Violencia simbólica: dominación disfrazada

Cuanto menos se cuestiona el orden social establecido en materia de relaciones de género, más se contribuye a mantener o profundizar las inequidades y desigualdades entre hombres y mujeres. Estamos así en presencia de la violencia simbólica, que también se verifica en el caso de la omisión (no dar voz a las mujeres, silenciar sus conflictos y problemáticas, etcétera).

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La fórmula para construir un personaje estereotipado y alejado de lo equitativo es simple y repetitiva, pero continúa teniendo éxito al estar sustentada por imaginarios que naturalizan las expresiones de violencia simbólica y el resto de las agresiones machistas. El “tratamiento sexista de las imágenes y representaciones sociales de lo femenino, la invisibilización de las voces y problemáticas de las mujeres en los medios de comunicación y las industrias del ocio y el entretenimiento” (Isabel Moya, 2014) hacen referencia a una manifestación de violencia que, si bien está muy presente en la vida cotidiana, es poco cuestionada.

En ocasiones escuchamos que la mujer es mostrada frecuentemente como objeto de deseo en el video clip cubano porque: “eso vende”, “funciona”, “son los códigos del mercado”, “esa es la estética del grupo y hay que respetarla”.

Allí donde la mirada crítica está ausente y se hace caso omiso a las demandas realizadas durante décadas por activistas, intelectuales y la academia, abundan las imágenes fragmentadas del cuerpo de la mujer en productos que, esencialmente, están dirigidos a un público masculino.

Abundan las imágenes fragmentadas del cuerpo de la mujer en productos que,
esencialmente, están dirigidos a un público masculino”

Los roles tradicionales no cuestionan ni ponen en duda a la buena madre, esposa, hija o cuidadora; a la mujer capaz de sostener emocionalmente a la familia. En cambio, si se trata de una profesional, la conciliación del trabajo y la familia genera conflictos a menudo antagónicos. En el caso de los hombres representados en los audiovisuales cubanos, ese no suele ser un tema relevante.

La violencia simbólica es más peligrosa aún, porque además de construir en sí misma una agresión, se convierte en normalizadora de otras manifestaciones, como pueden ser la violencia verbal, física, sexual, psicológica o económica (Isabel Moya, 2014).

Como afirmaba la investigadora cubana Isabel Moya Richard, el impacto negativo de las construcciones que lesionan la dignidad de la mujer se advierten en el plano individual, pero sobre todo en los imaginarios colectivos que construyen muros “invisibles” capaces de ralentizar los avances en materia de igualdad de género.

En todas las épocas cada sociedad edifica un orden simbólico estructurado, para normar aquello que se entiende por femenino o masculino. De igual modo, estigmatiza lo que se aleja del canon, lo “raro”, lo disidente, lo considerado “defectuoso”. Incluso antes del auge de los mass media, existían otros recursos igualmente efectivos para socializar las ideas, creencias y mitos que justificaban tales discriminaciones.

Durante los años 70, la imagen de la mujer comenzó a utilizarse para publicitar productos que antes
se relacionaban directamente con los hombres: el alcohol y los cigarros

¿Por qué es tan difícil ir contra la norma? Hace unos años la investigadora italiana Teresa de Laurentis explicó que las estructuras simbólicas sexistas crean seres humanos funcionales para su propio mantenimiento.

Otro peligro de la violencia simbólica radica en que se reproduce a través de mecanismos muy sutiles —refranes, proverbios, enigmas, cantos, poemas, entre otras prácticas culturales—, razón por la cual el sociólogo francés Pierre Bourdieu llegó a calificarla de “suave y disfrazada”. De igual modo, se legitima con alusiones constantes a lo fáctico, el sentido común y la tradición, en tanto se pretende hacer ver que los productos comunicativos “se ajustan a los hechos”, “a la evidencia” y a la “realidad”.

En muchas ocasiones se invocan los sacrosantos conceptos de objetividad e imparcialidad para contar historias, como si los relatos estuviesen ajenos a nuestros puntos de vista e intereses particulares. Estos puntos de vista propios suelen entrar en diálogo con una serie de códigos colectivos que contribuimos —con intención o no— a reforzar o transformar.

La violencia simbólica expresada en la comunicación existe porque la ideología y la organización patriarcal de la sociedad actúan sobre el video clip, la publicidad, el mensaje de bien público, la novela, el filme, el artículo, la entrevista, la crónica e incluso la información “pura”. Ello ocurre tanto en los procesos de selección, jerarquización y construcción del hecho, como en la posterior reproducción en diferentes espacios mediáticos.

Sería desatinado ignorar que los productos comunicativos son el reflejo de las creencias, representaciones, concepciones, valores, conductas e intereses generales y particulares de quienes gestan el proceso comunicativo.

Cuanto menos se cuestiona el orden social establecido en materia de relaciones de género, más se contribuye a mantener o profundizar las inequidades y desigualdades entre hombres y mujeres. Estamos así en presencia de la violencia simbólica, que también se verifica en el caso de la omisión (no dar voz a las mujeres, silenciar sus conflictos y problemáticas, etcétera).

La importancia de quebrantar los imaginarios machistas construidos por los medios de comunicación —junto a otras agencias socializadoras— como sustento del patriarcado es un tema relevante para las feministas, quienes desde hace décadas insisten en que las agendas o campañas por desestabilizar las formas de subordinación incluyan una apuesta por el reordenamiento de lo simbólico.

Jesús E. Muñoz Machín

Editado por María Piedad Ossaba

Fuente: La Jiribilla, Boletín 850 A – Debate por la equidad contra la violencia de género, 22 de noviembre de 2018