«Quizá haya una vida tras toda esta muerte»
Mujeres emigrantes árabes cuentan su historia

En el camino hacia la ciudad de Kavala, la más cercana a Serbia, ves muchos cadáveres de niños y mujeres que no lograron salvarse y cruzar a Europa.

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Tamam Mohsen ت تمام محسن

Al este del Mediterráneo hay mujeres que no carecen de la valentía para aventurarse en el mar en una lancha hinchable destartalada y abarrotada con los cuerpos de decenas de hombres, mujeres y niños, o colarse por las fronteras y las alambradas de púas para llegar al “Paraíso” de Europa.

¿Valentía, hemos dicho valentía? No es la valentía por sí sola lo que empuja a esas mujeres a poner su vida a merced de ese viaje plagado de peligros, sino que la guerra, la inestabilidad, la opresión social y la falta de oportunidades constituyen un fuerte aliciente para la emigración de las mujeres en los países árabes… ¡Y también el amor!

Hace cerca de un año, Amal (nombre ficticio) decidió dejar la Franja de Gaza por última vez y para siempre después de comprometerse con un hombre fuera del país, a fin de comenzar juntos una nueva vida lejos de la injusticia que sufrió por parte de los suyos y que la obligó a dejar a sus hijos y marcharse de forma “ilegal” a la otra punta del mundo.

“La decisión de emigrar fue muy difícil, pero la situación en Gaza lo es aún más… Sientes como si te lanzaras fuera de Gaza”, dice.

El camino desde el paso de Rafah, la única puerta de la Franja de Gaza al mundo exterior, al aeropuerto internacional de El Cairo es una verdadera tortura para los viajeros, sobre todo las mujeres obligadas a viajar solas, pues el trayecto dura varios días según la situación de seguridad y el humor político. Durante ese tiempo, duermen al raso o en autobuses, y su sueño es interrumpido de vez en cuando por el ruido de las balas.

Amal dice que tenía prisa para encontrarse con su prometido: “Pagué una gran cantidad para coordinar mi salida por el paso de Rafah. El camino es más agotador de lo que imaginas, pues te registran continuamente y hay controles y perros para examinar las maletas, además de tanques en la frontera”.

Tras tomar una bocanada de aire a orillas del Nilo, arrancó su camino hacia Turquía, donde se encontraría con uno de los traficantes de los que están llenas las ciudades de ese país, y que la ayudaría a llegar a Grecia.

Turquía está considerada como uno de los puntos de partida más importantes para miles de emigrantes que quieren llegar a Grecia, y es también la principal puerta de entrada de los refugiados y emigrantes que intentan llegar a Europa. Los traficantes emprenden el camino de noche por los bosques durante largas horas en las que puede pasar de todo y en que se exponen a múltiples peligros.

Policía y asaltantes de caminos

El viento puede llevarse el cansancio cuando aparecen las primeras luces de la ronda de la policía turca o de los vigilantes de la frontera griega. Eso fue lo que sucedió con Amal, que fue detenida cinco veces, en las que volvió a intentarlo. Su camino también puede verse entorpecido por asaltantes de caminos o ladrones que siguen a los emigrantes y los aterrorizan para sacarles dinero.

Dice: “La última vez (la quinta) se nos fue prácticamente todo el cansancio cuando nos enfrentamos a cuatro hombres armados turcos enmascarados, asaltadores de caminos, tras una larga caminata y habiendo llegado casi al río. Nos reunieron y separaron a mujeres y hombres, después pidieron una cantidad concreta de dinero, amenazando con no dejarnos llegar a nuestro destino si no pagábamos”.

Mujeres y hombres a punto de iniciar una nueva vida de la que les separan cuatro hombres armados que piden dinero y registran a todos, llevándose todo lo que cae en sus manos. Una de las mujeres temblaba y explotó por miedo por ella y su hijo, que estaba a su lado, y comenzó a gritar. Por suerte, los hombres huyeron en ese momento y les dejaron paso libre.

Le pregunté: ¿Tuviste miedo en ese momento? Se ríe y dice: «No».

“No tuve miedo de nada… No hay nada ya de lo que pueda temer cuando ya he perdido una vida entera en Gaza. No tuve nada de miedo”, concluye.

Tal vez, huir por tierra sea menos peligroso, según Amal, y las posibilidades de morir sean menores, pero hay quien no puede elegir y solo se presenta ante ellos el mar, con toda su oscuridad.

Hana al-Sayed (45 años) es una palestina que residía en Siria, antes de verse obligada a emigrar a Libia con su marido y sus tres hijos a consecuencia de la guerra en el país. Parecía que iban a vivir en la estabilidad con su familia, pero su marido falleció y la dejó sin apoyo ni sustento. Por eso, se vio obligada a emigrar a Europa, sobre todo porque volver a Siria, devorada por el fuego de la guerra, ya no era posible.

Sola y extranjera, pensaba en las posibilidades de salvarse del mar por un lado y de un futuro floreciente para sus hijos si podía llegar a Europa, por otro.

La Red Siria de Derechos Humanos dice que más de un millón de mujeres sirias han buscado refugio fuera del país desde el inicio de la guerra, mientras que la ONU dice que la mayoría de las familias que han huido de la guerra las encabezan mujeres, de edades comprendidas entre los 14 y los 50 años, que han perdido al proveedor principal del sustento familiar.

Hana dice que era consciente de que las posibilidades de salvarse eran ínfimas, sobre todo porque iba por un camino ilegal con tres niños (el más mayor, de siete años), pero “la situación en la que me encontraba me obligó a buscar un lugar seguro y garantizar el futuro de mis hijos para que pudieran obtener una nacionalidad internacional, como un pasaporte y una prueba de vida”.

Añade además que “cuando un país está en estado de guerra y sientes la pobreza, la inestabilidad y la falta de seguridad, vas a buscar siempre lo mejor, especialmente para tus hijos, que son tu futuro y tu vida entera”.

El camino fue duro para Hana y decenas de mujeres que iban en la misma lancha inestable, en la que la muerte las acechaba a cada instante amenazando con hundir la barcaza con todos los que estaban a bordo.

Hana dice que “el mar es como una ballena que quiere tragarse a todos”. Eso es lo que sintió cuando la lancha se detuvo y se quedó flotando en mitad del mar durante más de 13 horas.

Y añade que esos momentos son de verdadero terror: “Estuvimos a punto de ahogarnos y la lancha se llenó de agua a nuestro alrededor… Las mujeres tenían mucho miedo. Algunas estaban embarazadas. Si Dios no nos hubiera protegido y no hubiera llegado la Cruz Roja en el último momento para salvarnos…”.

Helen Zughrabi
Migration#1
2016

La huida de la muerte hacia la muerte

“Huir de la muerte hacia la muerte”. Así resume Najat (nombre ficticio), de 48 años, el viaje en busca de refugio desde Siria, donde perdió a su marido debido a la guerra, hasta Suecia.

Dice que el hecho de recordar los detalles del viaje es una tortura para su memoria y la retrotrae a días muy duros en los que luchó contra la muerte en varias ocasiones, viéndola en los rostros, en los caminos, en cada momento.

“En diciembre de 2016, llegué al aeropuerto de Qamishle (en el extremo norte de Siria), pero los servicios de seguridad me detuvieron para asegurarse de que no estaba en busca y captura”. Decidió huir del aeropuerto y contactó con un traficante kurdo para que la llevara junto con su hija, que apenas tenía 13 años, a Turquía.

Caminando, bajo el manto de la noche, acompañada de una fuerte fiebre, N.K. atravesó varias millas en compañía de decenas de personas por campos de cultivo en dirección a la frontera y, de vez en cuando, recibía golpes del traficante que la instaba a correr para que no los detuvieran.

Tras dos intentos, llegó a Turquía, y dice que fue el momento más difícil de su vida: “Mi sueño era volver a Palestina desde Siria. Todos mis sueños se desvanecieron y no pude asumir todo lo que pasaba, sobre todo, el hecho de haber salido sin querer”.

Desde la ciudad de Izmir, que ha pasado a llamarse “nido de traficantes”, partió con 300 personas más a Grecia. Tras dos horas, los traficantes se dieron cuenta de que iban en mala dirección y, peor aún, la lancha se detuvo durante cinco horas.

“En esas horas, todos los rostros y todas las personas me vinieron a la mente y supliqué a Dios que, si moría, mi hija muriera conmigo, que ya tenía bastante con haber perdido a su padre, como para perderme a mí también”.

En el camino hacia la ciudad de Kavala, la más cercana a Serbia, ves muchos cadáveres de niños y mujeres que no lograron salvarse y cruzar a Europa.

“Todos lloraban, los equipos de salvamento llevaban los cuerpos desde el mar, a las mujeres que se salvaron de ahogarse y cuyos hijos habían perecido y a los niños que habían perdido a sus madres y hermanas”.

Najat se fue moviendo por varios países desde Grecia, pasando por Serbia, y después Alemania, antes de que su viaje terminara definitivamente en Suecia, en la que ha descubierto una estabilidad por la que le mereció la pena arriesgar su vida.

“Su respeto por todos como seres humanos y su énfasis en que seas feliz te devuelven la dignidad y te hacen sentir fuerte de nuevo, capaz de lograr tus sueños sin ayuda de nadie. Más bien, conoces a la persona atrapada en tu interior”.

Tamam Mohsen ت تمام محسن

Original: ”ربما هناك حياة وراء كل هذا الموت“
نساء مهاجرات يروين قصصهن

Traduit par Naomí Ramírez Díaz

Source: Tlaxcala, 7 de diciembre de 2019