaculares todavía. ¿Las crisis financieras? Recuperadas in extremis. ¿Los movimientos sociales masivos? No están suficientemente organizados para derrocar los gobiernos. ¿La muerte del viviente? Demasiado lenta en la escala de vidas humanas. Se necesitaba algo que fuera más allá de la efímera emoción mediática o el bloqueo temporal de un país. Que nos tetanice. ¡Qué hallazgo! Un huracán microscópico que nos azota. Que de repente paraliza todo lo que creíamos destinado a mantener su ritmo inexorable. Un culpable sin rostro, que revela todas las fallas de este mundo que hemos creado.

Supermercado Westwood, Hong Kong, febrero de 2020. Foto Studio Incendo

Vimos las aguas claras de Venecia y las escenas de pánico para arrojarse sobre las pastas y el papel higiénico. Hemos visto los conciertos de balcón en Australia y las palabras de apoyo en los ascensores. La extraordinaria creatividad de los artistas frente a un mañana amenazado y el heroísmo de los profesionales sanitarios. Los picnics a orillas del Sena y los aplausos a las 8 de la noche. Porque esta es tu terrible belleza: revelas las fragilidades, pero también fuerza, egoísmo y heroísmo. Es sólo frente a ti que el ser humano se interroga y por fin piensa en cambiar. Al golpear al mundo entero, al hacernos a todos vulnerables, nos obligas a cuestionarlo todo.

La interdependencia de los países sobre los bienes esenciales como los equipos médicos, la de nuestras actividades con respecto a lo que viene de lejos, la fragilidad de los equilibrios financieros y planetarios cuando se desacelera la máquina. La relevancia de poder controlar nuestras fronteras, la relación entre líderes y ciudadanos a la hora de protegernos. Descubrimos, sin sorpresa, que se pueden encontrar miles de millones cuando queramos, que las cotizaciones pueden ser suspendidas, que el sacrosanto rigor presupuestario que estaba estrangulando los servicios públicos, en particular los hospitales puede ser aflojado. Descubrimos también, quizás con más sorpresa, cómo podemos habitar de una manera diferente nuestro tiempo y nuestros espacios vitales.

Otro tiempo, otro espacio para habitar

Para much@s, todo está en suspenso, mientras que para otr@s, aquell@s cuyo papel esencial se descubre de repente en nuestras sociedades es la aceleración infernal. Y sin embargo, tetanizad@s (inquiet@s y tens@s, sentimos que hay una última lección que aprender.

Desde nuestras ventanas, podemos ver lo que podría parecerse a un mundo sin nosotr@s: un mundo que respira y canta, donde lo viviente vuelve a ocupar su lugar. Una ventana milagrosa ofrecida como se obligaría a un niño testarudo a mirar (lo que hemos estado tratando de mostrarle desde hace mucho tiempo. Una ventana abierta también a nosotr@s mism@s: frenad@s en nuestro consumo, cada un@ de nosotr@s se encuentra ante lo que somos cuando ya no somos el consumidor destinado a hacer funcionar la máquina: un padre, un cónyuge, un hijo, un vecino, un ciudadano. Este repliegue sobre nosotr@s mism@s nos invita a abrirnos a l@s demás y a tomar conciencia de lo que estamos participando. Así que lo que hago y lo que no hago tiene un impacto fuera de mí… …una evidencia que nuestra cultura de homo consomicus ha tardado unas cuantas generaciones en borrar.

 Silvision / Flickr / C.C.

Ahora nuestros espacios vitales se están convirtiendo en algo más que un dormitorio: un espacio de trabajo, un lugar de escolaridad para los niños, un parque infantil, un espacio de deportes. Todo debe tener lugar en 50 o 200 metros cuadrados. El infierno para algun@s, el redescubrimiento para otr@s. Los padres deben asumir el papel de instructores y descubrir todas las dificultades. A veces l@s niñ@s descubren a sus padres trabajando, y tienen que aprender a respetar ese momento. Est@s niñ@s, a l@s que se les suelen atiborrar con actividades y conocimientos, pueden volver a aprender a aburrirse, a relajarse, a ser actores de su tiempo, a dormir el tiempo que el cuerpo necesita.

Mientras que el tiempo bate su terrible cuenta regresiva para l@s pequeñ@s agricultor@s que se encuentran por fuera del mercado, se acelera para l@s cuidador@s, l@s trabajador@s del sector agroalimentario, y para tod@s aquell@s que empacan los paquetes y las comidas que pedimos, para otr@s el tiempo se estira. Se suspende. Fluye de nuevo. ¿Qué vamos a hacer con él? ¿Volver a lo esencial? ¿Recalibrar nuestras prioridades? ¿Descubrir que sabemos adaptarnos más de lo que pensábamos? ¿Qué otras formas de trabajar y vivir en familia son posibles? ¿O pisotear y atiborrarse de pantallas hasta que podamos volver de nuevo a las tiendas y a los viajes de bajo coste? 

Un revelador de desigualdades

Sabes cómo presionar donde duele: bajo tu presión, las desigualdades y las fracturas sociales se revelan. En primer lugar, entre l@s que tienen que permanecer atrás y l@s que tienen que quedarse en la cubierta: profesionales de la salud, trabajador@s postales, recolector@s de basura, cajer@s, agricultor@s, transportistas. Luego entre aquell@s para quienes el cese de actividad significa una cambio de calendario y una ralentización de la actividad, y aquell@s para quienes es un peligro de muerte: pequeñ@s comerciantes, productor@s en circuitos cortos, trabajador@s independientes, intermitentes, temporales, etc. Por último, las desigualdades en el confinamiento: l@s que viven cinco en 50 metros cuadrados y l@s que tienen espacio, l@s que están en la ciudad y l@s que están en el campo, l@s que viven en el campo y l@s que van a la residencia secundaria, l@s que tienen hij@s y l@s que no. Por último, entre nosotr@s y nuestr@s ancian@s, ya sea en sus casas o en una institución, que descienden un piso más en el aislamiento permanente en el que l@s dejamos.

Las heridas se abren. Y al hacerlo, se aprende a cauterizarlas. Surgen nuevas solidaridades. L@s abogad@s han creado un colectivo para ofrecer asesoramiento gratuito. L@s profesionales de la salud se prestan asistencia mutua entre distintos servicios que nunca habían creído posible. Lo que antes y todavía en algunos países era un gesto natural y que hemos transformado en un servicio de pago, lo redescubrimos como un deber ciudadano: l@s vecin@s  cuidan  l@s hij@s de l@s demás, l@s jóvenes del edificio van a hacer las compras para l@s ancian@s a l@s que apenas saludaban  hace unas semanas, cuyo nombre probablemente no sabían. ¿Es esto un entusiasmo solidario pasajero o  un comienzo de una nueva organización de las relaciones sociales?

Un acelerador de transición

Aquell@s que creen en una voluntad superior ya te convierten en la herramienta de un justo restablecimiento de los equilibrios que hemos destruido. La advertencia suprema. Nuestros cerebros siempre necesitan un sentido. Si debe tener un sentido, debemos conquistarlo. Ya se oye el estribillo «Nunca más como antes» que el humano ha ridiculizado en todas las horas de las grandes catástrofes, antes de hundirse aún más rápido en su locura.

Así que, para aquell@s cuya movilización consiste en permanecer en casa, tomémonos el tiempo de preguntarnos en qué estamos participando. Porque el ser humano también tiene esta excepcional capacidad de transformar lo trágico en potencial creativo, lo inaceptable en una oportunidad, la injusticia en un nuevo motivo de esperanza. Los imperativos ya están ahí y se precisarán: reinvertir en lo local, tender hacia la autonomía, basar nuestras vidas en algo diferente del consumo, hacer de la ayuda mutua y del compromiso ciudadano una herramienta de cohesión social, recuperar la libertad individual que siempre respete el bienestar colectivo.

Cuando podamos salir de nuevo, cuando los noticieros televisivos desgranen las cifras de  la recuperación, cuando sea la hora de volver a abalanzarse  sobre todo lo que se fabrica innecesariamente en el otro extremo del mundo, cuando de nuevo pasemos delante de nuestr@ vecin@ y apenas nos saludemos, que cada un@ reanude su frenética carrera  para seguir  la máxima Trabaja para consumir, consume para descansar de trabajar, cuando los transatlánticos gigantes invadan nuevamente Venecia, cuando  los pájaros de nuestras ciudades canten sin ser escuchados, ¿qué quedará de esta formidable palanca de cambio que nos tiendes? El mayor peligro sería un retorno a lo que llamábamos «normal». Entonces regresaréis, en formas que ni siquiera podemos imaginar. Osemos, pues, el único heroísmo que nos queda : el de exigir un cambio radical. Porque ya es hora.

duncan c / Flickr / C.C.

Sarah Roubato

Original: Lettre à la crise (sanitaire) : Covid 19, l’ultime leçon ?

Traducido por María Piedad Ossaba para la Pluma Y Tlaxcala, el 8 de abril de 2020

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