Colombia: El besamanos nacional

Porque el amo mayor está allá arriba del mapa. Y tiene por estas breñas muy aplicados pastores y peleles, expertos en besamanos

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Todos los caminos, los hechos, las situaciones palmarias, nos conducen a decir que somos parte de una republiqueta operática, de un sainete sin arte, de un espectáculo de muñecos, en el que una marioneta triste y desmadejada la manejan de adentro y de afuera. Uno, en medio de las continuas expresiones de injerencia en los asuntos internos, se pregunta si somos un país soberano o solo, como parecemos, una suerte de “protectorado” USA.

 

Nos hemos convertido —no es ninguna novedad— en patio trasero, en solarcito con minas y biodiversidad, en neocolonia, y cada vez más los acontecimientos recientes prueban el aserto. Para no ir muy lejos, desde adentro nos dan órdenes, nos muestran el “norte” (¿acaso otra vez el respice polum?), cómo obedecer, cómo no salirse del redil y en caso de hacerlo, pues, mínimo, te quitamos la visa y listo. El embajador de los Estados Unidos en Colombia, Kevin Whitaker, ha iniciado una cabalgata de intervenciones en los asuntos internos de un país presidido por un títere.

Las intromisiones más evidentes sucedieron en abril, cuando el representante gringo convocó una reunión con congresistas colombianos en fechas previas a la votación de las objeciones presidenciales a la ley estatutaria de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP). “El congreso debe aceptar las objeciones”, les dijo el dignatario imperial durante un indigesto desayuno. Al paso, con altiva protesta, salieron los de la bancada alternativa.

Federico Gutiérrez y Kevin WhitakerEn abril de 2018, el alcalde de Medellín Federico Gutiérrez le hizo entrega del collar de arepas y del ‘paisaporte’ al embajador Kevin Whitaker. Foto: Cortesía Embajada de EE. UU.

 

“Consideramos que no hace parte de las funciones diplomáticas de su embajada en Colombia intervenir en los debates legislativos y constitucionales que se están desarrollando en las distintas ramas del poder público con relación a la justicia transicional y al proceso de paz”, fue parte de la comunicación en contra del abierto entrometimiento de los Estados Unidos a través de su embajador.

Toda esta trama intervencionista tiene sus antecedentes en el tratamiento que el presidente de EE.UU. ha hecho del monaguillo que tiene en Colombia. No solo lo trata como un pelele, un “descaracterizado”, con el que puede trapear y barrer, sino como una ficha que, a su vez, tiene adentro un manejador criollo. Lo puso como un operador de los intereses que Washington tiene en derrocar al presidente de Venezuela y en los recursos naturales del vecino país. Lo regaña como a un tonto inútil por asuntos de narcotráfico, de cultivos de coca, de la presencia de la droga en los mercados internos de Estados Unidos, que tiene los mayores consumidores de la “blanca” nacional.

La obsecuencia del presidente colombiano, el mismo del “cerco diplomático” a Venezuela, ha sido manifiesta. Es apenas una “leve brizna” de la geopolítica estadounidense en América Latina, donde en los últimos tiempos la ultraderecha ha sido otra vez puesta como parte del ajedrez movido por la Casa Blanca. Ah, y no se pueden dejar de lado los vastos intereses de las corporaciones. Los “pellizcos” de Trump a su acólito tienen todo que ver con el mercado y usos del glifosato, el mismo que, según el fiscal general colombiano, es tan dañino como el café, o, en la voz de la vicepresidenta, puede ser tan fregado como “tomarse 500 vasos de agua”.

A propósito de los vasados de agua, será por eso que no es conveniente, según la visión tremendista de la vicepresidenta, que en muchos pueblos colombianos tengan agua potable. O que sea mejor desviar ríos (como el Ranchería) para que sirvan a conglomerados económicos, al tiempo que, como sucedió en la Guajira, se mueran decenas de personas por falta de agua.

Y hablando de soberanía, no faltan los áulicos que dicen que eso está pasado de moda, que el mundo es otro, que ya los “estados nacionales” no existen. Su teórica labor de zapa está al servicio de los intereses de las transnacionales y del imperio. De esa mesnada forman parte congresistas, ministros, periodistas o, más bien, calanchines de grandes medios informativos… Es amplia la troupe de adláteres y cipayos. Todos al servicio de la sumisión y la prostitución política.

Ante los constantes ataques y ofensas a la dignidad nacional no se conocen reclamos ni repulsas, por ejemplo, del canciller. Qué importa si les quitan las visas a unos magistrados, es una decisión autónoma de quienes la conceden. Sí, pero, en este caso, es evidente la presión para que se aprueben las objeciones presidenciales a la JEP. Es una acción a modo de escarmiento o de sutil advertencia a los que se opongan a la conjura contra el proceso de paz.

En efecto, somos un país sin autonomía, manejado por los de siempre, al servicio de los intereses extranjeros y de los de unos cuantos intermediarios, mandamases, dueños de la finca. O codueños. Porque el amo mayor está allá arriba del mapa. Y tiene por estas breñas muy aplicados pastores y peleles, expertos en besamanos.

Reinaldo Spitaletta para La Pluma, 15 de mayo de 2019

Editado por María Piedad Ossaba