La traición de Lenín Moreno: «…es peor que asesinar»

Esa es la verdadera dimensión de la macabra obra de Lenín Moreno como presidente de Ecuador, quien se ha transformado en un asesino de la confianza de su pueblo.

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He intentado comprender la actitud de Lenín Moreno después de haber sido elegido presidente de Ecuador, o incluso mejor, tratar de saber si la forma de actuar que comenzó a manifestar a partir de su asunción a la más alta investidura de su país es nueva o, ha sido una constante de su vida. La respuesta a esta pregunta es muy importante porque aunque es evidente que Moreno traicionó al presidente Correa lo cual es el problema menor, toda vez que lo más relevante es el carácter pernicioso que lo llevó -con premeditación y alevoso cálculo- a engañar a millones de ecuatorianos que le dieron su voto pensando que iba a dar continuidad al proceso de la revolución ciudadana que se inició en 2007 y que cambió sustancialmente la vida del país.

La traición tiene nuevo nombre: Lenín Moreno

Eso tampoco debe sorprender, en tiempos de Trump, Bachelet, Macri, Bolsonaro, Abdo Benítez, Uribe, Mujica, Kuczynski, Peña Nieto y otros, la simulación, los ardides y la utilización del pueblo con fines políticos personales y de grupos se ha transformado en la panacea de la democracia. Esta ha dejado de ser un instrumento para servir al pueblo para mutar en un instrumento para servirse del pueblo en pro de objetivos propios.

La democracia ha dejado de ser el gobierno de las mayorías, para ser el gobierno que sirve a las minorías. La democracia ha dejado de ser el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo para ser el gobierno de los ricos, por los ricos y para los ricos.

Es lo que ha hecho Moreno: en sentido estricto es solo un simple traidor, sin embargo debe considerarse que en su condición de gobernante ha seguido la impronta de lo que siempre ha sido y lo que con astucia ha logrado encubrir. De hecho, su carrera política en la administración pública comenzó en el gobierno del destituido Abdala Bucaram y continuó unos años después durante los gobiernos nada santos de Gustavo Noboa y Lucio Gutiérrez.

Una de las cosas de las que adolecieron casi todos los gobiernos progresistas de los primeros años del siglo XXI es la ausencia de una política de cuadros y una extrema debilidad del papel de los partidos políticos que soportaban esos gobiernos a favor de líderes sacramentados considerados casi infalibles que fomentaban las promociones  a niveles superiores a partir de decisiones unipersonales basadas en elementos de carácter subjetivo que no consideraban la historia ni los antecedentes políticos de aquellos a quienes habrían de encumbrar a la categoría de líderes, sin serlo.

Sabedores de esta debilidad, la canalla mediática hacía silenciosamente su trabajo, ensalzando a sus candidatos con hábiles campañas que presentaban “cualidades” que les permitían a los designados ser susceptibles de “ascensos”, colocándolos para ello en la mira de los que unilateralmente decidían.

Aunque como se dijo antes, Moreno traicionó la confianza de Correa y engañó al pueblo, un análisis estricto lleva a concluir que en términos ideológicos no es un traidor, porque la traición es una actitud que se asume en contra de algo en lo que se cree y Moreno nunca ha creído en nada más que en su gloria personal, propia de personajes que se sienten disminuidos, a partir de lo cual generan complejos que los hacen actuar a la defensiva, atacando y agrediendo.

Esto es absolutamente normal que ocurra en la vida, lo que no es corriente, es que lo acometa el presidente de una nación. Moreno ha sabido acomodar su discurso a través de las épocas y de la moda, fue de izquierda cuando ésta estaba en el boom, después asumió una retórica empresarial y a continuación adoptó un sesgo social demócrata para hacerse más apetecible en ciertos sectores que lo aupaban, para posteriormente acoger la revolución ciudadana cuando el pueblo mayoritariamente la hizo suya. Ahora, en tiempos de Trump, es un neoliberal, pro imperialista y anti integracionista para seguir poniéndose en la dirección de los vientos que soplan.

He consultado con académicos en el ámbito de la sicología, si la traición es una sicopatía, algunos han rechazado esa idea y me han dicho que en la casi absoluta totalidad de los casos, el traidor no se considera en esa calidad, al contrario, creen que están haciendo lo correcto y que son incomprendidos. Para otros especialistas, la traición no es una enfermedad mental, pero si una incapacidad de manejar las tensiones internas, es decir es una falla de la personalidad. Lo terrible en este caso es que se produzca en la personalidad de un jefe de Estado.

A este respecto, el reconocido sicólogo venezolano Alberto Barradas expone que la traición está relacionada directamente con el narcisismo entendido como «…la complacencia excesiva en la consideración de las facultades propias», lo cual genera una tensión sicológica entre esa «excesiva consideración propia con el deber de mantener lealtad».

Continúa explicando que esto ocurre porque mientras la lealtad tiene que ver con los otros, el egocentrismo responde a uno mismo. Agrega que el traidor tiene que resolver de forma permanente la contradicción entre la «lealtad a una idea o persona y su propia necesidad personal egosintónica» por lo que «el traidor es obligatoriamente vencido por sus fuerzas narcisistas y su necesidad del yo. Al final el traidor es un autofracasado”.

Barradas explica que los traidores generan una “habilidad compensatoria” que tiene su origen en una deficiencia de la personalidad, por lo que la traición nace para subsanar esa falla, la cual, con frecuencia  se convierte en inteligencia y astucia. De la misma manera, el traidor suele tener una personalidad obsesiva como forma de manejo de la pugna entre la lealtad y egocentrismo, todo lo cual se desarrolla con el objetivo de reprimir su baja auto estima, que lo conduce a una mala autovaloración que lo hace sentirse mal.

A diferencia de otros colegas, Barradas concluye diciendo que: “En este sentido, el traidor se sabe traidor y conoce su poca valía, eso lo lleva a traicionar más, para con su éxito, sentir que compensa su pequeñez” por lo cual no va a dejar de traicionar sencillamente porque no puede dejar de hacerlo. En ese marco: “Todos los procesos que impliquen símbolos de éxito (poder, fama, dinero, etc.) serán los objetivos del traidor para compensar su falla”

Este podría ser el sustento que explique las acciones de Lenín Moreno, las que no pueden verse en el terreno estricto de lo objetivo y lo racional, hay que ir más allá y tener amplitud de miras para percibir que nos encontramos ante una persona que está obsesivamente actuando con la necesidad de “compensar su pequeñez”, sabiendo además que no “va a dejar de traicionar porque no puede hacerlo”

De esta manera se puede comprender que haya entregado a Julian Assange a la justicia imperial incluso a costa de la violación de la soberanía de su propio país, así también se puede entender que haya firmado un acuerdo con el FMI, lesivo a los intereses del Ecuador porque significará una reducción de su PIB per cápita, un mayor desempleo y una mayor inestabilidad macroeconómica que afectará principalmente a los sectores más humildes, por las mismas razones se propone entregar las Galápagos, patrimonio de la humanidad, a Estados Unidos para que esta potencia pueda utilizar el aeropuerto de la isla de San Cristóbal como base aeronaval del Comando Sur, bajo el inmoral argumento dado por el Ministro de Defensa, Oswaldo Jarrín, quien dijo que  “Galápagos es un portaviones natural”, violando de esa manera el artículo 5 de la Constitución Nacional que prohíbe la instalación de bases militares extranjeras en el país.

Esa personalidad obsesiva “para compensar su pequeñez” es la que lo lleva a ensañarse con Jorge Glas, quien fuera su vicepresidente, ordenando se violen todos sus derechos y haciendo que su vida corra peligro como lo certificó una comisión de diputados honestos del Parlamento Europeo que constataron in situ las condiciones infra humanas en que se encuentra detenido al punto tal que propondrán a la Eurocámara que Ecuador sea expulsado del Acuerdo con la Unión Europea por violación a los derechos humanos. Glas fue acusado en un juicio pleno de irregularidades, aunque su sentencia aún no está firme, faltando aún la revisión de un recurso de casación, que se hará en septiembre próximo. Por instrucciones directas de Moreno las condiciones carcelarias de Glas están al margen de cualquier norma de ese tipo en un país que vive un Estado de derecho.

Sin embargo, hay que decir que el valiente pueblo ecuatoriano ha comenzado a despertar con fuerza del letargo de la perfidia morenista. Así, a mediados de julio se desarrolló un multitudinario paro nacional en casi todo el país fue paralizado, removiendo las bases de la sociedad y del gobierno de Moreno: organizaciones de barrio, indígenas, estudiantes, centrales sindicales y transportistas entre otros, manifestaron su repudio al acuerdo con el FMI, al neoliberalismo y al entreguismo de la soberanía nacional por parte de Moreno. Su respuesta: la única que le queda, la represión violenta en contra del pueblo.

Esto es lo que ha llevado a que en una encuesta realizada en Quito y Guayaquil y dada a conocer el pasado martes 30 de julio, el 84,06% de los ciudadanos consultados considerara que la gestión presidencial de Moreno era mala, así mismo ante la pregunta de si Lenín Moreno como persona le agradaba o desagradaba, el 74.69 por ciento manifestó que le desagrada el presidente de Ecuador. Es normal, nadie quiere y a nadie le gustan los traidores.

Vale recordar un pasaje del “Rey Lear”, la obra de William Shakespeare, en el momento que el rey toma conocimiento de que su hija Regan lo ha traicionado dice que eso era “…peor que asesinar”. Esa es la verdadera dimensión de la macabra obra de Lenín Moreno como presidente de Ecuador, quien se ha transformado en un asesino de la confianza de su pueblo.

Sergio Rodríguez Gelfenstein para La Pluma, 2 de agosto de 2019

Editado por María Piedad Ossaba