Algunas reflexiones tras los acontecimientos en Ecuador

Lenín Moreno, que llegó a Carondelet gracias al engaño masivo más grande de la historia del Ecuador, mostró mayores habilidades que sus antecesores para aferrarse al poder.

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La gran movilización por la derogación del decreto 883 que estipulaba aberrantes medidas antipopulares en Ecuador a instancias del Fondo Monetario Internacional se inició bajo la impronta de un movimiento indígena que había demostrado en el pasado su capacidad para «tumbar Gobiernos».

Así ocurrió en diciembre de 1996, cuando Abdalá Bucaram anunció un paquete de medidas económicas que incluían el congelamiento del salario mínimo y el aumento del costo de los pasajes, lo que generó un gran descontento social que derivó en casi dos meses de movilización y a la destitución en febrero de 1997 de Bucaram por el Congreso.

¿Por qué Ecuador no puede llevar adelante las reformas del FMI? Fondo Monetario Internacional Fondo Monetario Internacional © REUTERS / Kim Kyung-Hoon

Solo unos años después, en enero de 2000, un grupo de oficiales jóvenes de las Fuerzas Armadas, en alianza con el movimiento indígena, marchó hacia las sedes del Gobierno y el Parlamento y provocaron la renuncia del presidente del momento. Jamil Mahuad elevó el precio de los combustibles, congeló los depósitos bancarios y dolarizó la economía, haciendo que la moneda estadounidense pasara a ser oficial en Ecuador.

Tras la renuncia de Mahuad, el Gobierno fue asumido por el vicepresidente Gustavo Noboa hasta 2002, cuando el coronel Lucio Gutiérrez se hizo cargo del poder. En el año 2005, otra movilización de las organizaciones indígenas y populares, conocida como la rebelión de los forajidos y que duró más de una semana, indujo al cese del Gobierno de Lucio Gutiérrez.

De manera que en un lapso menor de 10 años se produjeron tres grandes movilizaciones indígenas contra los Gobiernos de turno que condujeron al derrocamiento de los presidentes, en todos los casos siguió gobernando la derecha.

No todo lo que brilla en Ecuador es oro. © REUTERS / Henry Romero

2019 no ha sido la excepción, el movimiento indígena pone la movilización, pone el discurso y, lo que es peor, pone los muertos, heridos y desaparecidos para solo producir un cambio de la persona que ha estado gobernando. En esa perspectiva, algo ha ido mal.

Lenín Moreno, que llegó a Carondelet gracias al engaño masivo más grande de la historia del Ecuador, mostró mayores habilidades que sus antecesores para aferrarse al poder.

En primer lugar, desató la más furiosa represión de la historia reciente de ese país. Después, al afirmar que «vienen por mí», huyó a Guayaquil para no enfrentar directamente al pueblo y ganar tiempo. Finalmente, descubrió que en el fondo coincidía con los indígenas en que para ambos el enemigo principal era el expresidente Rafael Correa y su partido, pactando con la Conaie, el fin del conflicto a cambio del apoyo de estos a la persecución de los correistas.

Qué es la Conaie, el protagonista clave de la crisis en Ecuador. Los indígenas ecuatorianos protestan en Quito © REUTERS / Carlos Garcia Rawlins

La pregunta que me hago (sin conocer en profundidad la historia de Ecuador) es por qué si la Conaie odia tanto a Correa, nunca organizó una marcha multitudinaria para derrocarlo como si hizo con Bucaram, Mahuad, Gutiérrez y Moreno.

Al final y a diferencia del pasado, Moreno se mantuvo en el poder como era de prever. Tan solo había que conocer la historia del Ecuador para saberlo. No es mi intención defender a Correa ni a su partido.

Nunca fue un personaje de mi agrado, no por su propuesta política que compartí en gran medida, sino por un equivocado estilo mesiánico que lo llevó finalmente a decidir que Lenin Moreno —un permanente tránsfuga de las ideas a lo largo de su vida— debía ser su sucesor.

Rafael Correa a Sputnik: «Lenín Moreno está acabado, es un títere de los grupos de poder». © REUTERS / Francois Lenoir

Pero también se debe dejar sentada la incongruencia del discurso de la Conaie que mencionaba su apego a la Constitución Nacional que le consagra derechos por los que han luchado durante siglos y que apenas fueron incorporados a la Carta Magna en 2008 originada en el cumplimiento de la principal promesa de Rafael Correa en su primera campaña electoral en 2006.

Sabrá la Conaie por qué mientras transmitía un discurso de paz, al mismo tiempo exudaba odio contra Correa, a quien caracterizaba como enemigo principal, bajo la mirada complacida de Moreno.

Ahora, la Conaie ha anunciado públicamente a través de su presidente Jaime Vargas su decisión de formar un partido político para presentarse en las elecciones presidenciales de 2021 buscando representar a los sectores de centro y de izquierda, lo cual es una gran noticia que tal vez conduzca a que en el futuro sigan luchando por las demandas coyunturales y sectoriales del movimiento indígena, pero favoreciendo a que la derecha se mantenga en el poder.

Abogado de Correa: Gobierno ecuatoriano vigila y persigue a líderes de izquierda. © REUTERS / Ivan Alvarado

Vargas ha dicho que «busca representar a los sectores de la izquierda y del centro», lo cual implica una titánica tarea que lo debe conducir a superar la impronta sectaria que lo llevó a excluir a otras agrupaciones indígenas, de estudiantes, trabajadores públicos y privados que se vieron marginadas de los diálogos con Moreno, al estar ausentes en la negociación que terminaba la lucha en la que participaron activamente.

Por otro lado, si Vargas aspira a ser representante de la izquierda debe entender que en Ecuador hay varias izquierdas, una de ellas- por cierto- es la que milita dentro del Movimiento de la Revolución Ciudadana, otra —que no se si seguirá siéndolo— ha asumido el ideario neoliberal al ser cooptada por Moreno a cambio de cargos y prebendas, y una más que no está ni con Moreno ni con Correa, manteniendo independencia y criterio propio y, finalmente, la que hoy es aliada de la Conaie.

La Conaie es la más importante agrupación indígena de Ecuador, pero no la única.

¿Cómo funciona la persecución política en Ecuador?. © REUTERS / Henry Romero

Vargas, quien se asumió como líder de todos los ecuatorianos para lograr exitosamente que los precios de los combustibles volvieran al nivel que tenían antes de la aprobación del decreto 883, debe saber que los mestizos y blancos son casi el 80% de la población ecuatoriana, por lo que si aspira a gobernar Ecuador debe acercarse a otros grupos en la perspectiva de construir una plataforma de base social amplia, porque una cosa es movilizarse para derrocar presidentes y bajar los precios de la gasolina y otra, muy diferente, ganar una elección.

El odio racial de la oligarquía no puede enfrentarse con un odio racial inverso, un gobierno popular en Ecuador debería ser un gobierno que se parezca al Ecuador con la participación de todas sus regiones, todos sus sectores sociales y todos sus pueblos, indígenas o no.

¿Cómo funciona la persecución política en Ecuador? Protestas en Quito, Ecuador © REUTERS / Ivan Alvarado

En Bolivia, los indígenas también tumbaron Gobiernos y también era la derecha la que usufructuaba de las luchas populares. Es lo que supo entender Evo Morales, interpretando el sentir de las mayorías sobrepasó su indudable capacidad de conducir a los trabajadores cocaleros, para transformarse en un líder indígena de su pueblo y otros pueblos y un líder de toda Bolivia hasta llegar a ser exitosamente presidente por varios períodos.

Morales comprendió con inteligencia suprema que el movimiento social tenía limitaciones y que era imposible desde ahí cambiar el país. Por eso creó el instrumento: el Movimiento al Socialismo (MAS) para poder participar, en el ámbito de la democracia participativa, en las luchas por el poder que se dan en los comicios y desde el espacio de poder que concede la obtención de cargos en las elecciones luchar en mejores condiciones por el objetivo final que es crear y construir poder popular.

Para esto hizo alianzas y amplió su base social, formando, educando, elevando el nivel político y superando sectarismos y racismos que solo convienen al enemigo histórico de los pueblos.

Sergio Rodriguez Gelfenstein Para La Pluma, 18 de octubre de 2019

Editado por María Piedad Ossaba