Del Atlas a la Calle: O cómo se desmonta la historia

Si la justicia hoy por hoy no puede defender el derecho ciudadano, será en el campo de la lucha de las experiencias ópticas donde se busque re-establecer una suerte de equilibrio ante tanta asimetría

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Mirar la historia a contrapelo
El ojo no es ojo porque tú lo veas / es ojo porque te ve

Una canción popular dice “si la Historia la escriben los que ganan, eso quiere decir que hay otra historia”. ¿Qué pasaría si pensáramos esto mismo para las miradas? ¿Hay miradas que ganan y otras que pierden? ¿Quién mira a quién? ¿Qué miran esas miradas? El pasado 24 de marzo, en el marco del Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia, el Área de Antropología Visual decidió marchar con dos paneles que siguen no sólo la metodología de trabajo inspirada en el Atlas Mnemosyne del historiador del arte Aby Warburg sino una manera de pensar tanto el campo de lo visual como una pregunta por la temporalidad.

Si hay algo que media entre aquello que solemos denominar “imagen” y los tiempos por los que migra (o no: los tiempos en los que se la intenta destruir) es la mirada. Las miradas.  Algunas, omnipotentes, pretenden imponerse ante aquello que no cabe bajo su ala -al menos no voluntariamente- y se ven sacralizadas en espacios institucionales que reproducen (gestionan) regímenes sensibles y discursos sobre lo “real”. Los paneles que armamos con pocas imágenes juegan con dos elementos: el anacronismo que las caracteriza y el intervalo que media entre ellas.

Para mirar a Mauricio Macri caminando por la “playa” seca porteña con su triunfal gabinete (masculino) hay que mirar con los ojos del recuerdo: los  que intercambian miradas con el que observa; los militares en la Conquista del Desierto a fines de siglo XIX mirando el cadáver del indígena asesinado; la mirada de Videla tomándose un cóctel con los genocidas; la policía montada en 2001 atravesando el mismo escenario posapocalíptico que la represión continúa re-creando; el billete de 100 pesos que rememora la gesta “patriótica” de Julio A. Roca. En la mirada de Macri se reconoce la mirada de los perpetradores de esta, nuestra historia. Pero no es la única.

En el otro panel, al lado del verdugo, se alza el gesto de la sublevación -que antes que acto es eso: un gesto-. Cuando todas estas imágenes forman esta nueva constelación producto de una colisión de tiempos heterogéneos que el montaje permite (y que además requiere) es que comienzan a tejerse los lazos que como un relámpago en el instante de peligro conectan los intervalos.

La constelación de los paneles -como en su tiempo la del Atlas de Warburg- no vale por cada imagen particular sino por ese “entre” del intervalo. Entre Roca y Macri, ¿qué hay? Entre el fusilado de Goya y la señora jubilada en el Congreso argentino, ¿qué hay? El montaje habría sido eficaz de cualquier manera: en una galería, en un taller de política e imagen, en un power point de una clase universitaria. Pero no es sólo la eficacia de la imagen “política” (política que se orienta por imágenes): es una pregunta por cómo y dónde exhibir al pueblo y aquéllos que los vulneran y ultrajan y, sobre todo, qué hace este pueblo con sus imágenes.

La historia de las investigadoras detrás de los paneles es tanto teórica como política: habla de un método y de una historia común con el que transita la marcha. Pero además da cuenta de una manera de pensar que se vuelve potente cuando se encarna: la señora que se aproxima y toca la foto de Caputo y de Roca se apropia de esas miradas, de esos cuerpos que pisan las cabezas de los eternamente vencidos y sublevados, y, bajo el grito del Nunca Más en una Plaza vallada pero viva, re-anima los fantasmas de la historia sólo para comprender y revisar su propio presente.

Los paneles tocados por las personas, cargados con el cuerpo de las investigadoras y de tod@s l@s compañer@s que hicieron posible que transitaran tantas horas las calles colmadas, desmontaron la historia, que es una historia de miradas en disputa y en posiciones asimétricas. Es una historia que toca (porque hay que recordar que el tacto es un sentido que va en dos direcciones: no se puede tocar sin ser tocado).

Si desde la Antigüedad se podía castigar al soberano y al noble a través de su imagen (castigo in effigie ) porque en otra justicia era más difícil confiar; en pleno siglo XXI se sigue usando el arma de la exposición (que es el lugar de la política) no para castigar sino para desmontar un complejo dispositivo de control, tortura y vaciamiento perpetrado por distintos verdugos en cada época que al final son el mismo verdugo. Y un pueblo que puede, con tonalidades, bañarse en el mismo río.

Si la justicia hoy por hoy no puede defender el derecho ciudadano, será en el campo de la lucha de las experiencias ópticas donde se busque re-establecer una suerte de equilibrio ante tanta asimetría. Esto no sólo habla de la condición política actual sino que es una declaración sobre lo que una imagen es, pero más aún, sobre lo que una imagen puede hacer (y nos hace hacer). Como punta de iceberg, y como reciente destino, proponemos pensar el circuito de estos paneles desde un Warburg de principios de siglo XX hasta este 24 de marzo de 2019, espectral y oscuro. Porque como Warburg decía de su propio Atlas: esto es una historia de fantasmas para adultos.

Greta Winckler y Paula Bruno
Antropología Visual
Universidad de Buenos Aires

Relámpagos. Ensayos crónicos en un instante de peligro y Negra Mala Testa, 12 de agosto de 2019.

Editado por María Piedad Ossaba