Colombia: Duque y los «padres fundadores»

El cipayismo y postración de la “criollada” oligárquica del país ante Washington tiene a un buen caniche faldero, guardián de la heredad, en el actual presidente de Colombia. Una muestra más de indignidad y espíritu vendepatria.

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No solo es la ignorancia supina sobre la historia del país, sino su posición de lacayo, de incondicional ante el patrón estadounidense, la que debe cuestionarse. El señor de las demostraciones payasescas (con perdón de los payasos), que ante un exfutbolista español quiso descrestar haciendo “cabecitas” y el otro le dijo que él, cuando jugaba, no usaba la cabeza para golpear sino para pensar, ya tiene un repertorio de sandeces que lo catapultan como uno de los presidentes más livianos que haya tenido esta republiqueta de risas y desventuras.

Que haya servido como estafeta para llevar “saludes” al reyecito de España (que lo que no se come lo daña, como decían algunas muy bien informadas señoras de antes), de parte de otros dos expresidentes que se prosternaron ante el “oro yanqui”, como fue el caso de Uribe y Pastrana, lo hizo trascender de la ridiculez a la bobería. ¿Quién es este tío que nos mandan de nuestra antigua colonia?, pudieron preguntarse sus majestades hispánicas ante los excesos de lambisconería y sobadera.

Digamos que este entretenedor o recreacionista de baratillo, devenido presidente, cumple con los requisitos de los que han sido mandatarios desde los días de don Marco, el del “Respice Polum”, una doctrina de colonizado que tenía a los Estados Unidos como la estrella polar, la guía de nuestros destinos y circunstancias. Ha seguido el camino antipatriótico y desvergonzado de sus antecesores, que han entregado el país a transnacionales y a los intereses foráneos.

El tipo, mal tocador de marimbas y guitarras, el descubridor de los siete enanitos y las siete notas musicales, como se apreció en su discurso ante la Unesco, cumple con los dictados del neoliberalismo y de los presupuestos oligárquicos. Por eso, nombró como ministro de Hacienda a un experto en privatizaciones (tuvo su rol destacado en las de Telecom y Reficar, por ejemplo) y en actitudes y medidas antipopulares; y a un Mindefensa que advirtió que había que “regular” las protestas en Colombia, por ejemplo, sacándole los ojos a los estudiantes. Y así.

Pese a querer tapar con sus “reguetonerías” y populismos baratos, como el de hacer trucos de naipes y barajar por largo rato la escucha a los estudiantes colombianos (al final, ante el poder de la protesta, tuvo que ceder y conversar con ellos), sus ejercicios antipopulares y de estirpe neoliberal, la torpeza histórica cometida, tal vez también por exceso de zalamerías, ante el secretario de Estado de los Estados Unidos, sí es, hasta ahora, la “tapa del congolo”.

Ante la desbarrada presidencial, en la que se ha notado que ha sido peor el remedio que la enfermedad en el caso de los funcionarios que salieron a defender la embarrada (vicepresidentas metidas a historiadoras, por ejemplo, dando palos de ciego), ha habido una reacción interesante. La búsqueda de fuentes históricas, de textos y contextos, un despertar por conocer cómo fue el verdadero rol de los Estados Unidos (que no apoyaron ningún movimiento independentista de las colonias de España), aparte del ingenio popular que se ha desatado por estos días con los “padres fundadores” y las distorsiones históricas de Duque. Sin que esta fuera la intención presidencial (o de quienes le hacen los discursos y le tiran línea), el gazapo inquietó a muchos para ir a bibliotecas y archivos.

También puso en evidencia a una cáfila de cortesanos y otros lambones. No sabían cómo justificar el error garrafal del “estadista”. Y mientras más salían a la palestra a intentar correcciones, más hundían a su defendido. Los hubo que dijeron que Duque era un sabedor de la historia de los Estados Unidos. Lo cual no encaja. O no aprendió nada. O nada sabe de la de allá ni de la de estos lares, y más bien estaba haciendo demostraciones de besamanos ante el señor Mike Pompeo, exjefe de la CIA, sapiente en “técnicas de interrogación mejorada”, un eufemismo técnico para referirse a métodos de tortura.

En todo caso, a la gesta de Bolívar y sus pares los Estados Unidos no la apoyaron. Más bien, en determinados momentos contribuyeron a armar a la soldadesca realista, ya que había que hacer relaciones mientras se negociaba La Florida con España. Muchos años después, cuando el “Destino manifiesto” había dado sus frutos y ya eran un país expansionista, metieron baza para que Panamá se separara de Colombia y ellos pudieran reinar a su antojo en aquel país. “I took Panama”, exclamaría el cazador Teddy Roosevelt, el del Gran Garrote.

El cipayismo* y postración de la “criollada” oligárquica del país ante Washington tiene a un buen caniche faldero, guardián de la heredad, en el actual presidente de Colombia. Una muestra más de indignidad y espíritu vendepatria.

Reinaldo Spitaletta para La Pluma, 8 de enero de 2019

Editado por María Piedad Ossaba

N de la E:

Lambisconería: adulación

La tapa del congolo: Es una antigua expresión popular colombiana utilizada por nuestros abuelos, la mayoría de ellos de origen campesino y en la cual se denotaba sorpresa o admiración ante un hecho asombroso o inédito entre la población, que en aquella época erizaba hasta la piel más curtida, nuestros abuelos catalogaban el insuceso como “la tapa del congolo”.

Cipayismo: el origen estructural del cipayismo es el colonialismo. Se deriva el primero directamente de la subjetividad colonial instaurada en el pensamiento de la clase mantuana en el largo tiempo que duró la dominación española, subjetividad que, después del interregno independentista, se transmutó en subjetividad cipaya, encarnada ahora por la elite republicana que desde 1830 tomó el poder en la nación.