Elecciones en España

En estas condiciones y con estas perspectivas la ciudadanía española está entonces abocada a nuevas elecciones, con un probable abstencionismo incrementado que agrega una nota más gris al escenario actual.

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Los motivos por los cuales el líder del PSOE (Sánchez) no ha logrado los apoyos requeridos para formar gobierno en España son sin duda muchos y de diferente naturaleza; pero hay uno que apenas aparece en los medios de comunicación y acaso se menciona con el énfasis indispensable en las tertulias y debates que ahora inundan literalmente los medios de comunicación: el rol decisivo que tiene la opinión del gran empresariado, abiertamente hostil a un acuerdo del PSOE con Izquierda Unida y PODEMOS. Se encendieron todas las alarmas en la gran patronal cuando la izquierda exigió, entre otros, el ministerio del trabajo para hacer efectiva la abolición de la actual legislación laboral, abiertamente contraria a los intereses de los asalariados del país.

Pedro Sánchez, por el PSOE; Pablo Casado, del PP; Pablo Iglesias, de Unidas Podemos, y Albert Rivera, por Ciudadanos. Caricatura Rosell

Por supuesto que ha habido más motivos, sin excluir rencillas personales y hasta poca habilidad a la hora de negociar por ambas partes; pero casi desde el comienzo del proceso se puso en evidencia que por parte de los socialistas no había interés real en pactar con la izquierda. En todo caso, estaban dispuestos a entregar a Unidas-Podemos algunas áreas de “lo social”, las políticas “de género” y poco más, de suerte que lo esencial –la política económica neoliberal vigente- no se tocara. El PSOE aspira por el contario a incrementar sus respaldos en las urnas y probablemente buscar en los liberales de Ciudadanos el respaldo suficiente para formar gobierno. Sánchez sostenía que pensar en gobernar con la izquierda “le quitaba el sueño”; por su parte la gran patronal declaraba que a ellos, ahora sí, roto el posible acuerdo de centro-izquierda, el nuevo panorama les “permitía dormir tranquilos”.

Si se hace caso de las encuestas el resultado de las próximas elecciones no será muy diferente al que arrojaron las pasadas; pero si habrá un incremento de votos a los partidos tradicionales PSOE y PP (centro y derecha) y un cierta diminución de los nuevos partidos Ciudadanos (por la derecha) y de Unidos –Podemos (por la izquierda). No faltan sin embargo los analistas que no descartan un panorama diferente en el cual el centro-derecha, guiado por el PP estará igualmente en condiciones de gobernar, frustrando las esperanzas de Sánchez: habría políticas más restrictivas en lo social y en lo cultural (para satisfacer a la extrema derecha franquista) y se afianzaría el modelo económico actual (algo que tampoco Sánchez afectaría en lo esencial para tranquilidad del gran capital nacional e internacional).

Pero el panorama no es precisamente tranquilizante y son cada vez más las voces que pronostican una nueva crisis económica al menos tan dura como la anterior de 2008. En estas circunstancias cualquier gobierno lo tendría mucho más complicado. O sea, gobierne quien gobierne en las próximas semanas en España tendrá que vérselas con una situación económica mundial nada halagüeña; a ello habría que agregar el impacto aún incierto de la salida del Reino Unido de la UE. Y es que la modernización de este país bajo el sistema democrático no ha supuesto cambios esenciales en su modelo económico que tiene en el turismo y la construcción dos de sus motores fundamentales (solo el turismo represente el 10% del PIB y de la fuerza laboral ocupada) mientras son muy débiles el sector industrial, las nuevas tecnologías y la investigación científica. Pocas armas entonces para defenderse en un escenario de crisis mundial que descarga siempre sobre los más débiles los mayores impactos.

España tampoco está exenta de otros inconvenientes que ya son mundiales y restan de manera tan decisiva la legitimidad de las instituciones: la corrupción, por ejemplo. Si bien aquí el modelo neoliberal no se ha aplicado en la forma salvaje con que se practica en los países de la periferia del sistema (América Latina y el Caribe, por ejemplo) si ha sido suficientemente duro y consolida grandes diferencias con otros países del Viejo Continente que ofrecen una calidad de vida a sus poblaciones de suficiente solidez y tienen mayores recursos para afrontar el impacto de la crisis.

Como señalan algunos críticos del llamado “proceso de transición” de la dictadura franquista a la democracia moderna, aquí las fuerzas conservadoras han mantenido bajo su control sectores claves de las instituciones del Estado, en armónica coexistencia con los sectores modernos del gran capital: cada uno juega su papel y todos tan contentos. No por azar las encuestas de opinión reflejan un descontento importante de la población con los partidos y los políticos, escasa confianza en la justicia y una credibilidad en caía libre en instituciones tradicionales que en España han jugado un papel decisivo en la vida cotidiana: la Iglesia Católica, por ejemplo, de un marcado carácter reaccionario (es uno de los bastiones principales de la oposición a las medidas reformistas del actual Papa). Tampoco sorprende que en España el resurgir del fascismo – común a todo el continente- permita la expansión del franquismo tradicional (el partido Vox) que a pesar de las declaraciones de distanciamiento de los líderes del centro-derecha, ya gobierna en algunas regiones del país de la mano del PP y Ciudadanos…y estaría seguramente en el posible gobierno de la derecha que saliera de las próximas elecciones.

El desgaste del orden social se refleja también en los líderes. Éstos apenas se pueden comparar con aquellos que gestionaron el fin de la dictadura franquista y el paso a una democracia moderna. Y lo mismo puede afirmarse de los partidos. Algunos vinculados directamente a la corrupción (el caso del PP, en particular), y casi todos con un abandono ya irrecuperable de sus ideales tradicionales, de la socialdemocracia en el caso del PSOE, y en el caso del PP con un entierro de segunda para los escasos intentos de dar a la derecha algún tono socialcristiano (como sucedió con la derecha civilizada del Viejo Continente; Alemania o Italia, por ejemplo). Por su parte los comunistas españoles nunca logaron salir de la profunda crisis que les produjo el derrumbe de la URSS y hoy, agrupados en Izquierda Unida constituyen probablemente el grupo más sensato de la izquierda aunque su programa es más reformista que revolucionario. La llamada nueva izquierda (Podemos) es aún más reformista; en efecto, es toda una paradoja que su programa resulte menos ambicioso (o “radical” si se prefiere) que aquel con el cual el reformista Felipe González llegó al gobierno en 1982. A todo ello habría que agregar las profundas divisiones en la izquierda, algunas, las tradicionales entre los que buscan lo posible y los que proponen asaltar los cielos de forma inmediata; y otras nuevas, que apenas intentan dar al sistema una cara más amable. Muchos ecologistas, por ejemplo, terminan por culpar al consumidor y menos o nada al sistema que es, en el fondo, el principal motivo de destrucción del planeta.

Pero ya se sabe, como dice el refrán chino, siempre “hay que arar con los bueyes que se tenga”. En estas condiciones y con estas perspectivas la ciudadanía española está entonces abocada a nuevas elecciones, con un probable abstencionismo incrementado que agrega una nota más gris al escenario actual.

Juan Diego García para La Pluma, 24 de septiembre de 2019

Editado por María Piedad Ossaba