¡Sicario, sicario, sicario!

Y digo que la palabreja, tan aterrante y mortífera, está de nuevo en boga en el país no porque haya desaparecido la modalidad del sicariato. Más bien se ha perfeccionado. Está de moda porque se pronunció en el Senado, tres veces: “¡Sicario, sicario, sicario!”

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En la tragedia de Macbeth, un hombre al que el poder obnubila y cuenta además para esa alucinación sangrienta con el concurso de su mujer, las brujas y los sicarios juegan un rol simbólico fundamental: la de leer el destino de un sujeto enceguecido por las ansias de sangre y de trono. La palabra sicario, de nuevo en boga en Colombia, tiene raíces antiguas, aunque su presencia más que metafórica se haya extendido por estas tierras más afincadas en la guerra que en la paz.

El latín, que no es lengua muerta, aunque su partida de defunción haya sido decretada hace tiempos, tiene la palabra sica, que nombra a una suerte de instrumento cortante, de filo curvo y aguda punta, mejor dicho, un puñal (tan cantado por juglares y otras gitanerías). Derivada de “secare”, que es cortar, la pequeña herramienta dará origen a la palabra sicario en los tiempos de la ocupación romana de Palestina.

Los “sicarios” eran los miembros de una secta judía, también denominada los “celotas” o los “zelotes” (ver las historias de Flavio Josefo), que usaban con propiedad el sica, con el que apuñalaban a miembros de la soldadesca romana o a sus simpatizantes. El sica era fácil camuflarlo en los pliegues de las túnicas. Se ha dicho, tal vez con equivocación, que el apelativo de Judas Iscariote vino de la palabreja sicario, cosa que parece errada, porque, según gentes como Borges o como el escritor antioqueño Mario Escobar Velásquez, por ejemplo, se origina más en el nombre del pueblo de su nacimiento: Kariot.

Flavio Josefo

El tiempo, que todo lo cambia, lo arruga o lo alisa, lo desaparece o lo incluye en la eternidad, trocó la palabra para denominar entonces a los asesinos a sueldo, criminales por encargo, con paga para su mortífero oficio, parte de la nómina de los desalmados, entre los que, claro, están todos los que en Colombia han sido. Y sicarios fueron los que asesinaron a Galán y a Guillermo Cano y a Lara Bonilla y a Pizarro León Gómez y a Bernardo Jaramillo y a un general de la policía… Es extenso el catálogo de los asesinados por el sicariato en un país donde la violencia no ha sido solo simbólica.

Y digo que la palabreja, tan aterrante y mortífera, está de nuevo en boga en el país no porque haya desaparecido la modalidad del sicariato. Más bien se ha perfeccionado. Está de moda porque se pronunció en el Senado, tres veces: “¡Sicario, sicario, sicario!”, y el pronunciador fue nada menos que el líder del Centro Democrático, y se las endilgó a un dirigente de oposición.

 

El altercado, o la articulación de estas palabras en un recinto que se ha pensado para el debate político con altura, para el ejercicio de la inteligencia y el desacuerdo civilizado, es toda una convocatoria a la violencia simbólica, que, como sabemos, entre esta y la real, la física, hay apenas un pasito. Y más en días en que irresponsables dirigentes de la ultraderecha juegan al insulto, se apoyan en la mentira como táctica política y desvirtúan la dialéctica de la razón y de la confrontación ideológica.

En un país en el que las mafias del narcotráfico (y de la política) se han adueñado no solo de mercados e infraestructuras sino de la cultura (desde hace rato se instauró la “cultura mafiosa” en Colombia), y aupado los comportamientos en contra de la convivencia y de la resolución de conflictos más por la razón que por las armas, no deja de entrañar riesgo el insultar a otro con palabras de “alto calibre”.

Y aunque no sea extraño en el emisor de la trinidad sicarial (no le quita su agresividad el haberlas dicho en voz baja desde su curul, igual quedaron registradas y se volvieron “vox populi”) que haya vuelto costumbre y estilo de trabajo este tipo de agresiones (¿recuerdan la temeraria acusación que le hizo a un periodista de ser “violador de niños”), no es permisible desde la perspectiva del debate y la confrontación de posiciones e ideas caer en la vulgaridad y, más que todo, en una especie de llamamiento —entre sutil y abierto— a la violencia.

En un país donde la costumbre ha sido la resolución de las contradicciones por vías violentas, donde mafiosos y ciertos políticos han empleado el sicariato para acallar y borrar al otro, no es admisible que un dirigente apele a expresiones de baja estofa contra uno de sus opositores. Y todo, además, para irse en contra de un proceso de paz que, quiérase o no, ha reducido los niveles de violencia en una nación que requiere soluciones socioeconómicas y políticas de fondo más que gotitas de valeriana.

Reinaldo Spitaletta para La pluma, 1 de mayo de 2019

Editado por María Piedad Ossaba