Bertolucci y el encuentro con la alteridad

La Roma transcultural del futuro próximo aparece como el fruto de la mirada un poco estética de un intelectual refinado y reflexivo que ve más la belleza del mestizaje que la dureza de los conflictos. Y sin embargo, incluso sin naturalismo, sobre todo las espléndidas secuencias de apertura, que, al contar a un ritmo rápido y perfecto la tragedia postcolonial de una dictadura africana, restituyen con una gran eficacia el sentido de la realidad contemporánea.

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aut_939BisPor una extraña coincidencia, la víspera  de la muerte del gran Bernardo Bertolucci, surgió de la memoria sobrecargada y caótica de mi computador una crítica  de su película Pasión (título original L’Assedio), que escribí para la revista Rinascita en 1998. Por primera vez la pongo en línea, con algunos pequeños cambios, como un testimonio modesto, no sólo de la grandeza, sino también de la impresionante actualidad de su obra.

Veintiséis años más tarde, El Último Tango en París pierde «sus históricas sodomías y sus profundas excitaciones» (según Norman Mailer), para convertirse en una apología, casi casta, del encuentro entre diferentes. El erotismo -que en la película de1972 parecía tan impío a los ojos de la censura italiana que merecía una hoguera de la inquisición, le parecía intelectualista a Moravia, y a Mailer estilizado e incoherente – se vuelve aquí, también por la ausencia de un Brando y una Schneider, alusivo, casi abstracto.

El tema de la irresistible atracción hacia el/la desconocid@, que en el Último Tango se refería a significados psicoanalíticos y a un decadentismo, a veces desgarrador (el entrelazamiento del sexo y la muerte atraviesa toda la película), adquiere en Pasión un aspecto casi sociológico. La sabiduría narrativa de Bertolucci consigue evitar cualquier posible estereotipo (incluso la obras mejor intencionados para narrar la inmigración bajo un ángulo positivo rara vez escapan a los clichés). Y el riesgo del sociologismo se evita con metáforas que trascienden la inmediatez del presente.

El Otro es Shandurai, una joven de origen subsahariano, que estudia medicina en la universidad: una de l@s náufrag@s de las tragedias del Tercer Mundo que acostan peligrosamente en la fortaleza Europa. Pero Jason Kinski, el excéntrico pianista inglés que la alberga a cambio de tareas domésticas, es también un extranjero: por su nacimiento, pero sobre todo por elección. El encuentro entre culturas «extranjeras » -representadas más por la música que por las palabras: Papa Wemba y Salif Keita por un lado, Mozart y Beethoven por otro-, una vez disuelta la desconfianza mutua inicial, llega a ser tan profundo que se vuelve carnal.

El tema de la alteridad como dimensión necesariamente relacional y contextual está vinculado al de la identidad: las identidades contemporáneas sólo pueden ser múltiples, temporales, móviles y cambiantes. La aceptación serena de esta perspectiva, la voluntad de experimentar al otro y de «contaminarlo»  es la única que puede contrarrestar el etnicismo, la xenofobia, el racismo, que tienen en común la mitología delirante que narra las identidades sagradas, fijas e inmateriales, las culturas originales, las genealogías, la sangre, las raíces…. Nos guste o no -parece decir Bertolucci- el mestizaje es el único futuro posible para el viejo continente: para ir a su encuentro, Kinski vende todas las obras de arte y las antigüedades que posee, e incluso su amado piano.

La Roma transcultural del futuro próximo aparece como el fruto de la mirada un poco estética de un intelectual refinado y reflexivo que ve más la belleza del mestizaje que la dureza de los conflictos. Y sin embargo, incluso sin naturalismo, sobre todo las espléndidas secuencias de apertura, que, al contar a un ritmo rápido y perfecto la tragedia postcolonial de una dictadura africana, restituyen con una gran eficacia el sentido de la realidad contemporánea.

 

Annamaria Rivera

Original: Bertolucci e l’incontro con l’alterità

Traduit por María Piedad Ossaba para La Pluma y Tlaxcala, 27 de noviembre de 2018

Editado por Fausto Giudice Фаусто Джудиче فاوستو جيوديشي