Colombia: Líderes sociales deberíamos ser todos

La ola de asesinatos de líderes sociales no se ha llevado a cabo en estos últimos años con la indiferencia o la complicidad del Estado, sino bajo su dirección. Por

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Lo más preciado, acaso lo único que de verdad tenemos, es nuestra propia vida. Pero siempre está amenazada, muchas veces por nosotros mismos que la ponemos en riesgo al darle rienda suelta a nuestros impulsos destructivos. Por eso siempre estamos abocados a tener que defenderla incluso a costa de la vida misma. Parece una condición intrínseca de la vida, si miramos todo lo que tienen que hacer los animales cotidianamente para sobrevivir y garantizar la permanencia de su especie. Es como si la naturaleza misma, en su propia sabiduría acumulada en miles de millones de años de maduración, hubiera dispuesto que solo puede sobrevivir aquel que está listo a defenderse y, además, sabe cómo hacerlo. En el caso de los seres humanos, liberados supuestamente del temor a la naturaleza por los poderes de la ciencia y la técnica, la situación debería ser distinta. Los hechos empíricos, sin embargo, demuestran lo contrario.

Alejandra Zamora Canales, Mural, Plaza Juárez, Mixquiahuala, Estado de Hidalgo, México

En otros tiempos la naturaleza se presentaba ante los seres humanos como la amenaza más grande para nuestra propia existencia. Muchas comunidades primitivas se enfrentaban a ella llenas de pavor, y, movidas por la superstición, convocaban en su favor las propias fuerzas de la naturaleza, a través de prácticas mágicas y religiosas. Aunque esas prácticas hoy nos parecen ridículas, desarrollaron en el ser humano una actitud de sometimiento a la naturaleza, que después se convirtió en complicidad y cooperación. Por eso la especie humana terminó siendo exitosa en su proceso de adaptación y convirtió a la naturaleza en su aliada.

Pero esta alianza duró poco, porque el ser humano vio en la técnica y en el posterior desarrollo de la ciencia la posibilidad de someter a la naturaleza y a todas sus especies a sus propios caprichos. Desde entonces nos hemos erigido como la principal amenaza para la naturaleza en su conjunto, poniendo en riesgo con cada acción caprichosa la subsistencia de miles de especies que, sin embargo, son importantes para garantizar, en el mediano plazo, la propia subsistencia del ser humano.

Los animales nos llevan una ventaja en términos de su lucha por la subsistencia. Y es que la sabiduría natural los dispone para que tal lucha se centre en la subsistencia de la especie y no solo del individuo. En los humanos, sin embargo, la supervivencia se ha convertido en un asunto meramente individual. En la lógica de dominación que caracteriza a las sociedades modernas, el individuo, en su lucha por subsistir, no se enfrenta ya, como antaño, a los superpoderes de la naturaleza, sino a los de las estructuras sociales de dominación construidos por aquellos que, en vista de su condición arbitrariamente privilegiada, ya no buscan garantizar su subsistencia sino multiplicar su poder.

En Colombia, esta realidad se manifiesta hoy en el Plan Nacional de Desarrollo, diseñado para la acumulación de riqueza de unos pocos poderosos a través del despojo de las comunidades; en las leyes que regulan el trabajo y la jubilación atendiendo más a las ansias de acumulación del capital privado que a las condiciones dignas de los trabajadores, y en la conversión de la salud en un negocio para engordar los bolsillos de los dueños de las EPS a costa de la atención adecuada y la vida de los pacientes. Pero se manifiesta, sobre todo, y de la manera más aterradora, en la ola de asesinatos a líderes sociales.

Es claro que esta estrategia sistemática de eliminación de aquellos que reclaman sus derechos y protestan contra el estado de cosas vigentes en el país, no responde a un desmadre de la violencia, como quieren presentarlo el gobierno y los medios masivos de información. Responde a intereses bien articulados de la élite y bien salvaguardados por el Estado.

Y es un hecho también que, si el gobierno de Iván Duque no le ha puesto freno a esta estrategia, no se debe a una debilidad estructural de la fuerza pública ni a las dificultades para dar con los asesinos. Colombia cuenta con una de las estructuras militares más robustas de América Latina y del mundo; además, en estos años de guerra contrainsurgente ha desarrollado una tremenda capacidad de inteligencia militar que la ha convertido en exportadora de asesores militares por montones. El problema es que esta estructura militar nunca ha estado al servicio de garantizar la vida en condiciones dignas para los colombianos, sino de garantizar los intereses de los poderosos aún a costa de la vida de otros ciudadanos. Finalmente, la fuerza pública en Colombia es una fuerza contrainsurgente desde antes incluso que existiera la insurgencia. Las demás expresiones de violencia no solo la tienen sin cuidado (igual que pasa en Estados Unidos), sino que le sirven para realizar el trabajo sucio, de limpieza social, sin ponerse en el ojo de las organizaciones defensoras de derechos humanos y de la supuesta comunidad internacional. De eso nos han aleccionado las macabras alianzas del Estado con las estructuras paramilitares en favor de preservar los intereses de los ricos y, sobre todo, el proyecto de vida, o más bien de muerte, que encarnan.

La ola de asesinatos de líderes sociales no se ha llevado a cabo en estos últimos años con la indiferencia o la complicidad del Estado, sino bajo su dirección. Por eso las movilizaciones que realizamos en contra de los asesinatos deberían ser entonces no para que el gobierno tome cartas en el asunto sino para que renuncie en pleno y para que no vuelva a llegar al gobierno ninguno como él o como sus antecesores, con tal desprecio por la vida, tan dedicado a engordar los capitales nacionales y extranjeros y tan comprometido con el exterminio de los contradictores.

Para ello, sin embargo, debemos reconstruir el tejido social y comunitario que ha sido roto por todas estas estrategias de represión. Líderes sociales somos todos, no porque esta consigna permita proteger realmente a los líderes, sino porque en la idea de que a los que están asesinando son líderes sociales hay un doble juego por parte del establecimiento: también está diciendo que mientras usted no sea un líder social no tiene nada qué temer. Lo que se busca de fondo es el silencio y sometimiento de las comunidades para desarrollar sin tropiezos sus estrategias de acumulación y despojo. Eso nos confronta con una dimensión política en la defensa de la vida: así como la naturaleza les ha enseñado a los animales que solo sobreviven quienes están dispuestos a luchar por su vida, la cultura nos enseña hoy que quien merece la vida que anhela es aquel que está dispuesto a luchar no solo por su subsistencia sino por una vida digna para todos y para todas las especies a las que la naturaleza ha dotado de vida.

David Alfaro Siqueiros, sin título

El Colectivo: Editorial No 44 agosto 2019 para La Pluma

Editado por María Piedad Ossaba