Duelo, tabú y capitalismo

La característica verdaderamente distintiva y definitoria del capitalismo es que el capital tiene derecho a recibir una remuneración, que es proporcional a su propio tamaño

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Antonio Turiel

Queridos lectores:

La vigésimo quinta Conferencia de Partes, también conocida como COP25 o Cumbre del Clima de Chile-Madrid, ha fracasado estrepitosamente.

¿Por qué?

Respuesta simple y breve:

Dentro del capitalismo es imposible dar una solución a la crisis climática, porque es el capitalismo quien la genera, necesariamente. 

Ampliando un poco la respuesta:

La situación es ya tan apurada que ni siquiera se puede intentar maquillar. En esta cumbre, al contrario de las anteriores, no se ha podido hacer ver que se hace algo cuando en realidad no se hace nada. Ya estamos en el tiempo de descuento, y ya está claro que no hay manera. Cualquier medida estructural de las que se tienen que tomar ya atenta directamente contra el capitalismo, así que al final no se toma ninguna medida.

Pero si sigue el capitalismo, no seguirá el clima. No seguirá la civilización. No seguirá la Humanidad. Y, obviamente, tampoco seguirá el propio capitalismo, pero para cuando eso pase ya será demasiado tarde.

Como ven, la cosa es muy simple. Hemos fracasado porque con el planteamiento que había era imposible triunfar. Si no empezamos por el abandono del capitalismo no hay absolutamente nada que hacer. En la lucha contra el Cambio Climático ése debe ser el primer y principal paso. Cualquier otra estrategia está condenada al fracaso.

La pregunta clave ahora es:

¿Cómo se siente Vd. después de leer esto?

Si es Vd. un lector asiduo de este blog, nada de lo que he escrito arriba le habrá sorprendido. Ya hemos presentado a lo largo y ancho de estas páginas sobradamente datos para hacer comprender que no hay ninguna solución a nuestros problemas de sostenibilidad (de los cuales la crisis ambiental solo es una parte) que no pase por el abandono del capitalismo.

Pero si es Vd. un lector casual o accidental, seguramente se siente ahora mismo… incómodo. Incómodo, sí, porque he entrado directo a decir, sin paños calientes, que hay que abandonar el capitalismo. 

Si Vd. no me conoce, pensará quizá que soy un idealista, o un ingenuo, o un radical con una fuerte agenda política, o un loco con ansias destructivas, o qué se yo. Pero en realidad soy un científico, y he llegado a esta conclusión simplemente analizando los datos.

Si ha llegado hasta aquí, estará planteándose dejar de leer. Alguien que critica así al capitalismo no sabe de lo que habla, por más científico que diga ser, así que todo lo que haya escrito debajo debe ser absurdo. 

En ese caso, tengo otra pregunta para Vd.

¿Por qué le molesta que se critique al capitalismo?

Al fin y al cabo, tenemos libertad de expresión, ¿no?, así que podemos hablar de todo, siempre que se haga de una manera respetuosa y razonable. Además, Vd. mismo sabe de sobras que hay cosas que no funcionan bien en el capitalismo, no es un simple ni un fanático. Quizá esté Vd. pensando que, bueno, el capitalismo ha demostrado ser un sistema que funciona, y si lo abandonásemos, como digo yo, sería el desastre, habría desempleo, hambre, revueltas… No hay otros sistemas alternativos, el comunismo demostró ser mucho peor y mucho más autoritario. ¿Qué estoy proponiendo yo, entonces? ¿Pretendo colar un discurso marxista haciéndolo pasar por ecologista, aprovechándome de los males del planeta para colarla bien gorda? ¿Qué alternativas estoy dando yo? Además, se tendría que preguntar a la gente, no intentar imponerle nada a nadie, por más científico que sea.

Y aquí de nuevo se estará planteando dejar de leer.

Tranquilícese. Yo no he venido a proponer una alternativa, porque los sistemas sociales se tienen que construir por consenso. En particular, yo no vengo a venderle el comunismo, porque el sistema comunista, tal y como ha funcionado en la Tierra, es capitalismo de estado y por tanto adolece exactamente de los mismos problemas en materia de sostenibilidad, con el agravante de que encima es represivo y no democrático.

Yo solo he venido a explicarle por qué el capitalismo ya no funciona. Por qué, a pesar de sus logros del pasado, solo va traer sufrimiento y eventualmente nuestra destrucción en el futuro. Por qué tenemos que abandonarlo.

Yo solo soy el doctor que viene a darle el diagnóstico. Lo que haya que construir después es una cosa que tendremos que hablarla entre todos. Pero lo primero es entender por qué el capitalismo es el problema.

Y por qué Vd., si aún se atreve a seguir leyendo, se siente tan incómodo.

Por qué el capitalismo es insostenible.

Por algo muy sencillo.

El capitalismo necesita del crecimiento exponencial.

Le pongo un ejemplo sencillo. Coja una calculadora y sígame.

Hemos oído miles de veces que para que España cree empleo neto, el PIB tiene que crecer como mínimo un 2,2% anual. Que por debajo del 2% de crecimiento en España se destruye empleo.

Vamos a suponer que en España el Productor Interior Bruto anual o PIB (valor monetario de todos los bienes y servicios producidos en un territorio durante un período de tiempo) creciera siempre un 2% de media.

Crecer un 2% anual significa multiplicar por 1,02 cada año. Si multiplicamos ese 1,02 anual 25 veces, para saber que nos da al cabo de 25 años, nos sale 1,64. En suma, que el PIB tendría que crecer un 64% cada 25 años. Y si lo miramos a 100 años vista (es decir, multiplicamos 4 veces por 1,64) nos da 7,24 o, lo que es lo mismo, aumentar el PIB un 624 %. 

Fíjense bien lo que estamos diciendo: cada siglo, para que no aumente el paro, tendríamos que multiplicar el PIB por más de 7. Si Vd. no está habituado a trabajar con números quizá no vea la enormidad de esto, pero realmente es algo grave. Para producir tanto PIB España tendría que incrementar varias veces (no 7, pero fácilmente 4 o 5 veces) su consumo de energía y materiales. A veces se explica el cuento de que se puede incrementar el PIB disminuyendo el consumo de energía, pero no es verdad y no ha pasado (de manera consistente) en ningún país del mundo. Encima, la mejor manera de hacer crecer el PIB es aumentando la población. ¿Vd. se imaginan una España con 5 veces más población dentro de un siglo, es decir, con unos 250 millones de habitantes? Y lo peor es que al siglo siguiente debería volver a multiplicarse por 4, hasta los 1250 millones, y en un siglo más ya sería de 6.250 millones, como cuatro veces y media la población actual de la India y el 80% de la población del planeta. Y cada siglo subiendo exponencialmente, de esa manera.

Es obvio que eso no es posible en un planeta finito. Al principio, cuando comenzó la Revolución Industrial, era fácil crecer tanto: éramos pocos, no teníamos de nada, y además disponíamos de muchísimos combustibles fósiles y minerales fáciles de extraer. Pero a medida que la población ha ido creciendo y nos hemos ido desarrollando la cosa se ha ido poniendo cada vez más complicada. Hasta el punto que se está volviendo imposible. Los combustibles fósiles ya no son capaces de seguir nuestro ritmo y, al contrario, su producción empieza a bajar. Los gases resultantes de su quema hacen que el planeta retenga más radiación y se caliente. Hemos contaminado todos los mares, arrasado la mayoría de las pesquerías, polucionado el mismo aire que respiramos. Y ahora tendríamos que multiplicar todo eso por 5 en el próximo siglo. No vamos a poder. No hay recursos suficientes, y el planeta no puede absorber más residuos. Y este planeta es todo lo que tenemos: deje de soñar con colonizar otros planetas.

Pero el capitalismo necesita del crecimiento económico. Entienda esto: lo necesita. Lo define. Sin crecimiento económico no hay capitalismo; habrá otra cosa, pero no será capitalismo.

El capitalismo se caracteriza porque el capital tiene derecho a una remuneración.

En las sociedades precapitalistas, se pagaba por un trabajo, por un servicio. A veces el servicio era impuesto, como la protección que daba el señor feudal a sus vasallos, pero en todo caso se pagaba de lo que había, de lo que se producía. No había necesidad de crecer.

En el capitalismo, al capital que se invierte se le paga un interés. Fíjese bien: el interés es un porcentaje. Yo te dejo el dinero y tú me lo devuelves y además me das un 2% adicional, o el interés que se haya estipulado. Es decir, tú has de trabajar para producir por tanto como te he dejado más un 2% adicional. Has de multiplicar la producción por 1,02 al menos, si quieres devolverme la deuda. Y si el año que viene te vuelvo a dejar dinero para mantener tu actual producción, que ya es un 2% más grande que la del primer año, tendrás que volver a multiplicar por 1,02 para poderme pagar. Y así todo el rato, en 25 años tu producción habrá crecido un 64%, y en un siglo se habrá multiplicado por 7,24, y así todo el rato. Hasta que algo reviente. Las crisis recurrentes del capitalismo, les dicen: hay un momento que algo se rompe, algo no puede seguir creciendo. Entonces se hace borrón y cuenta nueva, y volvemos a comenzar.

Por eso necesitamos crecer siempre: porque los capitalistas necesitan colocar su dinero en múltiples inversiones y que les den rendimiento. Pero el mundo está ya saturado, agotado. No da más de sí. Y los síntomas de este agotamiento se multiplican. Los ríos envenenados, el clima desestabilizado, los recursos agotándose… El capitalismo está llegando a su fin, porque no puede seguir, porque físicamente es imposible seguir. Hasta aquí lo hizo más o menos bien, al menos desde la óptica de los países más desarrollados, pero ya está, estamos llegando al final del trayecto.

Y no se equivoque: los primeros que saben esto son los propios capitalistas. El gran capital internacional es perfectamente consciente de que hemos llegado al final del camino.

El Duelo.

El capital está de luto. Está pasando un proceso de duelo. La doctora Kübler-Ross hizo un modelo para describir las fases típicas por las que se pasa en un proceso de duelo, es decir, las reacciones psicológicas cuando te comunican una noticia grave, y son por estas fases por las que ahora mismo están pasando los principales agentes económicos del mundo, a los que por simplificar llamaremos los capitalistas

Negación. En esta fase se encuentran, aún, los pequeños capitalistas. Es propia de gente de ya cierta edad, que ya poco tienen que perder -piensan-, y de algunas personas muy cerriles. También de algunos políticos de poco fuste. Consiste en negar que esté pasando nada malo. Esta postura es cada vez más minoritaria porque la evidencia la contradice.
No hay cambio climático: el clima de la Tierra siempre ha variado. No se está agotando el diésel: los motores son cada vez más eficientes y necesitan menos. No hay problema con las materias primas no renovables: la innovación hace que se puedan explotar nuevas materias. La contaminación no es para tanto, y la innovación tecnológica la remediará. Nadie va a renunciar a sus privilegios. Todo va bien.

Rabia. En esta fase se encuentran la mayoría de los analistas económicos y cuadros medios. Consiste en actuar con despecho delante de los problemas que ya no se pueden ocultar, echando la culpa a otros o alegando que otros sistemas económicos tampoco lo harían mejor.
El comunismo mató a millones y tuvo mucho peor impacto ambiental. ¿Y tú, qué pretendes, que volvamos a las cavernas? Si no eres capaz de dar soluciones, ¿para qué hablas? Lo que deberías hacer es volver a la escuela y dejar a los verdaderos profesionales encargarse de esto. No sabes lo que es llevar un negocio de verdad, nunca has arriesgado tu dinero.

Negociación. En esta fase se encuentra la mayoría del gran capital. Saben que el problema es de verdad, pero en vez de asumirlo y actuar en consecuencia, lo que pretenden es poner pequeños parches sin cambiar nada de lo sustancial. Sus gran propuesta fue el Capitalismo Verde y ahora lo apuestan todo al Green New Deal.
El cambio climático es en realidad una gran oportunidad de negocio. Con sistemas de compensación de emisiones podemos hacer una descarbonización ordenada; el libre mercado lo puede regular. Podemos descarbonizarnos a un ritmo del 7,6% anual a base de sustituir energía fósil por renovable y ser más eficientes.

Depresión. Ésta es la posición de la gente más rica, de los ricos entre los ricos. Ellos cuentan con la mejor información y comprenden mejor que nadie que no hay solución dentro del capitalismo. En lo único que están pensando es en difrutar estos últimos años (o décadas) del capitalismo y prepararse un retiro a salvo del colapso de la civilización, el cual consideran inevitable. Si no lo conocen, les recomiendo que lean el artículo de Douglas Rushkoff, «Survival of the richest» (traducido por CTXT como «Supervivencia de los más ricos», busquen por Google, yo no pongo enlaces a diarios españoles).

Aceptación: En algún momento, los capitalistas comprenderán que no existe salvación si no es colectiva, que no podrán mantener el control en cualquier paraíso artificial que quieran construir, y que hay que buscar una solución para todos o al menos para la mayoría. Una solución en la que puedan preservar la mayoría de sus privilegios, pero que implique el abandono del capitalismo. No sé si hay alguien en esa fase, posiblemente sí, pero seguramente es gente discreta.

Y mientras el capital tiene su Duelo, el resto de los mortales tenemos el Tabú. El Tabú de no poder decir que el capitalismo no es bueno. 

El Tabú.

Todos nosotros, desde muy jóvenes, hemos sido adoctrinados en el discurso del capitalismo. Asumimos de manera natural ciertos aspectos del capitalismo que atribuimos a la naturaleza humana, aunque no sea cierto. Aunque el capitalismo per se sea una cosa relativamente nueva en la historia de la humanidad (no llega a los dos siglos de vida), no queda nadie vivo que pueda recordar ninguna otra cosa, y eso se utiliza para fijar esta idea que los valores del capitalismo (individualismo, egoísmo, competición, obsesión por el consumo y el dinero, despreocupación por las generaciones posteriores…) son realmente sustanciales a los humanos desde siempre.

A esas ideas más o menos concretas y a escala humana, se le une otra idea más abstracta y a una escala social, que es la del crecimiento. Todos tenemos inculcada la idea de que el crecimiento es bueno, porque identificamos crecimiento con bienestar, desarrollo, mejora de las condiciones de vida, libertad… Sin embargo, el crecimiento por sí mismo no significa nada de eso; y resulta obvio que un exceso de crecimiento puede ser negativo (por ejemplo, intentando meter más cosas en un espacio ya lleno, o también si pensamos en una enfermedad o en un tumor). Sin embargo, todos sabemos (porque se nos ha repetido mil veces) que cuando no hay crecimiento nos va mal: hay desempleo, pobreza, crimen, hambre… Se asocia la idea de Crecimiento con la idea de Progreso (la cual es también una idea travestida, porque se asocia el Progreso con la Mejora).

El capitalismo está tan infiltrado en todos los aspectos de la vida que criticarlo nos hace sentirnos incómodos. Todos sabemos que los anticapitalistas son gente marginal, inadaptados, destructivos e incluso parásitos. A quien ataca directamente al capitalismo se le suele criticar que sus hábitos de consumo son posibles gracias al capitalismo, inclusive en aquéllos que se creen más desconectados del mismo, y que eso evidencia la hipocresía de los anticapitalistas. La idea subyacente es que realmente no hay nada fuera del capitalismo, incluso entre los que se empeñan en lo contrario; que el anticapitalismo no deja de ser una excentricidad y un lujo que solo se pueden permitir los que viven en una sociedad capitalista, y que si quisieran ser coherentes deberían irse a vivir a las cavernas y vestirse con taparrabos. Por todo esto, criticar el capitalismo implica superar la vergüenza de la estigmatización, de tener un comportamiento socialmente inaceptable.

Se podría discutir en extenso cuál es el origen de este tabú, y cómo la aparición de la socialdemocracia consolidó la legitimidad del capitalismo ya que la izquierda renunció a intentar superar el capitalismo a cambio del mantenimiento de un Estado del Bienestar (renuncia que por cierto ahora se le paga considerando «radicales de izquierda» a partidos que defienden posiciones socialdemócratas mientras que a un tiempo se va desmantelando el Estado del Bienestar). Lo cierto es que el capitalismo ha conseguido la Hegemonía del Discurso, de modo que actualmente es muy difícil ser tomado en serio cuando se critican las bases mismas del capitalismo (por ejemplo, cada vez que se habla de hacer ciertas reformas que suenan muy radicales hay que aclarar rápidamente que mediante renovables o tecnología en general se va a poder mantener la competitividad y el crecimiento). Quien se sale del guión marcado es criticado con dureza (por ejemplo, a los que hablan de redistribuir la riqueza se les dice que en realidad quieren redistribuir la pobreza) y así todos aprendemos que hay cosas que no podemos decir porque no son de buen tono en las reuniones sociales. Nadie nos ha dicho que no podamos hablar de estos temas, supuestamente tenemos libertad de expresión, pero la Hegemonía del Discurso del capitalismo es tal que nos autocensuramos cuando detectamos que nos vamos a dar de bruces con algunos de los límites impuestos. Y así, aceptando esas convenciones sociales no escritas,  vivimos nuestras vidas, esperando ser sujetos productivos y dichosos y no meternos en líos innecesarios.

El problema comienza cuando, investigando, uno encuentra alguno de los múltiples síntomas de que el capitalismo se está estrellando con los límites biofísicos del planeta, y que no va a ser posible seguir manteniéndolo; más aún, que si no paramos el capitalismo cuanto antes van a sobrevenir grandes calamidades a la humanidad. Puede ser por el cambio climático, puede ser por la crisis energética, puede ser por la contaminación de los mares, o por la polución atmosférica, la pérdida de biodiversidad, el envenamiento por plásticos o metales pesados, la disminución de la cantidad de agua potable, la Sexta Extinción, la degradación de las condiciones laborales, el drama de la emigración masiva, la desertización… Y así mil temas mas. Escoja cualquiera, profundice y la misma verdad emergerá: no podemos seguir de la misma manera. Y cuando intente entender por qué seguimos de la misma manera, por qué seguimos emitiendo CO2 y tirando plástico, por qué no nos anticipamos a la crisis energética o a la de desposesión, llegará inevitablemente a la cuestión de que hace falta decrecer. No decrecer para siempre, claro está: decrecer lo justo y necesario para tener un nivel adecuado para todo el mundo y estable, y entonces mantenerlo. Porque, al final, ¿para qué uno quiere crecer siempre?

Es entonces cuando se produce otra manifestación de la Hegemonía del Discurso del capitalismo, conocida como TINA (There is no alternative, No hay alternativa). El convencimiento de la Hegemonía del capitalismo es tal que la mayoría gente cree que, efectivamente, no hay alternativa al capitalismo. Este mensaje, TINA, es repetido frecuentemente en los medios de comunicación, y particularmente cuando los costurones por los que está reventando el capitalismo se hacen más evidentes. TINA tiene un importante efecto desmovilizador: es habitual oír decir que no hay nada que podamos hacer, que no podemos cambiar las cosas, que de nada sirven las pequeñas acciones individuales o colectivas. No es cierto en absoluto, y en la historia de la humanidad un grupo de personas que se decide a levantarse y actuar son capaces de arrastrar a una gran masa que no se atrevía a actuar pero que tenía las mismas motivaciones. Sin embargo, cuesta mucho luchar contra TINA, y requiere mucha pedagogía y paciencia.

Otra de las características de la Hegemonía del Discurso es la del establecimiento de un marco conceptual erróneo. Es común ver en definiciones del capitalismo que se trata de un sistema basado en la propiedad privada de los bienes de producción y en el libre mercado, cosas que son ciertas e importantes para el capitalismo, pero que no lo definen en absoluto ya que tales cosas han existido antes que el capitalismo y seguramente seguirán existiendo una vez el capitalismo desaparezca. La característica verdaderamente distintiva y definitoria del capitalismo es que el capital tiene derecho a recibir una remuneración, que es proporcional a su propio tamaño. Estos errores de planteamiento llevan a una gran confusión en la discusiones: no será la primera vez que me encuentre a alguien a quien no le gusta que yo «ataque el capitalismo» (en realidad, yo critico o más bien expongo sus inconsistencias) porque estoy «atacando» (en el sentido de «querer acabar con») el libre mercado o la propiedad privada. En realidad, el mantenimiento del libre mercado o la propiedad privada es una cuestión de discusión política, pertinente sin duda, pero en realidad independiente (en bastante extensión) de la viabilidad o no del capitalismo, y en todo caso es un tema en el que yo no entro.

También es común encontrarse con quien cree que lo opuesto al capitalismo es el comunismo, y que si uno critica al capitalismo defiende el comunismo. El eje capitalismo-comunismo no tiene nada que ver con el problema de la inviabilidad del capitalismo, entre otras cosas porque el comunismo es también inviable; esa visión es por tanto otro ejemplo más de la reducción de la discusión a única dimensión que es en realidad ajena a la del verdadero problema. Ítem más cuando el paradigma de lo que muchos consideran hoy en día un país comunista es China, que es donde se fabrican los objetos que se consumen en todo el mundo capitalista. A decir verdad, China es hoy en día un sistema de capitalismo de Estado, en el que el Estado detenta la propiedad de todos los medios de producción y ésta se dirige a la acumulación de capital (¿o es que alguien cree que el estado chino dedica sus recursos a satisfacer las necesidades de sus ciudadanos?); la diferencia principal de China con las democracias occidentales es que China es una dictadura, lo cual le hace ser, paradójicamente (o no), más eficiente desde el punto de vista de la producción y la acumulación de capital.

El Tabú del Capitalismo, que como hemos visto va desde la autocensura hasta el derrotismo, pasando  por la confusión conceptual, lleva a la futilidad de tantas acciones. Hace poco participé en un grupo donde se discutía hacer un comunicado para denunciar el fracaso de la COP25. En un momento dado, se convino eliminar de él la palabra «capitalismo» porque, según alguien dijo, «los sistemas comunistas también están agravando el problema y particularmente China es el mayor emisor de CO2 del mundo». De modo que al final se descafeinó completamente el comunicado por mor de una absurda linearización del problema, que no entiende que es a través de las otras dimensiones que quedan completamente inexploradas que se debe buscar la solución.

Estar a estas alturas del problema intentando contemporizar con el capitalismo y no llamar a las cosas por su nombres nos lleva, básicamente, a perder un tiempo que ya no tenemos. No hay negociación posible con y en el capitalismo, y en particular con eso que se ha dado en llamar neoliberalismo. No hay ninguna posibilidad de éxito sin salirse previamente de ese marco conceptual. Seamos un poco menos arrogantes: no somos los primeros que hemos intentado «humanizar» el capitalismo. ¿Por qué no íbamos a fracasar como hicieron nuestros mayores? Tendríamos que leer un poquito la Historia y comprender que por esa vía no vamos a ningún lado, no estamos yendo a ningún lado. 

La Salida:

Hay que superar el capitalismo. No hay que destruirlo: hay que salir de su trampa lógica. Explicar, mostrar, demostrar y comprender por qué seguir en la línea de progresión que nos marca el capitalismo solo nos va llevar a nuestra destrucción, a nuestra extinción.

Necesitamos comprenderlo para poder pasar página, para empezar a articular una respuesta que merezca la pena. No podemos seguir escribiendo y (limitadamente) divulgando más comunicados que son rápidamente ignorados, ahogados en el fragor de la propaganda que no cesa. ¿De qué sirve que salga mi compañero Jordi Solé diciendo aquello de que «la fiesta se acabado» si a continuación, en la misma tele, en el mismo telediario, te asaltan con el anuncio de una marca de agua, colonia o coche? Y es que, como dice Marcel Coderch, la publicidad debería ser considerada delito de incitación al consumo y completamente prohibida.

Hay que movilizar a la gente, sí, a la ciudadanía. Y se le tiene que hacer comprender que con «el sistema» no se puede negociar. Porque lo que deseamos, porque lo que necesitamos, aunque no lo entendamos, supondría su muerte. ¿Qué podemos negociar, entonces?

Tenemos además el problema de que nuestros representantes no nos representan. Delante del grave problema ambiental, de recursos, de sostenibilidad en suma, que tenemos nuestros representantes se embarcan en discusiones aparentemente técnicas que tras el fárragos de articulados, disposiciones y leyes lo único que procuran es la distracción y la inacción. Todos los términos de la discusión política actual son completamente erróneos: no vamos a solucionar el problema con coches eléctricos, ni con renovables, ni con centrales nucleares, ni con gas natural como combustible de transición, ni con captura y secuestro de carbono, ni con fusión nuclear, ni con eficiencia y ahorro, ni con grafeno, ni con hidrógeno, ni con helio 3 de la Luna, ni con combustibles artificiales, ni con biocombustibles, ni con fracking, ni con carbón limpio, ni con smart grids, ni con el 5G, ni con nada de nada de todo lo que se está oyendo hablar. Solo hay una opción real: decrecer. El decrecimiento es la única salida del atolladero. Y es la única que no se discute seriamente. Nuestros representantes políticos lo saben, pero no quieren llevar la discusión a los términos lógicos, los únicos razonables, los únicos posibles. No se atreven a transitar ese camino, por miedo a la incomprensión ciudadana, sí, pero también y sobre todo por miedo al rechazo y hostilidad del mundo económico. Y, por tanto, no nos representan. No están haciendo aquello para lo que los elegimos, que es buscar nuestro bien. No lo buscan. Únicamente evitan meterse en problemas ellos, al menos durante los 4 años que estén en el cargo.

No podemos negociar con «el sistema», ni podemos esperar que nuestros representantes nos representen. Solo nos tenemos a nosotros mismos para intentar sobrevivir.

No es éste un llamado per se a la desobediencia, pero si a la exigencia. Tenemos que explicar, tenemos que hacer entender, y tenemos que reaccionar ya. Si la ciudadanía no entiende los términos exactos de lo que está pasando y por qué está pasando, seguiremos como los burros dando vueltas a la noria que extrae la vida del planeta.

Salu2.
AMT

Antonio Turiel

Fuente: The oil crach Blogspot, 17 de diciembre de 2019