Argentina: hacia una imagen política que dé cuenta de sí

La imagen se dirige ya no a todo el pueblo, sino específicamente al sujeto maldito del neoliberalismo, las gorras, las llantas, la cumbia.

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Lucas SaporosiEl panfleto

La tarea de indagar en una serie de panfletos y afiches políticos contemporáneos de nuestro país, lleva inscripta una operación analítica en torno a una forma singular de la retórica: la consigna. ¿Qué es una consigna? Un modo del discurso que opera unilateralmente, conciso y urgente, y que tiene el poder de traducir en signo de agitación un programa político. Poder de consignación. El panfleto para la consigna es una zona de vitalidad. La distinción es meramente analítica. Courier, al maldecir ese papel -ese veneno impreso-, no hizo más que glorificar un acta de interpelación. Maldecir, ergo, interpelar. Un veneno que fulmina la inocencia, un riesgo, ante todo.

Esa totalidad, panfleto y consigna, tiene, entonces, valencia interpelatoria, obliga a responder y crea las condiciones para un intercambio. Basta ya! Huelga general! A resistir! O, simplemente, Unite. Una claridad infalible, claro, no podría ser de otro modo.

1. Unite

El panfleto aborda en acto, en mano. La prerrogativa cordial se abisma, como el canto de las sirenas, y, acto seguido, la compañera le dispara de sus manos, un arma de seducción. Vocifera en la multitud, pero individualiza su (pronta) entrega. A quien lo hace, le evidencia una verdad, un instante de su verdad, y lx obliga a pronunciarse. Le provoca un salto en su convicción, le disloca su confort y le solicita una atención, casi extranjera. Lx interpela.

Existe una interpelación panfletaria que es producto de un lugar de enunciación que pretende conversar, pero, sobre todo, pretende invocar, atraer, sin más (ni menos). Una conversación con una referencia inaugural, un punto de partida. Es un gesto indicativo, «este es el camino correcto», «no otro», «no el suyo», afirma sobre un terreno que la expone, so pena esquiva de no volverse a ver. Es un gesto orientativo, cautivante, genuino. No elude, apunta; no busca buenos modales, sacude; no endulza el oído, lo desborda, con datos, consignas y programa. ¡Desborde, exceso, que más cautivante que eso!

La compañera dice «Es por acá, no por allá. Es por acá, es por acá».

Pero hay algo más. Esa interpelación panfletaria, así como indica, también objetualiza. Tiende a convertir al otro, bajo discreto encanto, en objeto de persuasión. Tiende, insisto. Opera en un intercambio que lo delimita una zona de previsión. Una garantía contra lo intempestivo de un encuentro, un resguardo ante el riesgo. En ocasiones, el panfleto tiene todo dicho y, por tanto, prefigura respuestas racionalmente esquivas. Pareciere una imagen que oscila en una dualidad: o convence a los convencidos o insiste en su atracción. La dualidad, digo, puede quitarle su acontecimiento.

¿Puede un panfleto contrarrestar este peligro que surge del modo de su interpelación? ¿Puede un panfleto ser no panfletario? ¿Puede sostener el gesto indicativo, incisivo, apologético sin la preexistencia objetualizante de ese otro a quien interpela? Puede que sí. El panfleto podría urgir el camino a tomar y, a la vez, contribuir a crear una reflexión conjunta en el intercambio público, si y solo sí, evidencia esa limitación constitutiva. Si y solo si, asume su enunciación exponiendo este peligro fundante, haciéndose cargo de su restricción. Un panfleto reflexivo que interpele a otro y, a la vez, que se interpele a sí mismo. Un panfleto que dé cuenta de sí y que, más que negarse, se asuma falible y que invoque, más que impere, una reflexión conjunta. Una conversación.

Atenta a esta cuestión, la organización encauza. Propone un panfleto:

2. Ella le gana

Ella le gana

¿Quién gana? Ella. Una imagen sin nombre pero que todxs conocen, que todxs ven. La consigna ya no es un imperativo, es un sintagma cuya referencia está espectralmente por venir. Una figuración fantasmática en lo discursivo, mas no en lo visual. Como todo espectro.

Esta consigna, entonces, requiere de un intercambio para que ocurra, un cruce verbal, un gesto confabulatorio, una mirada cómplice, una escena de contacto con el pasado común. El panfleto evidencia a esa conducción triunfante, pero no se la pone en palabra escrita. Se la afirma en una referencia táctica, no tácita, visualmente táctica: su imagen, sonriente, a color – no meramente celeste y blanco- secundada por varones, sus hombres, que, juntos, admira(n) un porvenir, un orden deseado; ella cruza sus manos y sostiene una mirada serena. Ella le gana. Así, la representación de la conducción opera en un devenir: ancla y cede, como ciclo vital; sedimenta y desplaza. Y explicita una zona de combate: ganar, vencer, venceremos, no se gana sin confrontación sobre la arena pública.

El panfleto crea entonces las condiciones para una enunciación y para una escucha; una escena de reconocimiento compartido, que evidencia ese secreto a voces: no sólo su candidatura –se da por sentado- sino su triunfo. Un acta impresa que se corre, no mucho, de la lógica panfletaria objetualizante y se sumerge, no del todo, en una zona imprevista con el otro. La consigna es una respuesta a una pregunta implícita, pero que aún sostiene esa vocación correctiva: aclara, responde, asiente. Vuelta hacia sí, la imagen habla de ella, aunque todavía limitadamente.

Ella le gana. ¿A quién le gana? ¿A los varones que secunda? ¿A quienes súbitamente hunden la patria o la matria en las profundidades de la geografía neoliberal?

3. Matria

Lo afirmo: el sintagma tiene como interlocutor a quien ha consolidado, como buen patriarca neoliberal, una política de lo siniestro. Frente a ello, una visualidad femenina de conducción, una contracara absolutamente otra.

El afiche- panfleto

Para abjurar tal peligro, se requiere modelar el acto por excelencia de la conducción: sacar del fango y construir una escena de intercambio que pueda liberar una reflexión política mancomunada, sin objetualizar al otro. Surge, entonces, una política de la imagen que explicita el antagonismo fundante de nuestra sociedad contemporánea: pueblo-oligarquía.

                      4. Nunca Macri  5. Nunca Macri

6. Nunca Macri En este caso, el acta de impresión es un afiche, no un panfleto, que ha irrumpido públicamente en el día más importante de cada año, el 24 de marzo. Siempre seremos Rodolfo, Osvaldo, sus lápices, la poesía, pero nunca Macri, Nunca Más, Macri. Lxs nuestrxs arriba, rodeadxs de sus insignias, las marcas del pueblo, y en gesto desafiante. Abajo, ellxs, en fondo abismalmente negro, súbita mirada imperial, y falsa verborragia gestual. Un montaje de atracciones que nos sintetiza la histórica lucha de clases y los modelos de país, antagónicos e irreconciliables. Esa imagen dialéctica desancla violentamente la inocencia de cualquier visualidad y en un acto de iconoclasta invoca la reflexión, ante un pueblo que circula, fotografía y viraliza la imagen de la imagen. Un afiche dinámico, inquieto, en postproducción y que se ha vuelto panfleto, en la virtualidad, pero, como se sabe, lo virtual es material.

He aquí un movimiento singular: dislocar y religar. El afiche, devenido panfleto, interpela la atención e inscribe su reflexión en la genealogía de una memoria. Quienes estamos de un lado, nos religamos con quienes históricamente estuvieron de este mismo lado. Lo mismo, para la zona oligarca. Las variaciones y matices del continuum, quedará para otro momento. En la construcción política de la imagen, la memoria del antagonismo es fuente de disputa y trama afectiva transgeneracional. Este afiche hace acta impresa de una memoria politizada, maldita, que no se reconcilia, sino que profundiza, ahora con gesto, la senda correcta de un país devastado, la senda del amor y la igualdad.

Pero esta política de la imagen, requiere de una última operación: ya se ha señalado la senda correcta y evidenciado el antagonismo fundante de la enunciación, ahora se trata de interiorizar esos movimientos en la configuración misma de la imagen. Nos referimos a la necesidad de construir un artefacto visual que dé cuenta de sí, aún en el instante de peligro; una retórica que indique y que explicite su posicionamiento, no sólo ante el fervor eleccionario, sino ante el modelo de acumulación, pero que sea, a la vez, interpelatoria y formativa para el pueblo. Y sobre todo que apele a una constelación de sentidos cercanos, recurrentes, cotidianos, festivos y afectivos.

7. Pare de sufrir

El “Pare de sufrir” se orienta en esta dirección. Conjuga la toma de posición y la toma de partido, de Didi-Huberman. Asume que la dimensión afectiva del sufrimiento es posible de contrarrestarla. Nada más ni nada menos. Se superponen dos lógicas de enunciación populares: una, el llamado reconocidamente evangelista; dos, el mundo de la bailanta. Ambas traducidas en este afiche, operan como una invocación ético-política que le habla específicamente a los sujetos más dañados por las políticas neoliberales: los sectores populares, pero, sobre todo, la negrada. A ellxs se lxs convoca para conversar, desde su lengua.

El antagonismo se incorpora en el seno popular. No es todo lo mismo.

La imagen se dirige ya no a todo el pueblo, sino específicamente al sujeto maldito del neoliberalismo, las gorras, las llantas, la cumbia. Arriesga la difícil tarea de incidir en ese sentido arraigado, cualunque, hostil y frente a quienes se ha demonizado a esa conductora que de allí se pronuncia. CFK se inscribe.

La imagen vuelve a proponer una consigna clara, pero es recuperada (y violentada) de otros universos de enunciación, cercanos y reconocidos. Una alusión que se planta reflexiva sobre la arena pública, da que hablar y, por tanto, deviene comunitaria. Se desplaza de la objetualización, ya por su simbología o por su apuesta a múltiples constelaciones. En la misma conversación que genera la imagen se habla de CFK, del fantástico bailable o del pastor evangelista. Los significantes no más que nudos en la garganta, restos de saliva, gritos desaforados. Son, en tanto comunidad.

“Pare de sufrir” habla y habla de sí. Sus bordes se languidecen y sus reapropiaciones son permanentes. A quienes se les presenta, la miran con extrañeza o con fervor, con un golpe en el pecho o con la serenidad de la comprensión, pero no se la ignora. Requiere de una agencia visual que obliga a pensar qué es eso y a ponerlo en palabra, con otrxs en tanto otrxs. Y, al hacerlo, se asume una responsabilidad fundamental y compartida: responder ante la intemperie neoliberal es recuperar la promesa de felicidad.

Lucas Saporosi

Frente de tormentas

Las imágenes utilizadas fueron tomadas por el autor (4, 5 y 6) y sacadas de las plataformas de Unidad Ciudadana y Patria Grande (1, 2 y 3)

Fuente: Negra malatesta – Relámpagos – ensayos crónicos en un instante de peligro, 20 de abril de 2019