Trump afirma que el Daesh está derrotado, pero ignora una realidad mucho mayor y más inquietante

Los comentarios informales de Trump, tales como decir que los EE.UU. podrían mantener tropas en Irak en el futuro para vigilar a Irán seguirán echando leña al fuego en beneficio de Al Qaida.

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El presidente Trump afirma que en la semana que viene los EE.UU. y sus aliados anunciarán que han ocupado todo el terreno anteriormente controlado por el Daesh [o ISIS]. Argumenta que las fuerzas dirigidas por los EE.UU. “han liberado prácticamente todo el territorio antes ocupado por el Daesh en Siria e Irak (…) Tendremos el cien por cien del califato“.

La predicción ha desatado un debate estéril y engañoso acerca de si el Daesh está o no finalmente derrotado, algo que no podrá probarse, puesto que resulta improbable que el movimiento enarbole una bandera blanca y firme las condiciones de rendición. En esto la discusión – como todos los debates sobre política exterior en los EE.UU.– tiene muy poco que ver con la verdadera situación sobre el terreno en Siria e Irak y todo que ver con las fuerzas que operan en la política de Washington.
Al debatir la desaparición o supervivencia del ISIS, los especialistas caen en la misma omisión notoria. Ignoran el hecho de que el baluarte más grande con diferencia de Siria controlado por un grupo del género de Al Qaida no son las escasas aldeas destrozadas por las que el ISIS ha estado combatiendo en el este del país. Mucho más importante resulta el enclave yijadista en la provincia de Idlib, y en torno a ella, y en el noroeste de Siria, que retiene en su poder la Hayat Tahrir al-Sham (Organización para la Liberación del Levante), una poderosa facción escindida del Daesh que fundó el grupo con el nombre de Jabhat al-Nusra en 2011 y con la que comparte las mismas creencias fanáticas y tácticas militares. Sus dirigentes vestían chalecos suicidas trufados de bolas metálicas, igual que sus equivalentes del Daesh.  

 

Joep Bertrams

No es que los EE.UU. tengan dudas acerca de lo que es el HTS…desde el año pasado, una organización terrorista extranjera, pese al cambio de nombre. Nathan A. Sales, coordinador de contraterrorismo del Departamento de Estado, hizo notar que “la designación de hoy sirve para advertir que a los EE.UU. no le engaña este intento de rebautizarse de una filial de Al Qaida ”.
A lo largo del año pasado, el HTS ha extendido su control a casi todo el enclave de Idlib, que las Naciones Unidas estiman tiene una población de tres millones de personas, la mitad de las cuales son refugiados, y puede disponer de  al menos 50.000 combatientes sobre el terreno. La zona está rodeada por tres partes por el Ejército sirio, respaldado por los rusos, y en el cuarto lado comparte frontera común con Turquía, a cuyos apoderados locales ha aplastado. La lucha entre las fuerzas del gobierno de Asad y la oposición armada en Idlib se ha desvanecido en buena medida siguiendo los términos de un inestable alto el fuego convenido y aplicado por Moscú y Ankara.
La ceguera en Occidente ante este miniestado asediado que dirige Al Quaeda, que tiene una población del mismo tamaño que la de Gales y una fuerza de combate no mucho más reducida que el Ejército británico, se explica por el hecho de que reconocer esto revelaría que los EE.UU. y sus aliados son actores débiles en Siria y hay más de un grupo yijadista en el país. Un tema recurrente y desastroso de implicación occidental en Siria consiste en que los gobiernos y los medios de comunicación se centren sólo en parte de la crisis de múltiples capas en la que se ven envueltos.
Pretender que el ISIS es algo semejante a la potente amenaza que solía ser forma parte de la lucha entre el estamento de política exterior y de seguridad de Washington. Representan lo que el presidente Obama ridiculizó como “manual de estrategia de Washington”, que denunciaba por buscar siempre soluciones militares y cargar en exceso la mano librando guerras que jamás terminan.
Esta visión sesgada del conflicto sirio – con su excesivo énfasis sobre si se debería firmar formalmente el certificado de defunción del califato – desvía la atención de una cuestión más importante. A corto plazo, es cierto que el Daesh puede llevar a cabo ataques guerrilleros y atentados terroristas, pero, salvo a efectos prácticos, Trump lleva razón al decir que ha sido decisivamente derrotado. Se acabó el califato que antaño gobernaba un Estado de facto del tamaño de Gran Bretaña con una población de ocho millones de personas.
Una pregunta más importante que hacerse es hasta qué punto toda la idea y el modus operandi de Al Qaida se han vuelto algo obsoleto y desacreditado. No hace tanto tiempo este culto militarizado de extremo fanatismo con creencias centrales derivadas de la versión wahabí del Islam resultó extraordinariamente exitoso. Los atentados suicidas con bomba a escala industrial le permitieron convertir a creyentes sin preparación, pero comprometidos, en un arma militar devastadora.
Los atentados terroristas con bomba como expresión de fe islámica produjeron el 11-S, que resultó el atentado terrorista de mayor éxito de la historia: el abrumador impacto de la destrucción del as Torres Gemelas provocó que los EE.UU. se arrojaran a una trampa de su propia invención al lanzarse a la guerra en Irak y Afganistán. Al-Qaida , que apenas había existido como organización internacional antes del 11-S, sacó partido al instante de esta sobrerreacción. La invasión de Irak en 2003 por parte de los EE.UU. y Gran Bretaña permitió a la franquicia local convertirse en núcleo de la resistencia armada de los árabes suníes contra sus enemigos internos y exteriores.
¿Pueden volver a reproducirse estas condiciones en Idlib o en los desiertos del oeste de Irak, del este de Siria o en cualquier otro paradero donde los grupos al estilo de Al Qaida tienen sus escondrijos, de Pakistán a Nigeria, y de Chechenia a Somalia? Un grupo ferozmente disciplinado con jefes militares experimentados gozará siempre de una influencia desproporcionada en relación a su volumen en las caóticas condiciones de un periodo bélico.
Pero no se debería permitir que Al Qaida y sus clones siguieran siendo una pesadilla, motivo de obsesivo temor a causa de sus pasados éxitos en la realización del 11-S, en el dominio de la oposición armada en Irak en 2004-09, y en inesperada resurrección en Siria e Irak después de 2011.
Fue otrora capaz de ofrecer milagrosas victorias a sus seguidores, pero en los últimos años no ha sido capaz de brindarles nada más que derrotas y martirio por una causa que ha ido fracasando de modo demostrable. 
La formula de Al Qaida funcionó porque pilló por sorpresa a sus enemigos, y esto no volverá a suceder. Los tempranos éxitos posteriores a 2003 precisaron de cierto grado de ayuda o tolerancia encubiertas por parte de Siria, Turquía, Arabia Saudita y Qatar, todos los cuales imaginaron en distintos momentos que podían canalizar o manipular a los yijadistas para que actuaran de acuerdo con sus intereses.
Al Qaida actuaba mediante el temor y el fanatismo, pero necesitaba asimismo una base de apoyo entre los árabes suníes de Irak y Siria que ya no existe, y por la cual los suníes han pagado un precio terrible en forma de guerras perdidas y ciudades destrozadas, del este de Alepo a Raqqa y Mosul.
Al-Qaida ya no funciona como fórmula ganadora, pero esto no significa que esté agotada su capacidad destructiva. Su trayectoria de salvajismo ha sido tal que sus ataques limitados pueden provocar todavía un terror casi ilimitado entre sus potenciales víctimas. Estuve en Bagdad el año pasado cuando el ISIS secuestró y asesinó a media docena de policías en la carretera principal al norte de Kirkuk, provocando una ola de miedo sin proporción con lo sucedido entre mis amigos, que empezaron a recordar anteriores matanzas del Daesh.  
Los comentarios informales de Trump, tales como decir que los EE.UU. podrían mantener tropas en Irak en el futuro para vigilar a Irán seguirán echando leña al fuego en beneficio de Al Qaida. Pero el culto al guerrero que todo lo conquista, cuyas columnas de combatientes fanáticos obtenían victorias napoleónicas en 2014-15, ha terminado para bien y no puede volver a producirse.
Patrick Cockburn
Traducido por Lucas Antón
Fuente: Tlaxcala, 23 de febrero de 2019
Publicado por Sin Permiso