Feminicidios: ¿hecho social? Accidentes de trabajo: ¿sucesos?

El «feminicidio» es pues un concepto que vale para todo, que sirve de todas las maneras posibles la propaganda neoliberal: crea un prejuicio, y hasta un sentimiento de odio en relación a ciertas categorías de acusados…

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Rosa Llorens

Después de Greta, después del futbol femenino, los medios han abierto un nuevo frente, lanzado una nueva campaña: el feminicidio. Imposible escaparse, el feminicidio está por doquier –por lo menos, en palabras-, porque en los hechos, ¿vemos todas las mañanas nuestras calles sembradas de cadáveres femeninos? ¿Es realmente el problema más masivo y angustiante para todos los franceses y las francesas? ¿Son las francesas, en la Republica, una población aparte, amenazada por la especie de los machos rugientes y manspreaders [los hombres que se sientan en el metro despatarrados]? ¿No son ellas también trabajadoras, y en ese sentido, sometidas a una plaga mucho más presente: los accidentes de trabajo?

Situado en su contexto, el «feminicidio» resulta ser una nueva aplicación de la estrategia que consiste en saturar periódicos, radios, teles, novelas (véase el último tomo de Millenium, La chica que debía morir) y se esperan las películas, de un tema promovido como la causa del siglo para ocultar situaciones mucho más dramáticas, más molestas, como la guerra en Yemen (¿cuántas mujeres y chicas asesinadas por Arabia Saudita con armas francesas?), o en Siria (¿cuántas mujeres violadas o asesinadas por los terroristas islamistas, protegidos por USA, Israel, Turquía, Francia… véanse las famosas palabras de Fabius: «Al Nosra hace un buen trabajo». En vez de informar, prefieren repetir: «Bashar bombardea a su pueblo», cuando se esfuerza en liberar una tercera parte de su país aún ocupada). Pero, para quedarnos en Francia, ¿por qué no hablar de los accidentes mortales en el trabajo?

En un principio, convendría preguntarse sobre el concepto de feminicidio, sobre lo cual nos resulta difícil reflexionar con calma bajo el bombardeo mediático. ¿Qué abarca ese neologismo? Nos echan sin tregua nuevos términos que, lejos de enriquecer la lengua y la reflexión, contribuyen a la confusión. En el gran debate filosófico de la Edad Media entre nominalistas (la corriente científica) y realistas, parece que los segundos han finalmente vencido: todo nombre general abstracto corresponde a una realidad: si existe un término «Dios», es que Dios existe. No quiero decir que no haya mujeres asesinadas (así como también hay hombres asesinados); pero ¿qué designa exactamente el término «feminicidio», que los medios nos echan hasta en la sopa?

Consultemos pues Wikipedia para tratar de aclararnos un poco: se trata de violencias que se ejercen «específicamente contra una mujer a causa de su género». El término incluye violaciones, esclavitud sexual, heterosexualidad forzada, las mutilaciones genitales o las efectuadas en nombre de la belleza como la cirugía estética. La OMS distingue 11 categorías de feminicidio, -entre ellas el crimen de honor-, de las cuales la última consiste en «Otras muertes sexistas asociadas a las pandillas, al crimen organizado, al narcotráfico, a la trata de personas y a la proliferación de las armas ligeras».

Según el Consejo de Europa, la definición del feminicidio, con fecha del 2011, es una violación de los derechos humanos y una forma de discriminación en relación a las mujeres, y designa todos los actos de violencia fundados sobre el género que causa, o son susceptibles de causarles, a las mujeres daños o sufrimientos de naturaleza fisiológica, sexual, psicológica o económica»: ¿por qué no, en esos inventarios  a la manera de Prévert, las violencias ocasionadas a los mapaches hembras?

Hay para quedarse abrumado, y convendría que un jurista analizara esas definiciones: ¿cuántos conceptos jurídicos fundamentales son violados en ellas? Podemos notar que los delitos mencionados (violación, incesto, trata de personas, narcotráfico…) son sancionados por la ley; ¿interesa de verdad crear un concepto cajón de sastre que coloque en el mismo plano, por ejemplo, a las «mutilaciones genitales» (cuyas razones son culturales) y a los crímenes de la mafia? La intervención de la noción de género agrega confusión: ¿el feminicidio podría no referirse solo a las mujeres? ¿Y a santos de qué poner, en la lista de la OMS, la proliferación de las armas ligeras? ¿O la cirugía estética (para mí, el crimen, es que la Seguridad Social la abone)?

Uno piensa en las «carretadas» del Gran Terror francés, en 1793-94, juicios colectivos que agrupaban los crímenes más heterogéneos, desde la humilde lavandera que gritó «¡Viva la Reina!», hasta el general acusado de alta traición, y que terminaban en guillotina para todos. Nos encaminamos hacia una Justicia del Odio (promovida por los mismos que ven incitaciones al odio en todas partes, otro concepto que vale para todo, y que desemboca en la desaparición de todo tipo de libertad de expresión): los acusados serán condenados, no conforme a las leyes, y sobre la base de pruebas materiales, sino a proporción de la antipatía que los jueces pudieran sentir hacia los implicados, según el estado de ánimo y las supuestas  intenciones de estos.

 Hubo sin embargo un contexto en el cual el término feminicidio correspondía a un tipo de delito muy concreto: según reza también Wikipedia, fue institucionalizado después del triple asesinato de las hermanas Mirabal, que militaban contra la dictadura criminal (establecida por USA) de Trujillo en República Dominicana, en 1960. Se impuso luego de la ola de asesinatos de mujeres perpetrados en el norte de México, en la frontera con USA, en particular en Ciudad Juárez, en el Estado de Chihuahua. Wikipedia sintetiza ese ítem en una línea, pero vuelve a ello en la sección «México», para señalar que, en los Estados de Chihuahua, Baja California y Guerrero, la tasa de feminicidios se triplicó entre 2005 y 2009 (11 por 100 000 habitantes), y concluye: «La tasa de feminicidios en Chihuahua, en México, ¡debe considerarse dentro del contexto de la región»! (una tasa muy elevada de homicidios, cerca de 100 por 100 000).

Viñeta de Rochagarfias, México, sobre el Estado de Veracruz, donde el número de mujeres asesinadas conoció un aumento notable en 2019. Desde 2018, en México los crímenes por odio cometidos contra las mujeres son clasificados como «feminicidios»

Estos crímenes masivos han sido enumerados por el periodista mexicano Sergio González Rodríguez en 2002, en Huesos en el desierto: 400 cadáveres de mujeres jóvenes de 13 a 25 años, violadas, torturadas, mutiladas, encontradas en el desierto alrededor de  Ciudad Juárez, de 1993 a 2006. Estas informaciones fueron recogidas en 2004 por el novelista Roberto Bolaño, en 2666.

Todas las víctimas tienen un punto común: trabajaban en las maquiladoras de la frontera con USA. No eran solo crímenes sexuales, sino crímenes sociales, alimentados por la existencia de una zona al margen del derecho, donde el trabajo de las mujeres, en particular, es explotado al máximo en beneficio de sociedades internacionales, muy particularmente usamericanas: la ausencia de derechos sociales, de derecho del trabajo, la explotación económica y social de las obreras, es el caldo de cultivo de su explotación sexual criminal.

La historia de ese verdadero feminicidio se une así al problema de los accidentes mortales de trabajo, de asesinatos de obreros por carencia jurídica (insuficiencia de la reglamentación del trabajo, sacrificio de la seguridad de los trabajadores en nombre del provecho máximo: Ken Loach hizo sobre ese problema un filme estupendo: The Navigators).

Cartel llamando a los viajeros a apoyar la primera huelga generalizada de los ferroviarios en Francia, en octubre de 1910: 3 muertos y 15 heridos a semana por accidentes de trabajo

Pero, es mucho más difícil hablar de este problema, porque los muertos del trabajo son ocultados: «No existe ningún dato preciso», se puede leer en un artículo de Europe Solidaire Sans Frontières del 15 de julio de 2019: «Muertos en el trabajo: los olvidados de la salud pública».

Se calcula que «más de diez personas mueren en el trabajo cada semana en Francia. Sin mucho ruido» (dos por semana para las víctimas de feminicidios: es preciso comparar las cifras si se pretende reflexionar sobre la prioridad, declarada por los medios, del «feminicidio»).

Según Eurostat, en 2011, «Francia era el país más mortífero para los trabajadores con 524 defunciones» (107 « feminicidios » en 2018: si los medios pretenden asustarnos repitiendo la cifra de 107, ¡qué efecto se obtendría con la de 524!); con referencia al número de la población, esa cifra quiere decir que Francia es el undécimo país más mortifero, justo detrás de Rumania, Chipre  e Irlanda. 

Pero, las cifras de accidentes mortales de trabajo son enormemente infravaloradas, porque esos accidentes están repartidos y diluidos en secciones muy diversas (precisamente al revés del feminicidio que abarca una amalgama barroca de secciones). En general, se encuentran en la sección «sucesos». O bien, en enero 2019, un repartidor en bicicleta de 18 años, que trabajaba para Uber Eats, murió durante su trabajo: su muerte fue calificada como «accidente de tránsito». Por ese motivo Mathieu Lépine, profesor de historia-geografía de enseñanza secundaria, decidió registrar los artículos de prensa sobre los accidentes de trabajo, para hacerlos pasar «del suceso al hecho social». Es precisamente lo que pretenden hacer las feministas cuando hablan de «feminicidio», «transformar un suceso en hecho social»; pero lo que ellas hacen en realidad, en ese caso, es transformar asesinatos con contextos sociales muy diferentes en hechos societales descontextualizados, es decir que  los «privatizan».

El «feminicidio» es pues un concepto que vale para todo, que sirve de todas las maneras posibles  la propaganda neoliberal: crea un prejuicio, y hasta un sentimiento de odio en relación a ciertas categorías de acusados, previo a cualquier examen de los hechos y de su contexto; tiende también a deshacer todo el edificio jurídico tratando por igual los delitos más diversos. Sirve para anteponer lo societal y hacer olvidar el concepto de lo social y, en especial, el crimen social que representan los accidentes de trabajo (5 a 10 veces más numerosos que los «feminicidios» -otra vez, las muertes en el trabajo son difíciles de cuantificar).

En conclusión, ese concepto tiene como objetivo modelar la sociedad bajo la forma que desean los liberales, la de la guerra de todos contra todos, según la teoría de Hobbes. El Estado liberal de hoy no para de enfrentar los  unos contra los otros: a las mujeres contra sus maridos, a los niños contra los padres, a los usuarios contra los trabajadores huelguistas, a los diplomados de los centros urbanos contra los «analfabetos», «vagos» y «racistas» de las periferias y, finalmente, a las mujeres contra los «grandes machos blancos»; resulta sorprendente que no se piense en responder que todo «gran macho blanco» (salvo si es homosexual) tiene a su lado a una «gran hembra blanca».

Uno de los pocos carteles soviéticos de prevención contra los accidentes de trabajo que se dirigía específicamente a las mujeres obreras, para decirles “¡Cúbrete los cabellos!”

Rosa Llorens

Original: Féminicides, fait social ? Accidents du travail, faits divers ?

Traducciones disponibles: Italiano

Fuente: Tlaxcala, 25 de septiembre de 2019