El inevitable declive estratégico de Estados Unidos (I y II)

Estados Unidos ha encontrado a Trump para que los salve de la inercia del fracaso de la unipolaridad post guerra fría y del fiasco de su política económica en los últimos 40 años, todo lo cual conduce al fin de la hegemonía que han sostenido por los últimos 120 años.

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Hace unos días me preguntaba si la extrema agresividad de Estados Unidos que mantiene en vilo la estabilidad del sistema internacional era expresión de fortaleza o de debilidad de la potencia imperial. Al respecto afirmaba que la respuesta a tal pregunta arrojaría luces respecto de los escenarios de futuro que es posible esperar.

La historia enseña que el proceso de decadencia y caída de los grandes imperios que han existido a través de la historia guardan ciertas similitudes independientemente de la época que han ocurrido, la fase del desarrollo de la humanidad en que se produjeron y los grados de avance tecnológico existentes en el momento histórico de su transcurso hacia el declive definitivo después de vivir largos períodos de auge que hacían suponer su eternidad hegemónica.

https://ep01.epimg.net/elpais/imagenes/2014/10/08/opinion/1412793972_572614_1412869227_noticia_normal.jpgEULOGIA MERLE, El País

En la modernidad, tal desenvolvimiento se ve magnificado por la acción de los poderosos medios de transmisión de noticias que son capaces de fabricar circunstancias, contextos y situaciones que entrañan realidades emanadas de la ficción, a tal punto que la Academia Española de la Lengua ha aceptado como válida una nueva palabra para describirlo: “posverdad” definida como una distorsión preconcebida de la realidad, con el objetivo de implantar y modelar la opinión pública a fin de ejercer influencia en las decisiones que la ciudadanía tome en materia política y social, en condiciones tales que los hechos objetivos pierden predominio, toda vez que las emociones y creencias personales pueden ser configuradas mediáticamente.

Esto pretendería extender a las ciencias sociales, un principio de la física cuántica que establece que es posible que dos personas puedan obtener resultados antagónicos al observar la misma realidad, de lo que se concluye que es posible que coexistan más de una realidad al percibir un mismo fenómeno. Este fundamento permite a los medios informativos construir realidades propias e incluso falsas y transformarlas en verdades, a través de la manipulación de la psiquis de los individuos. Poco importa que a posteriori se demuestre la falsedad de la información dada a conocer. El cerebro humano ya habrá grabado la primera revelación, sabiendo que se han estudiado métodos a través de los cuales el desmentido -si se hiciera- pasa a ser irrelevante ante la fuerza con que se hizo público un acontecimiento que no necesariamente ha ocurrido. El daño ya está hecho.

Como opina el sociólogo español Miodrag Borges, experto en neuromarketing, neuropolítica y comunicación “… a partir de 2012, el neuromarketing se convertiría en la base de los estudios políticos vinculados a las estrategias de campaña”.

Borges cita al doctor Matthew Sauvage, de la Universidad George Washington de la capital estadounidense quien elaboró una tesis doctoral sobre neuromarketing político en la que señala que las campañas políticas dependen de datos e información precisa sobre los votantes, incluyendo sus gustos e intereses, sabiendo que de esa manera es posible captar mejor al público y trazar estrategias ganadoras.

En estas condiciones, el neuromarketing se convierte en un instrumento de valor superlativo porque “permite añadir una capa extra de información para analizar aspectos tales como anuncios de televisión o los discursos. En lugar de preguntar a alguien sobre sus pensamientos acerca de un candidato o un anuncio de televisión utilizando por ejemplo un grupo de discusión, se mide cómo reacciona su cerebro, de manera que se puede acceder a ideas sin sesgo, acerca de cómo la persona realmente reacciona a esos estímulos”

En la actualidad, nociones como el éxito del capitalismo, la invencibilidad de Estados Unidos, su superioridad científica y tecnológica, las óptimas condiciones de vida de su sociedad, la imperiosa necesidad de adoptar sus usos, costumbres, hábitos y gustos, su hegemonía militar, el predominio de su cultura, valores y principios y la preeminencia de su sistema político hacen suponer a buena parte de la humanidad que el triunfo de la potencia norteamericana es irreversible y eterno y que no existe alternativa válida para construir un mundo mejor. Estas ideas han estado siendo sembradas durante años en el cerebro de los ciudadanos, sin que tengan la mínima percepción de ello, por tanto no pueden reaccionar porque llanamente piensan que “eso es así” y no tiene posibilidad de modificación.

El problema para Estados Unidos es que esto ha comenzado a cambiar, en tanto se empieza a manifestar cierta superioridad económica, científica, tecnológica y militar de China y de Rusia, lo cual está configurando el eje principal de la conflictividad global actual. El trance generado por Estados Unidos contra la empresa china Huawei es la expresión más reciente y clarificadora de esta situación.

Más allá de la sensación de victoria que se pretende mostrar, el capitalismo no se puede adjudicar éxitos que avalen tal situación. En el mundo de hoy, 821 millones de ciudadanos pasan hambre, es decir el 12,9% de la población mundial; 1100 millones viven en condiciones de extrema pobreza y 2.800 en situación de pobreza, 14,5 y 36,8% de la población mundial respectivamente. La nutrición deficiente es la causa de muerte del 45% de los niños menores de 5 años, 3.1 millones de niños mueren anualmente por esta causa, 8.500 por día; 66 millones de niños asisten a clase con hambre en los países subdesarrollados. Según la Unicef se necesitan 3.2 mil millones dólares para solucionar este problema, un poco menos que lo que cuesta un destructor de los 64 que tiene la Armada de Estados Unidos a fin de desparramar muerte por el mundo. 

Así mismo, 2.100 millones de personas no tienen acceso a agua potable y 4.000 millones (más de la mitad de la población mundial) carece de saneamiento seguro según la OMS y la Unicef; 264 millones de niños no asisten a la escuela. Todas estas cifras no consideran que según la Unesco en el mundo hay alrededor de 350 millones de personas que no existen, es decir que no tienen ningún tipo de registro de su vida, por lo tanto no son sujeto de estadísticas. ¿Puede entonces considerarse que el sistema económico que rige el planeta es justo? Y que es un éxito que se debe sostener y extender, cuando se sabe que en el planeta existen los recursos necesarios para que todos los habitantes del globo tengan sus necesidades básicas resueltas y su porvenir de vida se inscriba en los ideales que la humanidad ha trazado para todos, no sólo para una minoría.

Todas estas cifras no consideran que según la Unesco en el mundo hay alrededor de 350 millones de personas que no existen, es decir que no tienen ningún tipo de registro de su vida, por lo tanto no son sujeto de estadísticas. ¿Puede entonces considerarse que el sistema económico que rige el planeta es justo? Y que es un éxito que se debe sostener y extender, cuando se sabe que en el planeta existen los recursos necesarios para que todos los habitantes del globo tengan sus necesidades básicas resueltas y su porvenir de vida se inscriba en los ideales que la humanidad ha trazado para todos, no sólo para una minoría

Sin embargo, cuando uno observa el gasto militar de Estados Unidos, es fácil concluir que la solución de los problemas de la humanidad no es de su interés. Hace solo unos días se dio a conocer el presupuesto que el presidente Trump envió a la Cámara de Representantes para el año 2020. En esta propuesta, la Casa Blanca está pidiendo un recorte en el nivel general de gastos no relacionados con la defensa en 5% el próximo año por debajo de los límites de gastos federales actuales, una reducción de casi 30.000 millones de dólares, de la misma manera pide que el gasto militar sea aumentado en un 4,7% a 750.000 millones de dólares, en comparación con los 716.000 millones de dólares de este año. Es evidente que Estados Unidos pretende salir de la crisis mediante la guerra, la agresión y el conflicto, de lo que se deduce que su voracidad imperial crecerá aún más en los próximos años. 

Toda vez que los recortes en este presupuesto, incluyen los gastos del departamento de Estado, hasta altos mandos militares retirados de las Fuerzas armadas de Estados Unidos entre los que se incluyen a los ex generales David Petraeus y Anthony Zinni y al ex almirante James Stavridis consideraron que poner el énfasis en el Departamento de Defensa y menospreciar el trabajo del Departamento de Estado, “socava la seguridad y el liderazgo de Estados Unidos” Aducen que solos los militares no pueden garantizar la seguridad del país, por lo que hicieron un llamado al Congreso a proteger el financiamiento del Departamento de Estado. Por supuesto, no hicieron ninguna alusión a las reducciones para salud y educación ni para cooperación internacional, asuntos que no son de su interés.

En términos de mirada estratégica esta visión de los militares, que sin duda refleja la opinión de los que están activos y no pueden hacer consideraciones política de manera pública porque la ley se lo prohíbe, refleja la preocupación suprema de uno de los principales sostenes del poder imperial, del se están alejando por la manera errática e improvisada en que están siendo dirigidos por una camarilla tan extremista que incluso -desde su opinión- pone en riesgo la seguridad de Estados Unidos.

http://tlaxcala-int.org/upload/gal_5992.jpgDeclive y caída del imperio yanqui, por Roger Brown, 1985

No obstante, en términos económicos la idea de que Estados Unidos pueda superar su crisis económica no pasa de ser una quimera, con todas las repercusiones que ello tiene para la estabilidad del sistema internacional: apreciar que la economía de Estados Unidos se puede apuntalar en el mediano plazo, parece bastante incierto. En lo inmediato hay que recordar que durante su campaña electoral Trump prometió que eliminaría la deuda interna antes de concluir su cargo al frente de la administración de su nación, pero la propuesta de presupuesto que acaba de entregar al Congreso proyecta que la deuda nacional se incrementará a 31 billones en 10 años, así mismo expandiría el déficit del presupuesto federal a 1.1 billones de dólares en el próximo año fiscal, al tiempo que exigiría equilibrar el presupuesto para 2034 al conjeturar que la economía podrá crecer más rápido de lo que la mayoría de los economistas anticipan.

En este sentido, vale decir que como nos recuerda Armando Negrete, académico del Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM de México, la economía estadounidense viene manifestando una tendencia a la baja en el ritmo de su crecimiento desde la década de los sesenta del siglo pasado. El investigador mexicano explica que en 1984, la economía estadounidense creció a nivel del 6%, pero fue la última vez que lo hizo, sin poder sostener ese ritmo ni un solo año, al contrario, desde 1980 cuando liberalizó los mercados, su PIB per cápita creció 1,61% anual y apenas 0,6% desde la crisis de 2007. Vale decir que en ese mismo período de 40 años, China creció a un promedio de 9,6% anual.

Desde ese mismo año 1980 el saldo comercial de Estados Unidos ha sido deficitario de forma creciente, sobre todo porque ante el proceso de desregulación de mercados, apertura comercial y ampliación de las finanzas internacionales, las grandes empresas transnacionales estadounidenses optaron por desarrollar un gran ciclo de conexión productivo en el que a Estados Unidos solo le correspondió ser el consumidor final, generando una dinámica de sobre consumo de bienes que no produce, por lo que sus importaciones son mucho mayores que sus exportaciones, erigiendo un mercado interno en el que la demanda es mucho menor que la oferta, todo lo cual ha conducido a un gran déficit en su balanza comercial a lo cual Trump le ha encontrado falsas explicaciones que pretende resolver con sanciones y aumentos de aranceles, sin embargo al cierre de 2018 y después de un año de guerra comercial con China, el déficit comercial de Estados Unidos aumentó, al mismo tiempo que los consumidores de ese país tuvieron que pagar 4.4 mil millones de dólares por efecto del aumento de los aranceles a China, lo cual hace patente que tampoco esta guerra la están ganando.

Al respecto, Negrete afirma que la dinámica emprendida por Estados Unidos:”… deslocalizó la producción estadounidense hacia países con mayores niveles de productividad y menores costos, generó un aparato interno industrial/productivo menos competitivo y provocó una caída sostenida en la productividad del trabajo manufacturero. De manera contraria, China, mediante su política de apertura comercial planificada y el establecimiento de zonas francas industriales, desde 1980, atrajo esas cadenas productivas manufactureras hacia sus costas y promovió su integración al mercado mundial desde la esfera de la producción industrial con capital estadounidense, esencialmente, pero también europeo”.

Este diagnóstico puede arrojar algunas luces sobre la crisis actual y la situación objetiva de Estados Unidos para intentar salir de ella hacia adelante, lo cual –con el paso del tiempo- se ve más improbable en tanto su papel como potencia hegemónica ha comenzado el declive. Lo cierto es que la crisis de su economía es estructural en tanto manifiesta déficit comerciales crecientes, baja productividad y un exiguo crecimiento, a lo que suma una profunda crisis política y moral que obligó al sistema a buscar a un outsider que los salvara tras el agotamiento de soluciones en los márgenes del establishment. La recurrencia de Trump a sectores tan atrasados y retrógrados, que rayan en el fascismo, como forma de solución de los problemas, muestra una vía que probablemente establezca la realidad emanada del twitter presidencial como verdad absoluta, pero que en los hechos está distante de una autenticidad que permita salir de la crisis aunque los medios digan lo contrario.

Así como el revanchismo buscó a Hitler para que sacara a Alemania del marasmo de la crisis económica de la tercera década del siglo pasado y de la humillación de la derrota en la primera guerra mundial, hoy la estructura del poder real en Estados Unidos ha encontrado a Trump para que los salve de la inercia del fracaso de la unipolaridad post guerra fría y del fiasco de su política económica en los últimos 40 años, todo lo cual conduce al fin de la hegemonía que han sostenido por los últimos 120 años.

http://tlaxcala-int.org/upload/gal_5716.jpgDeclive del Imperio, por Mark Bryan

II

En la introducción de su libro “Auge y caída de las grandes potencias”, el historiador británico Paul Kennedy expone que su investigación refiere a la interacción entre economía y estrategia en la medida que las potencias luchan por aumentar su riqueza y poder para “llegar a ser (o por seguir siendo) ricos y fuertes”. Kennedy explica que en los últimos cinco siglos, la victoria y el éxito de cualquier poder planetario o el desplome de otro, ha sido consecuencia de largas luchas en el terreno militar, pero de la misma manera, en el desarrollo de estos fenómenos contradictorios ha ejercido gran influencia el uso más o menos eficaz de los recursos económicos y productivos del Estado en el momento de la contienda bélica de una parte, y de otra, la forma en que la economía de ese Estado había optimizado o declinado en relación con la de otras potencias que también han ejercido liderazgo en el período precedente. 
En el marco de las relaciones internacionales, los especialistas no se han puesto de acuerdo en cuanto a la periodización posterior al fin de la guerra fría y el mundo bipolar. Como he dicho en otras ocasiones, después de la desaparición de la Unión Soviética, el mundo vivió durante los últimos años del siglo pasado una década de caos en que pugnaron la intención de Estados Unidos de imponer un mundo unipolar y el interés de la mayoría de la humanidad de avanzar hacia un sistema multipolar de cooperación y paz. Esta contradicción solo pudo resolverse a favor de la potencia norteamericana tras las acciones terroristas del 11 de septiembre de 2001, que permitieron a Estados Unidos forzar la unipolaridad. Todo comenzó a marchar acorde los compases de la orquesta que se dirigía desde Washington hasta que la crisis económica y financiera que estalló en 2008 paralizó esa historia que según Fukuyama había llegado a su fin. 
Vistas así las cosas, el período precedente al que se refiere Kennedy podría interpretarse como el que se inició en 1991, el que comenzó en 2001, o como el que se gestó a partir de 2008, pero si nos atenemos a lo que explicaba Armando Negrete, economista de la UNAM de México, al que nos referimos en la nota de la semana pasada, en realidad debemos estudiarlo desde la década de los 60 del siglo pasado, momento en que se originó la tendencia a la baja de la economía estadounidense. 
En ese contexto, el desarrollo de China y el de Estados Unidos han caminado en direcciones opuestas. Mientras que desde 1980, China ha crecido a un promedio de 9,6% anual, teniendo picos de 15,2% en 1984 y 14,2% en 1992 y 2007 y su año más bajo en 1990 con el 3,9%, hay que tener cuenta sin embargo, que su PIB en paridad del poder adquisitivo (ajustando las diferencias de precios), pasó del 3,4% en 1980 al 16,6% en 2014. Esto ha significado que en el año 2014 China superó a Estados Unidos como primera potencia mundial, en términos del PIB en paridad del poder adquisitivo, superando con su 16,6% al 15,9% de Estados Unidos. Al contrario, este país creció un 2,6% anual desde 1980 y apenas 1,6% desde la crisis de 2007. Es cierto que el año pasado, 2018, China creció “solo” el 6,4%, pero Estados Unidos lo hizo a un lejano 2,9%. Estas cifras son las que nos dan el marco en el que debemos observar este fenómeno.
Los procesos de desintegración de los poderes imperiales transcurren a través de lapsos largos de tiempo en dependencia de múltiples factores que concurren a acelerarlos o retardarlos, sin embargo, su decadencia es inexorable. Al estudiar muestras del pasado, algunas similitudes respecto del presente producen considerable asombro. Por ejemplo, en el prolongado proceso de debacle del imperio romano, uno de los más poderosos y extendidos de la historia, fue evidente el desprecio que este sentía hacia las tribus de su periferia a los que siendo caracterizados, nunca pudieron conquistar, entre ellos celtas, francos, suevos, burgundios, ostrogodos, visigodos y otros. Ya en ese momento se les describía como “bárbaros”, lo cual en la modernidad tiene un carácter peyorativo pero que en realidad significaba “forasteros”. 
Por supuesto que había una patente superioridad de Roma en cuanto a la organización social respecto de las tribus del norte de Europa, pero esto no se manifestaba en el terreno propio de la guerra donde tenían fuerte influencia factores de carácter subjetivo que llevaban a conceder inusitada relevancia técnica a un armamento que a todas luces era inferior. Algo parecido ocurrió en el siglo XX en la guerra de liberación emprendida por Vietnam contra Estados Unidos. 
Roma fue incapaz de solventar la oposición que hicieron las tribus del norte basadas en un desarrollo cultural y una literatura sin igual que le permitió elaborar y aprender el uso de ingeniosas armas defensivas, además de poseer una gran destreza, una extraordinaria capacidad de lucha y resistencia y probado valor en el combate. Vale decir que aquellos que vencieron el acoso de Roma no se apuraron en tratar de copiar los adelantos que le permitían sostener su hegemonía. Aunque cueste comprenderlo, la paciencia fue una virtud decisiva en la capacidad de hacer desistir a Roma de sus intentos de expansión, hasta lograr su debilitamiento y derrota. No obstante la caída del imperio romano significó una transformación estructural de la civilización, también es cierto que la irrupción de otros pueblos, oxigenaron el mundo del pasado que se abrió a nuevas ideas y nuevas culturas. 
En el mundo eurocéntrico y pro estadounidense de hoy, donde se trata de hacer suponer que es imposible la vida al margen de la “cultura” de Estados Unidos que hace esfuerzos inusitados por su universalización, este aspecto también debe considerarse parte importante de la conflictividad mundial, sobre todo en el enfrentamiento a civilizaciones tan antiguas y tan poderosas culturalmente hablando como la china, la india y la persa por ejemplo, frente a la cual Estados Unidos pretende mostrar a Walt Disney, las hamburguesas, los chicles y la coca cola, como símbolos supremo de su infinita superioridad. 

Caballería numidiana (bereber de Africa del Norte) del ejército romano en la columna de Trajano (Roma), combatiendo en los Balcanes alrededor del año 115 d.C.

Finalmente y al igual que en la actualidad, el problema que condujo al fin de Roma como imperio hegemónico fue su incapacidad de controlar un territorio de 13,5 millones de km² a pesar que construyeron 75 mil km. de caminos para comunicar todos los rincones de tan extenso área, y no obstante también que las principales ciudades se erigieron alrededor del Mediterráneo y en los márgenes de los extensos ríos europeos a fin de solventar por vía marítima y fluvial el gran problema que entrañaba el transporte para el sostenimiento del Estado y para dar continuidad al esfuerzo bélico que suponía ese objetivo y su permanente necesidad de expansión. 
Por eso, hoy también es explicable el interés en los estrechos y canales a través del mundo: Bab el Mandeb, Suez, Malaca, el Bósforo, los Dardanelos, Ormuz y Gibraltar, por eso la constante tensión en los mares de la China meridional y oriental, por eso la permanente vigilancia sobre Panamá, el Estrecho de Magallanes y la posesión de las Malvinas y las islas del Atlántico sur. En los mares y océanos, en la capacidad de transporte a través de ellos y por tanto en sus posibilidades de controlarlos se juega la hegemonía estratégica del planeta. Es la razón más importante por la que Estados Unidos resiente del proyecto chino de “Un cinturón, una ruta” o “Ruta de la Seda” que le da a China un lugar envidiable para su relación con Asia, Europa y África y por extensión con América Latina y el Caribe. 
Los planes para impedir el desplome de Roma en tiempos del emperador Teodosio II a fines del siglo IV, que se venía intentando desde hacía 250 años, se ejecutaron a través de múltiples ideas y novedosas propuestas que pasaron por la inteligente decisión de paralizar la expansión durante el mandato del emperador Adriano a mediados del segundo siglo de nuestra era. No parece que los emperadores modernos llamados presidentes de Estados Unidos hayan llegado a esa decisión aún, lo cual indudablemente empeorará la situación de la sede imperial, aunque sigan asesinado a cientos de miles de personas a lo largo del mundo. Llegó un momento en el que Roma, que a la sazón contaba con un ejército de 300 mil hombres, no tuvo capacidad económica para seguir haciendo crecer el gasto militar necesario -ya no para expandirse- sino para proteger su territorio. 
Las 800 bases militares que Estados Unidos tiene en 177 países le cuestan a los contribuyentes más de 100 mil millones de dólares anuales, eso sin contar los portaviones y los efectivos que se desplazan temporalmente fuera de su país, y que hicieron que Trump haya solicitado un presupuesto de 750 mil millones de dólares para el año 2020, podrían crear una ficticia situación de control global inquebrantable sobre la base de un endeudamiento creciente, lo cual es posible mientras Estados Unidos sea dueño de la máquina que elabora el dinero del planeta, pero esto también está comenzando a modificarse toda vez que el comercio entre Rusia y China y otros países se ha empezando a hacer con monedas distintas al dólar. Su debacle y pérdida de hegemonía es cosa de tiempo. 
Mientras tanto, necesitan mantener su amenazante presencia militar en todo el planeta. En tiempos de Roma, su incapacidad de defender el territorio imperial condujo a que el ejército se viera obligado a reclutar a aquellos “salvajes” que había enfrentado quienes aportaron novedosas formas de combate. En tiempos recientes, Estados Unidos creó grupos terroristas como Al Qaeda y el Estado Islámico para enfrentar a sus adversarios de turno, al mismo tiempo que los caracterizaba como enemigos irreconciliables y organizaciones terroristas. En otras ocasiones ha recurrido a la utilización de empresas que reclutan mercenarios para cumplir sus objetivos sin el riesgo de participación de sus propios soldados. Por supuesto, estas empresas están prohibidas, pero contradictoriamente existen legalmente en Estados Unidos y otros países de Europa enganchando soldados de fortuna en variados países entre los que destacan Colombia, Chile e Israel, naciones plenamente subordinadas a Estados Unidos que poseen fuerzas armadas aliadas de este para realizar acciones al margen del derecho internacional a cambio de impunidad en la represión y oscuros negocios multimillonarios al interior de sus países. Por último, Estados Unidos a través de sus agencias ha destinado ingentes cantidades de recursos para la contratación de delincuentes y lumpen que ayuden a desestabilizar gobiernos que no se subordinan a su mandato como los de Nicaragua y Venezuela. 
Las similitudes son evidentes, la descomposición es la misma y las acciones son similares aunque los procesos de declive hayan sido distintos, entre otras cosas porque han ocurrido en épocas separadas por más de un milenio de la historia de una humanidad que solo busca tener condiciones mínimas de subsistencia en este planeta que supuestamente es de todos.

El Curso del Imperio: La Consumación del Imperio – Thomas Cole, 1835-1836-New York Historical Society

El Curso del Imperio: Destrucción-Thomas Cole, 1836-New York Historical Society

Sergio Rodriguez Gelfenstein para La Pluma, 31 de marzo de 2019

Editado por Fausto Giudice Фаусто Джудиче فاوستو جيوديشي